El 3 de enero, el comando de la Fuerza Delta que ejecutó la operación Absolute Resolve del Comando Sur del Pentágono, hizo algo que pocos creían posible: capturar en Fuerte Tiuna, la mayor base militar venezolana, a Nicolás Maduro, desde 2013 heredero de la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez y autócrata de la V República desde el fraude que cometió en 2018 y volvió a repetir en 2024.
Hace un año, ninguna sombra amenazaba a la maquinaria chavista, que desde que llegó al poder en 1999 ha ido adaptando su discurso, métodos de gobierno y alianzas internacionales con un objetivo medular: concentrar y conservar el poder.
En una entrevista que concedió pocos días antes de su captura/secuestro dijo que su búnker era “infalible”. “Quizá quiso decir inflable”, se burlaron los memes que lo mostraron esposado a bordo del USS Iwo Jima y que en las redes sociales dieron la vuelta al mundo, asombrado ante un despliegue militar solo al alcance de una superpotencia con un gasto en defensa anual de un billón de dólares, más de la mitad del total mundial.
Maduro era un maestro de la supervivencia autoritaria, sin escrúpulos para aplastar protestas callejeras y abortar motines militares y al mismo tiempo resistir las sanciones de Washington, que le obligaron a vender petróleo con descuentos de 20 dólares en el mercado negro, a través de intermediarios y flotas fantasma. A tough cookie (algo así como duro de pelar), dijo Donald Trump después de que fracasaran las políticas de “máxima presión” que encargó a Elliot Abrams en 2019. Los Chinook que penetraron volando a baja altura hasta el búnker de Maduro desvanecieron la ilusión de seguridad en la que vivía al lado de la “primera combatiente”, Cilia Flores, sin cuya venia no se nombraba un solo juez o fiscal.
Toda la operación, que duró pocas horas a plena luna llena, concluyó con ambos en calabozos del Metropolitan Detention Centre de Brooklyn y compareciendo ante el tribunal de Nueva York que en 2020 los imputó de diversos cargos por los que podrían cumplir prisión perpetua. Los tribunales de Estados Unidos se guían por el principio male captus, bene detentus, es decir, una aprensión dudosa no impide el juicio. En 2018, el Departamento de Estado dejó de reconocerle como presidente legítimo y desde 2020 le consideraba un prófugo. En 1989 el Departamento de Justicia declaró que tenía derecho legal a detener a un jefe de Estado si estaba imputado en tribunales federales y era inviable una extradición formal.
Según el secretario de Estado, Marco Rubio, todo fue una mera operación policial a requerimiento del departamento de Justicia. A bordo del USS Iwo Jima, agentes de la DEA y el FBI leyeron a Maduro la orden de detención del juez que tendrá a su cargo el proceso, el experimentado Alvin Hellerstein, de 92 años.
Reverberaciones geopolíticas
El sismo geopolítico se sintió muy lejos de su epicentro caribeño. No era para menos. Al menos 32 agentes de seguridad cubanos que integraban el anillo de seguridad de Maduro murieron abatidos en escasos minutos pese a la fama de aguerridos que rodeaba a los Avispas Negras, la guardia pretoriana que salvó a Fidel Castro de innumerables atentados contra su vida. Eran otros tiempos.
En 1989 la operación para capturar al panameño Antonio Noriega requirió 27.000 soldados, la mayoría ya desplegados en las bases de la Zona del Canal. Entre 2004 y 2018, Rusia prestó 34.000 millones de dólares a Caracas para que le comprara armas: cazas Su-30Mk2, sistemas antimisiles S-300 y 9K38 Igla…
A Nicolás Maduro y su esposa les sirvieron de poco ante los 150 aviones del Pentágono que despegaron desde veinte puntos distintos y cegaron todas sus defensas antiaéreas. Todo pareció tan fácil que deja sembradas dudas sobre si Maduro fue traicionado en un golpe palaciego que contó con un ejecutor militar externo.
Una operación tan compleja solo podía tener éxito con agentes infiltrados que revelaran las coordenadas de la ubicación de Maduro y su escolta de agentes cubanos. Los ocho millones de la diáspora venezolana, dispersa desde Miami y Madrid hasta Lima y Santiago, celebraron que el responsable de su exilio fuese al fin a comparecer ante la justicia, aunque no fuese la venezolana.
Sin las masas y recursos económicos del chavismo original, el régimen impuso un orden opresivo que la oposición no pudo vencer en las calles ni en las urnas, trucadas por una sofisticada ingeniería electoral que lleva perfeccionando desde hace 25 años. A los opositores no les faltó valentía pero sí apoyo en la región, lo que creó el vacío político que propició la lógica de la fuerza.
El hegemón hemisférico encontró una oportunidad única para reafirmar la vigencia de la doctrina Monroe de 1824 y el corolario Roosevelt de 1904, al que Trump ha añadido el suyo propio y que, como declaró a The New York Times, tiene como único límite su propia moralidad. “No quiero hacer daño a nadie”, aseguró.
La transición solo acaba de empezar. El chavismo 3.0 quiere ganar tiempo, incluso al precio de pasar del antiimperialismo, núcleo duro de la identidad bolivariana, a una alianza contra naturam con la Casa Blanca, con la esperanza de que el juicio a Maduro se convierta en un espectáculo mediático incómodo para Trump en un año electoral en el que podrían perder el control del Congreso.
«A los opositores no les faltó valentía pero sí apoyo en la región, lo que creó el vacío político que propició la lógica de la fuerza»
Resulta difícil creer que la coalición chavista se vaya a suicidar. Por ahora, Vladimir Padrino, ministro de Defensa y jefe del brazo castrense, y Diosdado Cabello, ministro del Interior y jefe de los “colectivos” paramilitares, se han plegado a la facción chavista que lideran los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, que controlan el brazo legislativo de la nueva cúpula.
El aparato represivo sigue intacto, con una fuerte presencia militar y policial en las calles. El compás de espera puede prolongarse meses y años, como ha anticipado el propio Trump, que cree que conservar al chavismo en el poder es la única vía de evitar el caos. Washington no quiere repetir los errores de George W. Bush en Irak al disolver el ejército y el partido Baaz de Sadam Hussein, lo que dejó en las calles a miles de militares desocupados y sedientos de venganza.
«El aparato represivo sigue intacto y el compás de espera puede prolongarse años, como ha anticipado el propio Trump»
Los sectores radicales aún tienen cartas que jugar. Si se sienten arrinconados, podrían organizar guerrillas con apoyo más o menos explícito de Cuba y en alianza con los grupos armados colombianos que dominan el arco minero del Orinoco.
En la ceremonia de juramentación presidencial de Delcy todas las facciones chavistas quisieron proyectar una imagen de unidad y cohesión. Pero no los une el amor sino el espanto a Trump, que después de haber cruzado todas las líneas rojas, ahora podría aplicar el método de asesinatos selectivos que Benjamin Netanyahu ha usado contra los líderes de Hamás y Hezbolá.
En 2020 el propio Trump lo hizo contra el general iraní Qasem Soleimani en Bagdad. En la lista de “neutralizaciones” podrían estar en primer lugar Cabello y Padrino, que enfrentan cargos de narcotráfico en tribunales de Estados Unidos. Por ahora, debido a su control de las fuerzas de seguridad y los “colectivos”, su cooperación es necesaria, pero no indispensable. Si no colaboran, el Pentágono no arriesgaría a sus comandos para “extraerlos”. Un misil como el que mató en 2008 a Raúl Reyes, comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), sería un método más expeditivo y barato.
La detención el mismo día del relevo presidencial del general Javier Marcano, encargado de la protección de Maduro, muestra que nadie está libre de sospechas. Ni siquiera los hermanos Rodríguez, que según el Miami Herald venían negociando con Rubio desde hace meses una fórmula de chavismo sin Maduro.
Al parecer, Delcy y Jorge han convencido a Rubio de que pueden desmovilizar las milicias, acabar con los negocios turbios de los militares, dejar de enviar petróleo a Cuba y expulsar a asesores chinos, rusos, iraníes y cubanos en plazos perentorios.
Venezuela no es Cuba, pero castristas y chavistas se rigen por un código similar de disciplina y lealtad incondicional. Cuando el poder se vuelve total, el problema no es solo lo que hace con sus enemigos: es lo que termina haciendo con los suyos.
El madurismo, al final, era una banda, un cinismo armado que podría fragmentarse en facciones enfrentadas. Los 2.100 generales se han mantenido leales al régimen. No es extraño. Militares activos o en retiro controlan la provisión de alimentos, la energía, el metro de Caracas, la minería, la producción de aluminio, los puertos y las aduanas y el transporte de carga aéreo. Desde el principio, Chávez politizó a las fuerzas armadas (FAN) que en 2007 fueron rebautizadas “bolivarianas” (FANB).
Guerra civil venezolana
Heredera de una dinastía siderúrgica que le expropió el chavismo, la líder opositora María Corina Machado tiene escasa disposición a entenderse con los hermanos, a los que acusa de ser “artífices de la tortura y el narcotráfico”.
El padre de Jorge y Delcy murió torturado en prisión, donde cayó por su papel en el secuestro en 1976 de un empresario de Chicago, William Niehous. Un joven Maduro de 18 años fue el intermediario en la negociación entre los secuestradores y la familia. En 2018, Delcy dijo que “la revolución fue nuestra venganza personal”.
Su actual tono oscila entre la intransigencia y la conciliación con Trump al que quiere ver en la Casa Blanca antes que Machado. Como ministra de Finanzas y luego de Petróleo, estabilizó parcialmente la economía al dolarizarla. La entrega de 3.000 millones de dólares en petróleo que ha anunciado Trump sería la primera concesión importante del régimen, además del desmantelamiento del Helicoide y otros siniestros centros penitenciarios. La Casa Blanca decidirá qué petroleras podrán operar en Venezuela.
Según Rystad Energy, debido al deterioro de las infraestructuras –pozos, ductos, refinerías…– se necesitarían un mínimo de 12.000 millones de dólares anuales hasta 2032 para volver a producir los 2,0 millones de barriles de 2018. ExxonMobil y Conoco Phillips reclamaron 16.000 millones por los activos que Chávez les expropió en 2007, que son casi un año de las actuales exportaciones de la estatal PDVSA.
Trump ha blindado los ingresos por las ventas de crudo venezolano para evitar que los acreedores de Caracas reclamen los fondos. En total hay 60.000 millones en demandas en el CIADI, el panel de arbitraje del Banco Mundial. El petróleo sumó el 88% de los 24.000 millones de dólares que Venezuela exportó en 2024, frente a los 120.000 de 2012. Un 80% fue a China.
Estados Unidos es el mayor consumidor de petróleo (19,1%) y también su mayor productor (21%). Si suma a sus reservas las venezolanas y guyanesas, que están a tiro de piedra de las refinerías de Texas y Luisiana, controlará el 51% de las que existen.
En octubre de 2025, el parlamento venezolano aprobó extender la asociación de PDVSA y JSC Zarubezhneft hasta 2041. Ahora todo es papel mojado. No parece casual que los Chinook sobrevolaran Caracas horas después de que Maduro recibiera a Qiu Xiaoqi, encargado para América Latina del gobierno chino. Su comitiva aún estaba en la ciudad cuando un ciberataque les dejó sin luz.
El precio de la supremacía
El precio de la supremacía es el desmantelamiento de lo que quedaba del orden de la posguerra. Aunque desde el siglo XIX Estados Unidos ha intervenido medio centenar de veces en la región, esta fue la primera vez en que atacó militarmente un país de Suramérica que daba por hecho que la era imperial había terminado.
El regreso de la gunboat diplomacy (diplomacia de las cañoneras) que sirvió a Theodore Roosevelt, tiene implicaciones globales. Washington ha demostrado que puede crear manu militari protectorados de facto, pero no muy distintos a los que la Sociedad de las Naciones creó en Palestina o Líbano en el periodo de entreguerras.
Las fuerzas navales de la operación Southern Spear, que incluye al portaviones Gerald Ford, el crucero USS Lake Erie, un submarino nuclear y tres barcos anfibios con el respaldo de 10 F-35 desde Puerto Rico, permanecerán en el Caribe sine die. Movilizar esa fuerza durante 90 días cuesta 1.700 millones de dólares.
Chávez y Maduro cometieron un grave error de cálculo al creer que la doctrina Monroe estaba obsoleta, como aseguró prematuramente en 2013 el entonces secretario de Estado John Kerry. Solo en una de las nueve cumbres de las Américas convocadas desde la primera de 1994 en Miami, la de 2015, invitó a los representantes de los 35 países americanos. En 2022, Joe Biden no invitó a Cuba, Nicaragua y Venezuela a la de Los Ángeles.
La falta de manifestaciones de protesta en las grandes capitales de la región tras la captura de Maduro reveló su impopularidad, entre otras cosas por los ocho millones de refugiados económicos que generaron sus políticas. Chile, por ejemplo, no tenía experiencia migratoria y, de golpe, 1,5 millones (8,8%) de sus habitantes son de origen extranjero, 47% más que en 2018.
El venezolano Tren de Aragua se convirtió en una de las redes criminales más poderosas de la región a raíz del éxodo masivo de venezolanos, no del narcotráfico. Entre 2014 y 2020 la economía se desplomó un 70% con lo que hoy es menor que la dominicana, con tres veces su población y su PIB per cápita menos de la mitad del peruano. Según escribe Colette Capriles en el New York Times, el chavismo terminó convirtiéndose no en un socialismo autocrático, sino en la peor forma de capitalismo delictivo, sin elecciones libres, ni separación de poderes.
Con Maduro, de Chávez solo quedó una efigie que servía de coartada y del llamado “socialismo del siglo XXI”, malversaciones, deudas sin pagar y privilegios para la casta militar y partidaria.
Mare Nostrum en el Caribe
A lo que David Rothkopf llama la “putinización” de la política exterior implica el regreso del imperialismo decimonónico pero con las armas del siglo XXI. El 2 de junio de 1897, Roosevelt, por entonces subsecretario de Marina de William McKinley, pronunció un discurso en el Naval War College en el que dijo que todas las masterful races (razas dominadoras) habían sido guerreras.
Una vez que perdían esa virtud, advirtió, ya no podían medirse con los mejores. En la placa de su retrato en el Walk of Fame (paseo de la fama) de la Casa Blanca, un texto de Trump destaca su espíritu ‘magnífico’ y el fortalecimiento del poder naval de Estados Unidos.
Entre 1816 y 2011, 20 de los 35 cambios de régimen respaldados por Washington tuvieron lugar en el Caribe y Centroamérica. En 1954, Washington estuvo detrás de la caída de tres presidentes guatemaltecos, un episodio que retrata Mario Vargas Llosa en Tiempos recios (2019), la secuela centroamericana de La fiesta del Chivo (2000), su célebre novela sobre la dictadura de Leónidas Trujillo (1930-1961) en República Dominicana.
Los vínculos entre Estados Unidos y Venezuela se remontan al inicio de la era del petróleo. La New York & Bermúdez Co. fue la primera transnacional que extrajo hidrocarburos en el lago de Maracaibo. Juan Vicente Gómez, el dictador que gobernó Venezuela desde 1908 hasta su muerte en 1935, concedió licencias de explotación a tres grandes petroleras que controlaron la industria durante décadas. Gracias a las “siete hermanas” –las grandes petroleras como Standard Oil, antecesoras de ExxonMobil, Chevron, Shell y BP–, en 1928 Venezuela era el segundo productor y primer exportador mundial.
El país terminó convirtiéndose en un “petroestado”, el único de la región, con una economía más parecida a las de Nigeria o Irak que a las de Colombia o Brasil. En 1981, el presidente Ronald Reagan autorizó la venta a Caracas de 24 F-16 por el equivalente a 1.750 millones de dólares actuales.
El Caribe se militariza
Hugo Carvajal, exjefe de la inteligencia militar venezolana, fue condenado en Estados Unidos por enviar 5,6 toneladas de cocaína desde Venezuela a México. Pero según diversas estimaciones, solo unas 400 toneladas de cocaína circulan al año a través del país, la mayor parte en dirección a Europa.
Colombia en cambio, según Naciones Unidas, produce 2.600 toneladas al año. Ni los informes anuales de la Drug Enforcement Administration (DEA) ni el World Drug Report de la ONU mencionan al supuesto Cartel de los Soles, que el departamento de Justicia ha reconocido que no es una organización sino una red inconexa de militares que facilitan el tráfico de cocaína a cambio de sobornos.
Sea cual sea el desenlace de la crisis venezolana, sus efectos geopolíticos van a ser duraderos por la remilitarización de Puerto Rico y las islas Vírgenes y la plena incorporación en la zona de operaciones del Comando Sur de República Dominicana y Guyana, Surinam y Trinidad y Tobago, miembros clave del CARICOM (Comunidad del Caribe).
Caras de la misma moneda
El caso de Maduro ha vuelto a plantear la cuestión irresuelta del derecho internacional público desde que Hugo Grotius lo formuló en De iure belli ac pacis (1625). En la cuestión venezolana, muchos creen que el asunto solo concernía a sus ciudadanos y que solo ellos debían afrontar y resolver el problema, incluso al modo de los rumanos con el régimen de Nicolae Ceaucescu.
Según escribe Richard Haass en Project Syndicate, la erosión de la democracia y el debilitamiento del orden internacional son dos caras de la misma moneda. El derecho internacional, señala, siempre ha sido frágil por su aplicación selectiva, que reflejan relaciones de poder reales.
Fuera de algunas declaraciones críticas más o menos explícitas, la mayor parte de los gobiernos se han limitado a expresar su esperanza de que, de ahora en adelante, se respeten las normas y las aspiraciones de los venezolanos.
Al fin y al cabo, la de Trump en Venezuela es solo una más de una larga lista de violaciones de la legalidad internacional que en este siglo comenzaron en 2003 con la invasión de Irak sin autorización del Consejo de Seguridad. Ya Tucídides escribió en su Historia de la guerra del Peloponeso (431 a. C) que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. “Somos una superpotencia y nos comportamos como tales” ha dicho Stephen Miller, uno de los halcones de Trump.
El problema es que el brutal realismo imperial de la Casa Blanca implica un revisionismo territorial desprovisto de marcos normativos. Al mismo tiempo, si el derecho internacional no logra ofrecer respuestas a sus violaciones flagrantes, el regreso de las esferas de influencia parece inevitable.
Según escribe Michael Ignatieff en Letras Libres, el deterioro del principio de soberanía conviene a los depredadores, como bien saben los vecinos europeos de la Rusia de Putin. Ese mismo principio, sin embargo, escuda a ‘soberanos’ que abusan de sus omnímodos poderes y se burlan de morales universalistas como la de los derechos humanos.
Según la Carta de la Organización de Estados Americanos (1948) la solidaridad interamericana se basa en el “ejercicio efectivo” de la democracia. Cuando Roosevelt decidió construir el Canal en 1902, preguntó a su fiscal general cuál era la base legal para violar la soberanía panameña, Philander Knox le contestó que en ningún caso se debía empañar con una “mancha de legalidad” un logro tan grande. El orden jurídico interamericano no protege la soberanía como un derecho de los Estados sino de los ciudadanos. Según Kathryn Sikkink, del Radcliffe Institute de la Universidad de Harvard, se trata de una doctrina de la soberanía popular que comparten todos los países americanos desde su independencia.
Por ello, según Sikkink, sus juristas defendían simultáneamente el principio de no intervención y la protección de los derechos civiles y las libertades públicas. Si los tiranos se refugian en la soberanía su futuro no parece muy auspicioso. Si una mayoría ve con simpatía la caída de Maduro pese a su antipatía a Trump, ¿se está ante una involución moral o todo lo contrario?
Donde gobierna un tirano que ha vaciado la soberanía popular, la prohibición de injerencia no es, ni puede ser, absoluta. Las celebraciones de la diáspora venezolana ante una oportunidad concreta de liberación de un orden opresivo dejan claro que, cuando un régimen pierde la legitimidad que da sentido a su soberanía pierde también el respeto a su orden interno.
En ese sentido, fue el propio régimen chavista el que, al elegir preservar su poder a cualquier precio, creó las condiciones para la reacción de Trump. Según el internacionalista brasileño Felipe Hasson, en escenarios extremos, la defensa de la legalidad puede convertirse en un ejercicio de cinismo selectivo al servicio de la indiferencia.

Venezuela, la guerra sin guerra de Trump