Los gobiernos islamistas pueden optar por tensar las relaciones con la UE o por el pragmatismo para endulzar la desconfianza con que son percibidos.
La orilla norte del Mediterráneo mira preocupada y con desconfianza la senda emprendida por los países en los que ha florecido la conocida como Primavera Árabe. Tras los primeros titubeos al ver que se tambaleaban los líderes a los que se consideraba amigos o aliados independientemente de la dureza de su régimen, las revueltas fueron bienvenidas porque tenían como objetivo dar un golpe de timón en sistemas dictatoriales o autoritarios, que poco o nada tenían que ver con las democracias que se propugnan desde Europa. Pero con el paso de los meses, se comprueba que en algunos países, como Libia, la cicatrización de las heridas tras las cuatro décadas bajo Muamar Gadafi va a ser imposible a corto plazo, a pesar del impulso que la misión internacional supuso para cerrar tan amarga etapa de su historia. En otros, la celebración de elecciones ha llevado al poder a formaciones denostadas en Europa, pero que durante décadas han sido los opositores mejor organizados en esos países, aunque fuera desde la clandestinidad: los islamistas…

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