#BásicosPolExt: Ferguson y el racismo en Estados Unidos

 |  1 de diciembre de 2014

¿Qué está pasando en Ferguson?

Ferguson es una pequeña ciudad en el Estado de Misuri. Es, como otros tantos lugares de Estados Unidos, una comunidad principalmente negra con un cuerpo policial abrumadoramente blanco. El 9 de agosto Darren Wilson, un policía municipal, mató a tiros a Michael Brown, un joven de 18 años. Aunque no existe un consenso en cuanto a las circunstancias del incidente (Wilson asegura que se defendió de un ataque de Brown, mientras que la mayoría de los testigos aseguran el joven puso las manos en alto al ser tiroteado), las protestas de los vecinos estallaron a lo largo del verano.

La semana pasada, un jurado de instrucción concluyó que “no hay razones para procesar” a Wilson. El policía declaró estar “con la conciencia tranquila”. Tras conocer la decisión, muchos residentes de Ferguson se lanzaron a la calle. Algunas de las protestas se volvieron violentas. Las concentraciones en contra de la decisión y en solidaridad con la familia de Brown se han extendido por todo EE UU.

 

¿Por qué una reacción tan intensa, y por qué ahora?

En primer lugar, la respuesta al veredicto no ha sido, por lo general, violenta. Los padres de Brown escribieron una petición llamando a la calma.

En segundo lugar, la indignación es en cierto sentido comprensible. El cuerpo de Brown permaneció cuatro horas en la calle antes de ser recogido. La acusación fue desconcertantemente laxa con Wilson, cuya narración de los hechos contiene fragmentos incoherentes. Y su absolución no sorprende, en un país en que la policía parece gozar de impunidad cuando dispara y mata a civiles negros.

Brown se ha convertido en un símbolo de la arbitrariedad y violencia con que el país trata a sus ciudadanos negros. Desde su muerte, la policía estadounidense ha matado a otros seis adolescentes negros. Uno de ellos, Tamir Rice, tenía 12 años y cometió el “error” de estar jugando con una escopeta de aire comprimido. Como grupo demográfico, los hombres jóvenes negros tienen hasta 21 veces más posibilidades que los blancos de ser matados a tiros por la policía. Casos como los de Rice y Brown (cuyo crimen fue robar cigarrillos) muestran la perseverancia del racismo entre demasiados cuerpos policiales estadounidenses. Los negros constituyen el 13% de la población de EE UU, pero representaron el 28% de los detenidos en 2012.

 

¿No acabó el racismo con la Ley de Derechos Civiles, o tras la elección de Barack Obama?

La marginación de afroamericanos no tiene el carácter explícito que tenía en el pasado, pero se perpetua a través de las instituciones. A día de hoy, además de estar expuestos a una violencia policial fuera de lo normal, los negros en EE UU son discriminados cuando buscan trabajo, cuando piden préstamos, cuando intentan adquirir viviendas, o simplemente cuando andan por la calle.

Uno de los estudios más sorprendentes al respecto es el de Theodore R. Johnson, que analizan cómo sería la América negra si fuese un Estado independiente. El resultado es entristecedor: un PIB per cápita similar al de Rusia, un Índice de Desarrollo Humano entre el de Catar y el de Arabia Saudí, y unos índices de encarcelamiento descomunales – el resultado de una política antidroga que discrimina a las minorías étnicas.

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¿Qué ha hecho el gobierno?

Tanto Obama como el Fiscal General, Eric Holder, son negros. Holder ha llevado a cabo una labor notable en la lucha contra la discriminación racial, y hay una investigación federal pendiente que aún podría inculpar a Wilson. El presidente, sin embargo, se encuentra en una posición delicada. Ta-Nehisi Coates señala que, igual que la elección de León Blum no acabó con el antisemitismo en Francia, la elección de Obama no ha mitigado el racismo que aún corroe a la sociedad americana. Al contrario: el presidente, moderado por antonomasia, ha tenido que hacer frente a una crispación política sin precedentes, motivada en parte por el color de su piel. Fiel a su espíritu conciliador y a la necesidad de no echar leña al fuego, Obama realizó una llamada a la calma que ha decepcionado a muchos de sus seguidores, frustrados con un presidente que trata de cuadrar el círculo antes que tomar partido y denunciar lo que perciben, no sin razón, como una injusticia flagrante.

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