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Un soldado pakistaní monta guardia en una zona de paso en la frontera entre Afganistán y Pakistán, el 19 de agosto, mientras refugiados afganos son devueltos a su país. AFP/GETTY

¿Con quién ha estado Pakistán en el conflicto afgano?

Pakistán ha estado en un doble juego en Afganistán, con Occidente y con los talibanes al mismo tiempo, pero la ambigüedad no puede mantenerse indefinidamente.
JOSEP PIQUÉ
 |  3 de septiembre de 2021

Estos días estamos asistiendo a una auténtica avalancha de artículos, entrevistas y opiniones sobre lo acaecido en Afganistán y las consecuencias de la caótica retirada de la OTAN y de Estados Unidos. Las dos décadas transcurridas desde el 11-S se muestran infructuosas, cuando no contraproducentes, para los objetivos de la intervención militar de 2001.

Hay un cierto consenso –que comparto– en que la retirada constituye un fracaso de Occidente y supone una clara pérdida de credibilidad de la política exterior norteamericana y, como consecuencia, una erosión del liderazgo de EEUU a nivel global y de su relación con sus aliados tradicionales, tanto en Europa como en el Indo-Pacífico. No voy, pues, a insistir en ello ni en los numerosos errores cometidos como, por ejemplo, la incapacidad de Occidente para comprender y gestionar sociedades muy distintas a las nuestras, desde la creencia de que piensan como pensamos nosotros. Evidentemente, no es así. Ni han vivido la Ilustración ni la concepción “westfaliana” de los Estados-nación. Los vínculos humanos y sociales son completamente distintos, y su idea de la organización política de la convivencia tampoco tiene nada que ver con la nuestra.

Obviamente, el tema tiene múltiples aristas y es extraordinariamente complejo y sus consecuencias sobre el escenario geopolítico global son aún inciertas. Pero el consenso general es que van a ser profundas y que estamos ante un antes y un después.

Sin embargo, algunas cuestiones no han merecido suficiente atención, probablemente porque resultan incómodas y ha sido mejor no profundizar en ellas a lo largo de estos 20 años de pesadilla. Por ejemplo, la incapacidad de combatir la corrupción de las autoridades afganas, financiadas, tuteladas y sostenidas por la presencia militar occidental, y que tiene mucho que ver con el desmoronamiento súbito de las aparentemente superiores fuerzas militares afganas frente a la ofensiva talibán.

 

«Desde su convulsa independencia en 1947, Pakistán ha mantenido una relación muy diferenciada con sus vecinos: distante con Irán, cercana con China y muy conflictiva con India»

 

También hemos mirado hacia otro lado sobre el papel de Pakistán en todo este tiempo. Y es muy relevante. Pakistán, desde su convulsa independencia del Imperio Británico en 1947, ha mantenido una relación muy diferenciada con sus vecinos. Distante con Irán (teniendo en cuenta que el 15% de su población es chií), cercana con China y muy conflictiva con India, considerada enemiga no solo por la discusión sobre Cachemira, sino por su reciente historia y, particularmente, por el apoyo indio a la secesión del antiguo Pakistán Oriental, hoy Bangladesh. También por la represión de la enorme minoría musulmana en India, tan numerosa en población como la del propio Pakistán. Por otro lado, la carrera nuclear de ambos países y los enfrentamientos fronterizos hacen muy peligrosa esa rivalidad y justifican el acercamiento de Islamabad a Pekín, enemigo tradicional de Nueva Delhi. Esta conflictividad explica, asimismo, el enorme poder de las fuerzas armadas pakistaníes, que han protagonizado gobiernos militares por largos periodos en tres ocasiones, frente a un poder político civil corrupto, basado en clanes familiares y tribales, en un país enormemente diverso étnicamente.

Lo que nos ocupa ahora es la relación con Afganistán, en su frontera septentrional. Para Pakistán (en especial para sus fuerzas armadas y los todopoderosos servicios de inteligencia –ISI, Inter-Services Intelligence–, auténticos poderes autónomos del poder político), la naturaleza del régimen político afgano es vital por diversos motivos, entre los que sobresalen tres.

El primero está íntimamente ligado a su pugna con India y la necesidad de que ese país minimice su presencia e influencia en Afganistán o que, incluso, le sea hostil. Es lo que la inteligencia pakistaní llama “profundidad estratégica”, destinada a debilitar la posición india en la región.

El segundo es que, merced a las arbitrarias decisiones coloniales británicas –la famosa línea Durand, llamada así por el diplomático inglés que fijó las fronteras entre Afganistán y las antiguas Indias Británicas en 1893–, la etnia pastún queda dividida entre el norte del actual Pakistán y el sur de Afganistán, en una frontera porosa y con una población que mantiene lazos étnicos, tribales y familiares muy intensos, con un enorme potencial de desestabilización de Pakistán por los movimientos secesionistas pastunes y su apoyo al extremismo islamista de los talibán y, en general, al yihadismo, incluyendo a Al Qaeda. Este comentario es asimismo aplicable a la etnia baluchistana, presente también en ambos países.

Esa realidad, junto a la evidente cobertura del ISI, explica que Osama Bin Laden, después de huir de territorio afgano, se refugiara nada menos que 10 años en territorio pakistaní. Su ejecución por las fuerzas especiales estadounidenses en 2011 –sin conocimiento de las autoridades pakistaníes– es una muestra clara de esa “complicidad” y del doble lenguaje empleado por Pakistán a lo largo del tiempo. Un doble lenguaje que cubría un aparente apoyo a EEUU en su “guerra contra el terror”, maximizando así la ayuda militar y económica, al tiempo que cobijaba a los terroristas y a los propios talibán en su pretensión de volver al poder en Kabul. En este sentido, para Pakistán, lo sucedido no es precisamente y a corto plazo una mala noticia.

 

«La frontera entre Afganistán y China, de apenas 76 kilómetros, es esencial por dos causas: la prioridad china de evitar la desestabilización de su política en Xinjiang y su carácter estratégico para el proyecto de la Franja y la Ruta»

 

Otra cosa es que la nueva situación complique la propia estabilidad pakistaní (estamos viendo cómo Islamabad ha cerrado las fronteras a los refugiados afganos, muchos de ellos pastunes con lazos con sus congéneres étnicos) o aumentar el riesgo de atentados en su territorio, ante el enfrentamiento de la rama del Estado Islámico en la región (Estado islámico del Jorasán o ISIS-K) con Al Qaeda y los talibán. Les separa profundamente su visión de la yihad y, a diferencia de los talibán, el ISIS-K no reconoce las fronteras de los Estados actuales.

Finalmente, el tercer motivo es que el nuevo poder político en Kabul (no en todo Afganistán, como estamos viendo en el valle del Panshir y veremos también en los territorios no pastunes y de mayoría tayika, uzbeka o baluchistana) parece proclive a estrechar sus relaciones con China. La frontera entre Afganistán y China, de apenas 76 kilómetros a través del corredor de Wakhan, es esencial por dos causas: la prioridad china de evitar la desestabilización de su política en Xinjiang, con una importante población musulmana uigur; y su carácter estratégico para el proyecto de la Franja y la Ruta (la nueva Ruta de la Seda) que, sorteando a India, da acceso al vital puerto pakistaní de Gwadar que garantiza a su vez el acceso a África y al mar Rojo, en el Indico occidental. Las ofertas al nuevo gobierno talibán de ayuda económica y financiera, así como en infraestructuras, buscan cubrir ambas aspiraciones. Pero aumentan la dependencia estratégica del propio Pakistán respecto de China.

Por consiguiente, estamos ante un arriesgado juego por parte pakistaní que, más allá de la coyuntura, puede generar graves problemas. Territoriales, de riesgo terrorista y de una creciente dependencia de China que acabe definitivamente con el apoyo de Occidente y de EEUU, máxime teniendo en cuenta la creciente alianza entre India y EEUU frente al expansionismo chino. Quien juega con fuego siempre corre el riesgo de acabar quemándose y la ambigüedad no puede mantenerse indefinidamente. Hoy todos sabemos que Pakistán ha estado en un doble juego y que su pretendido compromiso antiterrorista con Occidente era simplemente instrumental, aprovechando el pavor que produce la posibilidad de que las armas nucleares pakistaníes acaben en manos incontrolables. Una situación ciertamente endiablada pero difícilmente sostenible en el tiempo.

Un último corolario: la justificación de la retirada occidental de Afganistán ha sido la necesidad de concentrar los esfuerzos estadounidenses en la contención de China en el Indo-Pacífico, desde el mar del Japón a los Estrechos de Taiwán y Malaca y, en general, todo el Sureste Asiático. Sin embargo, la retirada puede tener un claro resultado que contradice ese objetivo: la ocupación por parte de China (también de Rusia y Turquía o incluso Irán) de espacios de influencia en Asia central, como estamos viendo también en Oriente Próximo. La naturaleza tiene horror al vacío y la geopolítica también.

2 comentarios en “¿Con quién ha estado Pakistán en el conflicto afgano?

  1. Excelente artículo. Es necesario incluir a Pakistán en el tablero geoestratégico de la crisis afgana y su futuro además de China, Irán, India y Rusia.

  2. Por un lado, creo que lo que ha firmado Trump es una especie de tratado, como los que firmaban las potencias europeas al descolonizar un territorio. En base a esos documentos, retiraban sus tropas a cambio de que las nuevas autoridades permitieran que se quedasen sus empresas para seguir explotando los recursos de ese territorio.
    Por otro lado, me parece que Pakistán es más pro USA de lo que aparenta. No hay que olvidar que aquel comando USA mató a Bin Laden en territorio paquistaní y junto a una Academia Militar. Parece increíble que no se dieran cuenta, con lo vigilados que suelen estar los centros militares.

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