Un obispo retransmite en directo la misa dominical en una catedral del sur de Italia el 19 de abril de 2020/GETTY

¿Dónde está Dios en una pandemia?

Para las grandes religiones mundiales, la pandemia del coronavirus replantea un antiguo problema teológico que ha obsesionado siempre a profetas y creyentes: la teodicea, el misterio del mal en el mundo.
LUIS ESTEBAN G. MANRIQUE
 |  6 de mayo de 2020

“Tengo misericordia de quien yo quiero tenerla. Pero tú no puedes ver mi rostro,
nadie puede hacerlo y seguir después con vida”.
Éxodo (33: 19, 20)

 

Como el ángel exterminador del libro del Éxodo, la pandemia del coronavirus ha dejado tras su paso un reguero de imágenes –bolsas negras, cuerpos arrojados sin nombre en fosas comunes y enfermos tratando de sobrevivir en hospitales desbordados en Wuhan, Milán, Nueva York, Guayaquil…– que revelan con toda crudeza que hasta los países más tecnológicamente avanzados son vulnerables ante fuerzas ciegas de la naturaleza, como un enemigo biológico invisible.

Para las grandes religiones mundiales, la crisis replantea un antiguo problema teológico que ha obsesionado siempre a profetas y creyentes: la teodicea –del griego θεός (Dios) y δίκη (justicia)–, el misterio del mal en el mundo. Según un razonamiento lógico, si Dios es omnipotente, debería impedir el sufrimiento humano. Y si no lo hace, no es compasivo ni todopoderoso.

 

“Jesús curando a un paralítico en Cafarnaúm”, mosaico románico expuesto en la capilla de Sant’Apollinare Nuovo, en la ciudad de Ravenna, Italia.

 

Esos dilemas éticos exigen a clérigos y líderes religiosos decidir si sus prédicas y acciones se orientan a salvar vidas o a ponerlas en riesgo en nombre de  imperativos dogmáticos. A lo largo de la historia, la respuesta religiosa natural a las epidemias ha sido la de que los padecimientos y penurias fortalecen la fe al poner a prueba sus fundamentos. Así, la solidaridad se debe anteponer a estériles especulaciones teológicas. La tradición judeocristiana, al fin y al cabo, no exige explicar por qué ocurre lo que ocurre.

Sin embargo, esa actitud no resuelve la pregunta de si se puede creer en una entidad sobrenatural que se comporta como si hubiese declarado la guerra a sus criaturas. El cirujano general de Estados Unidos Jerome Adam, ha dicho, por ejemplo, que no cree casual que la epidemia haya coincidido con la Semana Santa y que a él la providencia lo ha puesto donde debe estar y más se le necesita, unas palabras que varios teólogos han considerado irresponsables e inapropiadas en boca de un funcionario público.

 

A cal y canto

La pandemia ha añadido otro factor inédito. Por primera vez en décadas, los fieles se ven privados del sustento espiritual de sus congregaciones y rituales. Paradójicamente, los propios ritos de paso –bautizos, bodas, funerales, bar mitzvás…– que configuran su identidad religiosa se han convertido en un peligro público. El clero católico ha tenido que abandonar ciertas prácticas caritativas, como impartir sacramentos, por el temor de contraer el virus y contribuir a diseminarlo.

En las altas esferas ha predominado la visión de que las leyes canónicas se subordinan a la preservación de la vida. Según la jurisprudencia coránica, un musulmán puede comer carne de cerdo si la alternativa es morir de inanición. La mayoría de judíos creen, por su parte, que el precepto de tikún olam (reparar el mundo) está por encima de las leyes halájicas que regulan las festividades judías y la dieta kosher.

El cierre de templos y santuarios ha sido generalizado de un extremo a otro el mundo. El domingo de Pascua, el papa Francisco impartió su bendición urbi et orbi ante una plaza de San Pedro vacía. En Londres, la catedral de San Pablo cerró por primera vez sus puertas en Semana Santa desde que las tropas de Oliver Cromwell utilizaron su nave como un establo en el siglo XVII. En Arabia Saudí, las mezquitas de la Meca y Medina se cerraron antes incluso de que el 2 de marzo se reportara el primer caso de contagio en el Reino del Desierto, que ha cancelado por tiempo indefinido el hajj, que atrae anualmente a unos 2,5 millones de peregrinos. La última vez que se interrumpió la peregrinación fue en 1798, cuando Napoleón invadió Egipto.

Ahora los muecines aconsejan a los fieles evitar las mezquitas y rezar en sus casas. En Irán, el  líder supremo, Alí Jamenei, autorizó el cierre de las mezquitas de Ashhad y Qom después de recabar evidencias que señalaban que se habían convertido en centros de infección.

India, por su parte, ha suspendido las festividades en honor de Rama, que congrega a millones de devotos en Ayodhya, Uttar Pradesh. En pasadas epidemias, los gurdwaras sijs, los templos hinduistas y las mezquitas siempre permanecieron abiertos, ofreciendo refugio y comida a quienes los necesitaban. Ahora están cerrados, como todo lo demás, a cal y canto. Japón ha bloqueado los accesos al santuario budista de Kinpunsen-ji. En Grecia, los servicios religiosos ortodoxos solo pueden realizarse a puerta cerrada y sin feligreses.

 

El silencio de Dios

No había más remedio. En Bérgamo, la diócesis más castigada del mundo católico, han muerto una veintena de sacerdotes por el coronavirus. En Corea del Sur, donde diversas iglesias cristianas reúnen al 30% de la población, casi la mitad de los contagios rastreados se originaron en la iglesia del culto Shincheonji en la ciudad de Daegu, la cuarta del país.

En India ese papel lo jugó el movimiento Tablighi Jamaat (sociedad de difusión de la fe), que cuenta con 80 millones de prosélitos en el mundo islámico. Desde su sede en Nizamuddin en Nueva Delhi se dispersó el virus por la mitad de los estados del país. Las autoridades han presentado cargos criminales contra su líder, Maulana Saad Kandhalvi, por poner en riesgo la salud pública “deliberada y  negligentemente”.

En Nueva York, los judíos ultraortodoxos (haredim) que viven en barrios abarrotados de familias numerosas, como Williamsburg en Brooklyn, han registrado la mayor cantidad de casos positivos per cápita del estado y la segunda del conjunto de Estados Unidos. En Israel, en el barrio jerosolimitano de Mea Shearim y en el suburbio de Bnei Brak de Tel Aviv, casi el 30% de sus residentes se ha contagiado y suman la mitad de hospitalizaciones por el coronavirus, pese a que solo representan el 10% de la población.

 

Carismáticos e inescrupulosos

Para los grupos fundamentalistas, los límites al uso de las tecnologías y su desconfianza de las instituciones estatales se han convertido en una trampa mortal, al dejarlos a merced de líderes carismáticos e inescrupulosos. Kandhalvi, por ejemplo, decía a sus adeptos que el virus era un castigo divino que ellos no debían temer porque les protegía el escudo sobrenatural de Tablighi Jamaat.

Un pastor en Florida, Rodney Howard-Browne, fue detenido por congregar a  feligreses en su mega-iglesia, prometiéndoles que él neutralizaría al virus. En Tanzania, su presidente, John Magufuli, un devoto católico, contraviniendo las indicaciones del Vaticano, se negó a cerrar las iglesias, argumentando que “el virus no puede sobrevivir enel cuerpo de Cristo”.

 

“Resurrección de Lázaro”, pintura mural al fresco realizada por el pintor italiano Giotto di Bondone, entre los años 1304-1306. Capilla de los Scrovegni de Padua, Italia.

 

Tres ulemas integristas firmaron el 17 de marzo en Reino Unido una fatwa que sostenía que la protección de la fe se impone sobre la protección de uno mismo. En Brasil, Edir Macedo, el multimillonario fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, y unos de los principales aliados de Jair Bolsonaro, le ha exigido que los templos se reabran cuanto antes.

En Nigeria, David Oyedepo, fundador de Winners Chapel, una mega-iglesia evangélica capaz de reunir a 250.000 personas en una sus ceremonias, ha equiparado el cierre de las iglesias al de los hospitales.

 

Poderes terapéuticos

En realidad, el poder de sanación es inherente a las tradiciones religiosas. En las creencias médicas arcaicas de la Antigüedad, espíritus malignos y enfermedades eran casi lo mismo. La Torá judía (el Pentateuco cristiano) tiene numerosas leyes y rituales higiénicos como el aislamiento de personas infectadas (Levítico, 13:45), el baño obligatorio tras la manipulación de los difuntos (Números, 19:11) o la prohibición de comer ciertos animales considerados impuros, entre ellos los murciélagos, como aseguran algunos rabinos.

 

“Cristo sanando a los ciegos” (1570), cuadro del pintor Domenikos Theotokopoulos El Greco, expuesto en el Metropolitan Museum de Nueva York.

 

En Excavating Jesus (2003), John Dominic Crossan y Jonathan L. Reed describen el entorno cotidiano de la época del II Templo judío como “inhóspito, insalubre y pestilente”. Así, no resulta extraño que el mesías de los evangelios (Mateo 9:12, Marcos 2:17, Lucas 5:31) se presente como un terapeuta que cura los cuerpos y las almas. Uno de los padres de la Iglesia, Eusebio, describió el ministerio de Jesús de Nazaret con líneas calcadas de los preceptos de Hipócrates, un modelo de conducta moral que terminó eclipsando los códigos éticos de la filosofía estoica grecorromana.

 

‘Quod Deus avertat’

El problema es cómo conciliar los imperativos morales con la racionalidad científica. Y no es la única pregunta sin respuesta. ¿Cómo pueden los católicos comulgar cuando la propia eucaristía puede ser un vector de contagio? ¿Puede transmitir calor humano la pálida luz de la pantalla de un servicio religioso en streaming?

En EEUU, varios gobernadores están cuestionando por qué, por ejemplo, se autoriza la apertura de licorerías y armerías mientras se cierran iglesias. Según Ralph Reed, fundador de Faith and Freedom Coalition, es insostenible exigir a la gente que se quede en casa mientras sus negocios quiebran, sus empleos desaparecen y se cierran sus lugares de culto.

El principio de separación iglesia-Estado, sin embargo, no exime a las comunidades religiosas de las regulaciones necesarias para el bien común. Si los principios irracionales de la religión prevalecen, la pandemia podría inaugurar una nueva época laicista, como anticipa para el mundo islámico el académico turco Gökhan Bacik. Una analogía histórica plausible podría ser el gran el terremoto de Lisboa de 1755, que mató a unas 55.000 personas y quebrantó irreparablemente las narrativas providencialistas del llamado Siglo de las Luces.

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