El ministro de Relaciones Exteriores de Baréin, Abdullatif bin Rashid Al-Zayani, el presidente de EEUU, Donald J. Trump; el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el ministro de Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos, Abdullah bin Zayed Al Nahyan, durante la firma del Acuerdo de Abraham el 15 de septiembre en la Casa Blanca. GETTY

El Acuerdo de Abraham, Israel y el islam

La consecuencia más importante del Acuerdo de Abraham no va ser política ni económica, sino cultural: el renacimiento del judaísmo y de la vida judía en el mundo árabe.
Luis Esteban G. Manrique
 |  9 de octubre de 2020

“El sionismo y su progenie, el Estado de Israel, llegaron a Jerusalén en cumplimiento de un mesianismo nacional, por lo que nunca podrán abandonarla sin renegar de su concepción histórica del judaísmo. El mesías secular no puede retroceder, solo puede morir”.
Baruch Kurzweil, citado por Shlomo Sand
en The Invention of the Land of Israel (2014)

 

En el prefacio de The Iron Wall (2001), su magistral estudio sobre Israel y el mundo árabe, Avi Shlaim, historiador del St. Anthony’s College de Oxford nacido en 1945 en el seno de una familia judía bagdadí, cuenta cómo en 1950, después de la primera guerra árabe-israelí, sus padres y casi todos sus abuelos, tíos, primos… se sumaron al éxodo de la comunidad judía iraquí, una de las más antiguas del mundo, hacia la antigua tierra prometida de sus antepasados.

En 1914, la tercera parte de los bagdadíes eran judíos. Entre 1948 y 1953, unos  120.000 de ellos emigraron a Israel. En Irak, todas sus propiedades fueron confiscadas. “Nunca fuimos refugiados pero en sentido muy real fuimos víctimas”, escribe Shlaim, cuya familia remonta sus orígenes en la tierra del Tigris y el Éufrates al exilio babilónico, 2.500 años atrás.

La suya era una familia mizrají –que tanto en árabe como en hebreo significa  oriente o levantino–, que hablaba árabe en casa y mantenía relaciones respetuosas, cuando no cordiales, con sus vecinos musulmanes. Sus padres, recuerda Shlaim, apenas sabían algo del sionismo.

Arrastrados por la historia, tuvieron que desarraigarse, un trauma del que su padre, Joseph Shlaim (1900-1971), nunca se recuperó. En Irak era un comerciante próspero y un notable de la comunidad judía y en Israel la víctima de un naufragio. “Durante 2.000 años los judíos rezaron por un Estado propio y sus plegarias fueron en vano. ¿Por qué me tenía que tocar a mí ver cumplidas sus oraciones?”, se lamentaba.

 

Orígenes legendarios

Los judíos iraquíes recitaban qasidas, la poesía lírica árabe, y eran dueños de bancos, industrias, comercios y transportes. De la noche a la mañana, la familia de Shmuel Moreh, profesor de Literatura árabe de la Universidad Hebrea de Jerusalén, cambió un palacete decorado con candelabros y alfombras persas por una tienda de campaña en medio del barro en Or Yehuda, a las afueras de Tel Aviv.

La tragedia fue similar desde el Magreb al Golfo y décadas más tarde también en Yemen y Etiopía, donde los falashas rastrean sus orígenes legendarios hasta la reina de Saba –o Sheba– que aparece en los Evangelios, el Corán y los libros de Reyes y Crónicas, que narran su visita al rey Salomón en Jerusalén.

El Reino himyarita, en lo que es hoy Yemen y Eritrea, se convirtió al judaísmo en el siglo V. En la Geniza –la sala de archivos de la sinagoga cairota de Ben Ezra, que contenía unos 200.000 manuscritos en hebreo y judeo-árabe de entre 870 y 1880, y que en 1897 descubrió el talmudista Salomon Schechter–, abundaban documentos de mercaderes judíos que comerciaban desde tiempos medievales por el océano Índico, la península Arábiga y el Golfo.

 

Un tiempo congelado

En todo el Oriente Próximo islámico han sobrevivido religiones preislámicas como las de los mandeos, samaritanos, zoroastrianos y maniqueos, herederas varias de ellas de los cultos mistéricos babilónicos, en pueblos protegidos por la endogamia, los pantanos, las montañas y el velo de sus códigos secretos.

En sus reinos, cristianos y judíos eran dhimis, es decir, inferiores a los musulmanes, pero como “pueblos del libro” podían conservar sus normas religiosas y hasta ciertos fueros civiles. A lo largo del siglo XIX, el Imperio otomano fue concediendo a los no musulmanes derechos similares a los de sus súbditos islámicos, mostrando que valoraba la diversidad mucho más que algunos países europeos. Varias de las comunidades sefardíes del Imperio otomano como las de Salónica y Rodas, descendientes de los expulsados de la península Ibérica en el siglo XV, solo desaparecieron tras el Holocausto.

 

 

La ‘nakba’ judía

El mundo de los mizrajíes, hoy casi el 55% de la población judía israelí, desapareció tras 1948. En los años y décadas posteriores, unos 800.000 judíos abandonaron –voluntariamente o no– los países árabes para establecerse en Tierra Santa. Levana Zamir, líder de la asociación de judíos egipcios en Israel, no entiende por qué Israel nunca ha pedido compensaciones a los países árabes como hizo con las víctimas del Holocausto, atribuyéndolo a que los fundadores del Estado fueran askenazíes, es decir, judíos de origen europeo.

El primer ministro, Benjamín Netanyahu, menciona a veces el asunto para contrarrestar reclamos palestinos similares por los 750.000 refugiados y 150.000 desplazados que produjo la nakba, catástrofe en árabe. Para fortalecerse demográficamente y por temor a que fueran víctimas de represalias, Israel utilizó al Mossad, su servicio de inteligencia exterior, para ayudar a los judíos a huir de sus países de origen. Las heridas nunca se cerraron del todo. Los mizrajíes y sefardíes son fieles votantes de partidos ultraconservadores aliados del Likud como el Shas, férreos opositores de la creación de un Estado palestino.

 

El Acuerdo de Abraham

Siete décadas de ostracismo dieron un giro inesperado el 15 de septiembre en una ceremonia en la Casa Blanca en la que Israel, Baréin y Emiratos Árabes Unidos (EAU) establecieron relaciones diplomáticas formales, los primeros países del Golfo en hacerlo. Con unas cuantas firmas, Israel duplicó el número de países árabes en los que tiene embajadas. Sus relaciones con Marruecos, Catar, Kuwait, Omán y Túnez son informales pero fluidas, por lo que a nadie extrañaría que se sumen a Baréin y EAU.

El documento que firmaron Netanyahu y los ministros de Exteriores emiratí, Abdulá bin Zayed, y bareiní, Abdulatif al Zayani, es escueto y deja todos los detalles a negociaciones posteriores. Pero Netanyahu ha visto vindicada su idea de que Israel podía mejorar sus vínculos regionales sin cerrar antes un acuerdo de paz con los palestinos, que ahora han perdido su antiguo poder de veto de facto en la Liga Árabe, que esta vez se negó a condenar el acuerdo trilateral como quería la Autoridad Palestina. A cambio, el gobierno de Netanyahu solo aceptó postergar sus planes de anexar partes de Cisjordania y el valle del Jordán. El acuerdo ni siquiera mencionó la solución de los dos Estados, limitándose a mencionar una vaga “resolución justa” al conflicto.

Aunque nadie anticipa cambios geopolíticos radicales, la actitud de Abu Dabi y Manama revela que la percepción de Israel entre los árabes suníes es cada vez más la de un valioso socio comercial y un potencial aliado frente a Irán, su némesis persa y chií.

 

La bendición de Riad

Nada de ello habría ocurrido sin la bendición saudí. El rey de Arabia Saudí, Salman bin Abdulaziz, no renuncia a la postura de que el Reino del Desierto nunca tendrá relaciones con Israel mientras siga ocupando territorios palestinos. Pero hoy soplan otros vientos en Riad. En la prensa saudí, que ha alabado el Acuerdo de Abraham, son cada vez más frecuentes los contenidos sobre Israel y la historia judía en el mundo árabe islámico, hasta hace no mucho asuntos tabú en sus páginas.

En una sorpresiva –y sorprendente– intervención en la cadena Al Arabiya, el príncipe Bandar bin Sultan, exembajador en Washington entre 1983 y 2005 y exjefe de los servicios de inteligencia, acusó a los líderes palestinos de “traicionar” a su pueblo en “70 años de fracasos”, quejándose de que en todo ese tiempo solo han aceptado las ayudas saudíes, nunca sus consejos.

Al negarse a respaldar la tesis palestina de que Abu Dabi y Manama han asestado una “puñalada por la espalda” a sus aspiraciones nacionales, la Liga Árabe acepta tácitamente ahora que la normalización de las relaciones con Israel es una vía factible para acelerar la solución de los dos Estados. En Washington, el ministro de Estado de Asuntos Exteriores emiratí, Anwar Gargash, dijo que la política de “silla vacía” no ha servido de nada y que el acuerdo no es un tratado político sino un “mensaje de paz”. Según escribe en The Tablet Bernard-Henri Lévy, él mismo nacido en Argelia en el seno de una familia sefardí, Donald Trump acertó al apostar a que no valía la pena seguir “inflando un globo pinchado” y que era mejor reducir el conflicto con los palestinos a sus “verdaderas proporciones geopolíticas”: el equivalente mediterráneo al conflicto del Sáhara Occidental.

 

Nuevos tiempos, nuevos vientos

Aunque Bin Sultan no tiene hoy cargos oficiales, dos de sus hijos, la princesa Rima bin Bandar y el príncipe Khalid bin Bandar, son embajadores en Washington y Londres, respectivamente. Han pasado ya más de 40 años desde que un ejército regular árabe combatió contra el Tsahal.

Según Robert Malley, presidente y CEO del International Crisis Group y exasesor de Barack Obama, Oriente Próximo es una de las regiones más políticamente homogéneas del mundo. Lo que pasa en un lugar tiene un impacto inmediato en todos los demás. En circunstancias propicias, apunta, los círculos viciosos pueden tornarse en virtuosos, sobre todo ahora, cuando el islam político está en repliegue tras la derrota del califato de Dáesh y la muerte de su líder, Abu Bakar al Bagdadi.

Durante décadas, el islamismo fue la ideología política más vital en Oriente Próximo, eclipsando al nacionalismo panárabe. Ahora los Estados están recuperando su antiguo protagonismo, cree Malley. Los modelos sociales también han cambiado. En la última encuesta Arab Youth Survey, un 15% de los jóvenes árabes dice estar intentando emigrar y el 27% quiere hacerlo. El destino elegido por la mayoría es EAU, seguido de EEUU, Canadá, Reino Unido y Alemania.

A Israel le interesan las zonas económicas especiales de EAU, exentas de aranceles y ciertos impuestos. Las compañías en zonas similares de Egipto y Jordania pueden exportar libremente a EEUU si sus productos incluyen componentes israelíes. Dubái, el mayor hub comercial del Golfo, quiere utilizar su buque insignia, la multinacional logística DP World, para fortalecer sus vínculos con la israelí DoverTower Group y los puertos de Haifa y Eliat, a los que quiere conectar con la zona económica libre de Jebel Ali, el mayor puerto emiratde  de los últimos años contanba la historia  la AUrirdad í.

 

La vida judía se normaliza

En Foreign Policy, Steven Cook se muestra convencido de que la consecuencia más importante del Acuerdo de Abraham no va ser política ni económica, sino cultural: el renacimiento del judaísmo y de la vida judía en el mundo árabe. El equipo de fútbol dubaití Al-Nasr ha fichado a una estrella de la liga israelí. Dubái acogerá pronto un festival de cine regional con participación israelí. En septiembre, Khaleej Times de Abu Dabi publicó un suplemento especial por el Rosh Hashaná, el año nuevo judío. Emirates ya incluye platos kosher en los menús de sus vuelos. La capital emiratí está construyendo un centro religioso, el Abrahamic Family House, que conectará una iglesia, una mezquita y una sinagoga. Y en abril de 2019, Dubái inauguró la primera nueva sinagoga en el mundo árabe en muchas generaciones. En The Economist, Marc Schneier, un rabino neoyorquino, dice sentirse más seguro llevando una kipá en Baréin que en Berlín.

El primer presidente del Egipto independiente, Mohamed Nagib, iba en Yom Kippur a rezar ante la tumba de Maimónides, el gran filósofo cordobés. Ahora, el gobierno egipcio está restaurando la sinagoga Eliyahu Hanavi de Alejandría, en su tiempo la más grande de Oriente Próximo, y también el antiguo cementerio judío de El Cairo. Una de las telenovelas más populares de la televisión egipcia de los últimos años iba de un tórrido romance entre un militar egipcio y una cantante judía.

Hoy, 13 universidades egipcias imparten clases de hebreo, frente a las cuatro de 2004. La Muslim World League, el brazo proselitista del wahabismo saudí,  condena ahora el negacionismo del Holocausto. Su director, Mohamed al Issa, ha anunciado que presidirá una delegación multirreligiosa a Auschwitz. En 2018, una popular página árabe de Facebook preguntó si se debía devolver la nacionalidad iraquí a los judíos exiliados hace 70 años. Un 75% de los 62.000 participantes votaron que sí.

 

Israel se orientaliza

Zeev Jabotinsky (1880-1940), el principal ideólogo del revisionismo sionista, solía decir que el sistema educativo israelí debía “barrer” todos los rastros del “alma oriental” del nuevo Estado. Hasta ahora se debate en Israel si se robaron o no bebés de familias judías marroquíes, tunecinas, iraquíes, libias, persas o argelinas para entregárselos a familias askenazíes, de modo que fueran educados como judíos europeos.

Pero borrar una identidad nunca es fácil. Los mizrajíes siguen hablando dialectos árabes y oyendo y bailando música levantina, cada vez más popular entre los judíos israelíes. A medida que la antigua mayoría askenazí ha ido menguando, el “alma” israelí se ha hecho cada vez más medio-oriental, como cualquier visitante extranjero puede comprobar en los supermercados israelíes, llenos de productos árabes: falafel, humus, cuscús, shakshuka…

En la escena musical israelí brilla con luz propia Nasreen Qadry, la reina árabe del pop mizrají, que combina los tambores arbuka con tonos caribeños y canciones del estilo de Beyoncé y Rihanna. Nacida en Nazaret hace 33 años, Qadry pasó su infancia y adolescencia escuchando a divas egipcias como Umm Kalzum. Cuando tenía 17 años, unos músicos judíos de origen marroquí la descubrieron cuando cantaba en los antros nocturnos de Haifa. Y ya nada detuvo su carrera.

Qadry pasa con naturalidad del árabe al hebreo y ha llenado varias veces el Menorah Mivtachim Arena, el mayor coliseo cerrado de Tel Aviv. En 2017 fue invitada a cantar en las celebraciones del día de la independencia por Miri Regev, la muy conservadora ministra de Cultura de origen marroquí.

Tras su noviazgo con uno de sus músicos judíos, se convirtió al judaísmo en 2018, algo insólito en una región en la que la religión es una afiliación tribal y la apostasía casi un delito, cuando no lo es formalmente. Las excepciones son tan escandalosas que nadie las olvida, como el caso de Leila Mourad, la estrella judía del cine egipcio de los años cincuenta que se convirtió al islam.

Si Qadry marca una tendencia, es la de un futuro mestizo de judíos arabizados y árabes hebraizados. Al fin y al cabo, como recuerda Simon Schama en The Story of the Jews (2013), términos hebreos como nabí (profeta), sadaqa (precepto religioso) o rahman (piedad) pasaron intactos, como el monoteísmo, al Corán.

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