2 de diciembre de 1805, Austerlitz – Napoleón observa los movimientos de las tropas rusas y austriacas desde su puesto de mando. Sus generales están impacientes. Al ver que el enemigo abandona las alturas de Pratzen para lanzarse al ataque contra el flanco derecho francés, sus oficiales le instan a contraatacar de inmediato. Napoleón, manteniendo la calma y viendo que el enemigo se estaba exponiendo fatalmente al dividir sus fuerzas, pronunció la célebre frase: “Cuando el enemigo comete un error, debemos tener cuidado de no interrumpirlo”.
Más de dos siglos después, Xi Jinping parece encontrarse en la misma situación. El gigante asiático no ha necesitado realizar movimientos agresivos de gran calado para ver cómo su posición relativa en el tablero global mejora. Le ha bastado con observar la progresiva erosión de la cohesión entre los aliados occidentales y el giro disruptivo de Washington bajo el segundo mandato de Trump.
La insistencia de la administración americana en cuestionar la utilidad de la OTAN y en presionar a sus socios europeos bajo una lógica transaccional ha generado una grieta de confianza que Pekín está sabiendo aprovechar. Las pretensiones de expansión territorial sobre Groenlandia, las insinuaciones de anexión de Canadá y el ninguneo a la Unión Europea en la gestión de la crisis en Ucrania están generando el caldo de cultivo para que entre sus aliados no solo comience a debatirse cómo reorganizar su defensa de forma independiente, sino a plantearse reforzar lazos con el hasta ahora gran rival común, China.
El reciente discurso de Mark Carney, el primer ministro de Canadá, en el Foro Económico de Davos, pronunciado apenas una semana después de haber sellado un acuerdo comercial con Pekín, constituye el mejor testimonio gráfico de esta transformación geopolítica. Mientras la Administración Trump redobla su apuesta por la transaccionalidad y el desdén por las estructuras multilaterales, figuras como Carney optan por reforzar la cooperación con el gigante asiático e invitan al resto de potencias medias a ser pragmáticas y hacer lo mismo. El aplauso y repercusión de su discurso fue lo más sonado de Davos este año, junto con el Peace Board de Trump para Gaza. Esta divergencia no solo debilita la influencia conjunta de Occidente en la arena internacional, sino que valida la narrativa de Pekín de una China como socio fiable e, incluso, garante del multilateralismo. La mayor autocracia del mundo despliega su atractivo internacional.
Es la tecnología, estúpido
Mientras el bloque occidental debate su nueva naturaleza, China consolida su influencia a través de la integración económica. Su estrategia no se basa en la confrontación directa, sino en la creación de dependencias estructurales. La expansión de sus alianzas en el sureste asiático, África y América Latina no responde a una ideología, sino a la exportación de bienes, capital e infraestructuras. Su superávit externo, en plena guerra comercial, ha batido récords en 2025: 1,2 billones de dólares.
En el plano interno, el país avanza hacia una autosuficiencia diseñada para blindarse ante posibles sanciones o cierres de mercado. El nuevo pilar de esta estrategia es el XV Plan Quinquenal (2026-2030). Aunque la versión definitiva no se presentará hasta marzo de 2026, las directrices ya publicadas subrayan un objetivo claro:
“Debemos fortalecer la capacidad de innovación independiente y lograr la autosuficiencia tecnológica en áreas críticas para asegurar que las cadenas de suministro nacionales sean autosostenibles y resistentes ante cualquier interferencia externa”.
Esta apuesta por el poder manufacturero de alto valor añadido, el liderazgo en nuevas tecnologías y el control de las materias primas que lo alimentan permite a China no solo reducir su dependencia, sino convertir a terceros países e, incluso, al propio Occidente en dependiente de su capacidad industrial y sus cadenas de suministro.
¿Puerta abierta para Taiwán?
Este escenario ha alimentado la percepción de que China podría aprovechar el momento para ejecutar un golpe de mano definitivo sobre Taiwán. Sin embargo, la situación interna de su aparato militar sugiere una realidad más compleja.
La reciente caída en desgracia del general Zhang Youxia, vicepresidente de la Comisión Militar Central y hasta ahora mano derecha de Xi Jinping, marca el punto más crítico de una purga sin precedentes que ha decapitado la cúpula militar de China en los dos últimos años, dejando a la institución en un estado de desconcierto. La investigación contra Zhang y el jefe del Estado Mayor Conjunto, Liu Zhenli, por “graves violaciones de disciplina” –un eufemismo que abarca desde la corrupción sistémica en la Fuerza de Cohetes hasta acusaciones de filtración de secretos y, muy posiblemente, la sospecha de que Zhang suponía una amenaza para el poder absoluto de Xi– rompe el último elemento de la vieja guardia con experiencia real en combate.
Las implicaciones internas son significativas: Xi ha sacrificado la estabilidad operativa para imponer un control personalista absoluto, priorizando la lealtad y confianza personal sobre la competencia profesional, justo cuando ordena al Ejército Popular de Liberación (EPL) estar listo para una potencial invasión de Taiwán a partir de 2027.
Desde una perspectiva geopolítica, esta purga proyecta una imagen de inestabilidad en el corto plazo. Los informes de inteligencia sugieren que la corrupción podría haber afectado la operatividad real del arsenal de misiles chino. Así pues, con más razón aún, Taiwán, igual que la colina de Pratzen, puede esperar. Sin embargo, a medio plazo, el surgimiento de una estructura militar más joven, leal y purgada de facciones podría resultar en una fuerza más alineada con las ambiciones de Xi de alterar el statu quo en el Indopacífico y seguramente más proclive a adoptar tácticas más agresivas.
Hacia un nuevo equilibrio de poder
China está demostrando que la influencia global en el siglo XXI no se mide solo por la capacidad de proyección militar, sino por la resistencia de las cadenas de suministro y la solidez de las alianzas comerciales. La división entre los países occidentales, acentuada por un Washington que desconfía de sus socios tradicionales, ha permitido que Pekín expanda su red de influencia sin necesidad de una confrontación abierta.
Xi observa atento cómo el adversario se debilita mediante decisiones que fracturan sus propias alianzas. Mientras Estados Unidos se centra en el aislacionismo y la revisión de sus compromisos internacionales, China se prepara, mediante su XV Plan Quinquenal y una purga militar que busca la lealtad absoluta, para un escenario donde el orden internacional ya no sea dictado por una sola potencia. Washington está sirviendo en bandeja el éxito de la visión china de un “orden multipolar” en un mundo paradójicamente liderado a enorme distancia por dos grandes superpotencias.



