Cartel de campaña para el candidato presidencial Alberto Fernández (I) y el candidato a la alcaldía de la ciudad de Buenos Aires Matias Lammens (D) durante la campaña de primarias, en julio de 2019/GETTY

El eterno retorno del peronismo

EDUARDO FORT
 |  8 de octubre de 2019

El argentino tiene una mentalidad de huésped de hotel, el hotel es el país y el argentino es un pasajero que no se mete con los otros. Si los administradores administran mal, si roban y hacen asientos falsos en los libros de contabilidad es asunto del dueño del hotel, no de los pasajeros a quienes en otro sitio los espera su futura casa propia, ahora en construcción. (…) Quizás algún día los argentinos nos convenzamos de que este hotel de tránsito es nuestro único hogar y que no hay ninguna Argentina –visible o invisible– esperándonos en ninguna otra parte.

Marco Denevi, escritor argentino

 

Desde su independencia del Imperio español, un martes 9 de julio de 1816, Argentina se convirtió en uno de esos países con “posibilidades de potencia”. Similar a los deportistas que inevitablemente triunfarán (pero que nunca se consagran), el país recorrió más de doscientos años de idas y vueltas, muchos sinsabores y efímeros momentos de felicidad. Los argentinos, orgullosos y nacionalistas en cuestiones de poca monta, siempre se sintieron herederos de una presunta tradición de grandeza: un destino manifiesto al sur del Río Grande.

Conocido y criticado por figuras como el primer ministro francés Georges Clemenceau (“La Argentina crece mientras sus políticos duermen”), el Premio Nobel de Literatura español Jacinto Benavente (“Armad la única palabra posible con las letras que componen la palabra ‘argentino’”, o sea, “ignorante”), el país que dio al mundo un Papa (Francisco), un magistrado del Tribunal Supremo de España (Enrique Bacigalupo), uno de la Academia Francesa (Héctor Bianciotti, el único proveniente de un país hispanohablante) y quizá el más importante escritor en lengua hispana (Jorge Luis Borges) es una de las naciones más esquizofrénicas del planeta. Liberal y conservadora por épocas, nacionalista banal, hispanoamericana con ínfulas europeas, Argentina todavía continúa haciendo eses, buscando un destino que a todas luces desconoce.

Profundamente atravesado por el peronismo, el país osciló entre diversas tendencias durante todo el siglo XX. El movimiento político policlasista e ideológicamente heterogéneo fundado por el teniente general Juan Domingo Perón (1895-1974) se convirtió en una metáfora de la política perfecta: el partido que genera sus propios anticuerpos y libra sus propias, sangrientas batallas; el devorador de todo intento de izquierda revolucionaria, socialdemocracia, democracia cristiana y/o liberalismo.

El peronismo, entre otras contradicciones, acogió con agrado y cariño a nazis fugados tras la Segunda Guerra Mundial (incluyendo a monstruos como Adolf Eichmann y Josef Mengele), pero estableció relaciones diplomáticas y ayudó financieramente al Estado de Israel. Estatizó las más importantes empresas de servicios públicos en el período 1946-1955, las privatizó en la etapa 1989-1999 y volvió a estatizarlas durante los mandatos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández (2003-2015). Coqueteó con El Che Guevara y Mao Zedong, pero también con Francisco Franco y Alfredo Stroessner: el dictador paraguayo ayudó a salir del país a Perón tras  el golpe de Estado que lo derrocó en 1955; el autócrata español hospedó al general exiliado hasta su regreso en 1973. En definitiva, y como describió el novelista argentino Osvaldo Soriano (1943-1997), el peronismo es el único fenómeno que permite que asesino y asesinado griten, a la vez y en el momento del disparo, “¡Viva Perón!”.

 

El Síndrome de Estocolmo argentino

Probablemente, el momento de menor popularidad del peronismo tuvo lugar en 1983. Concluida (gracias a una fallida y desesperada guerra contra Reino Unido) la dictadura sangrienta que asoló el país desde 1976, la figura del dirigente radical (por la Unión Cívica Radical, partido más que centenario surgido de los inmigrantes de clase media y profesionales liberales) Raúl Alfonsín iluminó el universo político argentino y lo catapultó a la presidencia. Primer mandatario carismático y honesto, Alfonsín juzgó a los sátrapas (caso único en el mundo de una democracia condenando a sus violadores), pero debió retirarse ante el colapso económico cuyos fuegos avivó ­–cómo no– el peronismo, en 1989.

A partir de ese momento, el partido fundado por el célebre General (así, con mayúscula) gobernó hasta 2015, con la sola excepción del período 1999-2001, cuando la primera magistratura estuvo ocupada por el débil y timorato dirigente radical Fernando de la Rúa, otro ejemplo de “joven promesa” que derivó en la nada (si entendemos “nada” por un estallido social y decenas de muertos en las calles) y fue mansamente devorado por la Historia. La presidencia del matrimonio Kirchner y Fernández significó una revalorización del primer peronismo, con políticas pretendidamente nacionalistas y de galvanización del orgullo nacional. Sin embargo, el heredero Daniel Scioli perdió ajustadamente los comicios de diciembre de 2015 y dejó paso al ingeniero Mauricio Macri. Antiguo presidente de Boca Juniors, uno de los dos clubes más populares en un país en el que el fútbol es una religión, Macri contó con un capital político que le permitió gobernar la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2007-2015) y hacerse con la presidencia después.

La presidencia de Macri fue saludada por los países del Primer Mundo como un regreso de la Argentina al primer plano internacional, después de los devaneos kirchneristas con Irán, Venezuela y Rusia. En el plano local, los argentinos (como con De la Rúa en 1999) intentaron dejar atrás un período de consumo masivo, altos niveles de poder adquisitivo y –en simultáneo– corrupción política generalizada. Sin embargo, una gestión económica improvisada que subestimó los problemas, sobreestimó las posibilidades y arrojó (una vez más) al país en manos del Fondo Monetario Internacional, consiguió que el kirchnerismo (la nueva marca comercial del peronismo) resucitara. Para muestra, las encuestas: tras unas primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (otro invento argentino), la fórmula encabezada por el antiguo liberal, luego kirchnerista, después renegado del kirchnerismo y actual hijo pródigo Alberto Fernández podría ganar en primera vuelta, sin necesidad de recurrir al balotaje.

En una combinación de Síndrome de Estocolmo y víctima de violencia de género que defiende a su agresor, los argentinos concurrirán a las urnas una vez más. Quizá se confirme, una vez más, la cita de José Ortega y Gasset: “El argentino resbala sobre toda ocupación o destino concreto”.

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