Crisis en Ucrania: ¿es Bruselas responsable?

 |  19 de febrero de 2014

¿Arde Kiev? Los enfrentamientos entre manifestantes y las fuerzas de seguridad ucranianas se han recrudecido hasta convertirse en una batalla campal. Los pelotazos de goma y cañonazos de agua de la policía son contestados con cócteles molotov. El gobierno acusa a los manifestantes de iniciar los enfrentamientos; éstos, por su parte, responden que el gobierno ha infiltrado a policías violentos con el fin de estigmatizar a los manifestantes. 25 ucranianos han muerto en la noche del 18 de febrero, según informa el Ministerio de Sanidad; el de Interior eleva la cifra de policías muertos a nueve. De los 241 ucranianos que se encuentran hospitalizados, un tercio pertenecen a los cuerpos de seguridad.

La lucha por el futuro de Ucrania, supuestamente en estado de hibernación hasta el final de los juegos de Sochi, comenzó hace tres meses. El 21 de noviembre Viktor Yanukóvich, presidente de Ucrania, decidió posponer un Acuerdo de Asociación destinado a estrechar los lazos comerciales y políticos entre su país y la Unión Europea. El motivo, como denunció el ministro sueco de Exteriores Carl Bildt, fue la “brutal presión” ejercida por Moscú sobre Kiev. El control de la demanda de gas ucraniana otorga a Rusia una poderosa posición negociadora: especialmente en diciembre, con el General Invierno ejerciendo de chantajista supremo. Yanukóvich optó por gas barato, un préstamo ruso de 15.000 millones de dólares, y el posible ingreso de Ucrania en la Unión Aduanera que componen Rusia, Kazajistán y Bielorrusia.

La reacción popular en la plaza Maidán –rebautizada como Euromaidán– no se hizo esperar. Tampoco la represión del gobierno. Pero el fracaso al intentar aprobar una ley mordaza forzó la dimisión del Primer Ministro, Mykola Azarov, a finales de enero. Yanukóvich intentó atraer a los líderes de la oposición –Arseniy Yatseniuk, número dos de Yulia Timoshenko; el exboxeador Vitali Klitshko, y el ultraderechista Oleg Tiagnibok– con puestos en su gobierno, pero fracasó. Los manifestantes piden la dimisión del presidente y la convocatoria de elecciones anticipadas.

El enfrentamiento se interpreta cada vez más en términos absolutos. De un lado están los ucranianos pro-europeos, exigiendo democracia. Del otro está el gobierno ucraniano, marioneta autoritaria de Vladimir Putin. La prensa occidental, como señala Stephen Cohen, ha hecho todo lo posible por explicitar esta dicotomía. Pero esta narrativa peca de simplista.

En primer lugar, la oposición no está unida. Carece de un referente ideológico o una hoja de ruta política, más allá de la convocatoria de elecciones anticipadas. Existe cierta rivalidad entre la Alianza Democrática para la Reforma de Ucrania de Klitschko (UDAR: las siglas significan “puñetazo” en ucraniano) y Batkivshchyna, el partido de Timoshenko y Yatseniuk. La responsabilidad recae en cierta medida sobre Estados Unidos: concretamente, sobre Victoria Nuland, subsecretaria de Estado adjunta para asuntos europeos. En una conversación con el embajador americano en Kiev, Nuland desaconsejó la presencia de Klitschko en un futuro gobierno ucraniano y dejó clara su preferencia por Yaseniuk. La filtración de dicha conversación –en la que Nuland dedica un sonoro “que le jodan” a la UE–, posiblemente por los servicios de inteligencia rusos, ha causado una polémica considerable.

Más preocupante es la creciente fuerza de la extrema derecha entre los manifestantes. Svoboda, el partido ultranacionalista que preside Tiagnibok, se ha beneficiado de la impopularidad de Yanukóvich. En las elecciones parlamentarias de octubre, obtuvo un 10% del voto y 37 escaños en la Rada Suprema. El partido, que ha adquirido protagonismo en las protestas ocupando edificios gubernamentales, no huye de sus raíces cercanas al nazismo.

Pero es el papel desempeñado por la UE el que ha pasado más desapercibido, a pesar de no haber sido ejemplar. Cuando Bruselas presionó a Kiev para firmar el Acuerdo de Asociación, lo hizo asumiendo que los ucranianos secundarían la propuesta de forma unánime. Pero Ucrania permanece profunda y perennemente enfrentada entre pro-europeos y pro-rusos. La línea divisoria es histórica y étnica, pero sobre todo lingüística. Los ucranianos en el oeste del país, antiguamente gobernado por el Imperio Austrohúngaro, son pro-europeos. Las minorías rusas en el este y Crimea, así como los ucranianos cuya primera lengua es el ruso, se decantan por Moscú.

Ante divisiones imposibles de franquear, la propuesta de realizar un acuerdo tripartito, incorporando a Rusia a las negociaciones, podría haber proporcionado una solución de consenso. La medida contaba con el apoyo de Putin, pero fue rechazada por la Comisión Europea. Y al incorporar cláusulas de cooperación en seguridad y política exterior, el acuerdo estaba destinado a causar rechazo en Moscú. La UE se encuentra así con una situación similar a la que detonó la (fracasada) entrada de Georgia en la OTAN en 2008. Rusia no tolerará intromisiones en lo que aún considera su área de influencia. Y sin una política exterior unificada, la UE no está en condiciones de cuestionar esta posición. Lamentablemente, las consecuencias de esta inconsistencia la sufren los ucranianos.

 

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