Pancartas e imágenes durante una vigilia en el primer aniversario de la muerte del fiscal argentino Alberto Nisman en Buenos Aires, el 18 de enero de 2016 /GETTY

‘El fiscal, la presidenta y el espía’. Sobre el caso Nisman

ANTONIO GARCÍA MALDONADO
 |  15 de octubre de 2019

A finales de septiembre se presentó en el festival de cine de San Sebastián El fiscal, la presidenta y el espía, que se podrá ver en Netflix. Una serie documental de Justin Webster, quien ya indagó en Muerte en León (2016) sobre el asesinato de la entonces presidenta de la diputación leonesa, Isabel Carrasco, a manos de la madre de una antigua colaboradora. En su nueva obra, el periodista y director británico aborda la extraña muerte de Alberto Nisman, fiscal argentino que en enero de 2015 iba a declarar en el Congreso para revelar los supuestos vínculos entre la entonces presidenta, Cristina Fernández de Kirchner (CFK), y el régimen iraní. Hoy CFK es candidata a la vicepresidencia en unas elecciones que tiene visos de ganar junto a su compañero de fórmula, el peronista Alberto Fernández. La causa sobre la muerte de Nisman sigue abierta, ahora en manos del fiscal Eduardo Taiano.

La hipótesis de Nisman era contundente: iba a acusar formalmente a la presidenta de haber pactado, a través del memorándum de entendimiento con Irán firmado en 2013 en Addis Abeba (Etiopía), la impunidad de los responsables iraníes de los atentados contra la embajada israelí en Buenos Aires –1992, 22 muertos, 242 heridos– y la Asociación Mutual Israelí Argentina (AMIA) –1994, 85 muertos, unos 200 heridos–. Todo ello a cambio de acuerdos comerciales ventajosos para Argentina, en un momento de crisis económica. El pacto implicaba también, sottovoce, retomar la cooperación en asuntos relacionados con el programa nuclear iraní. Nisman acusaba a CFK de “fabricar la inocencia” de los terroristas, dirigidos por el agente de la inteligencia iraní en Buenos Aires, Moshen Rabbani. Según la hipótesis de Nisman, los atentados fueron una represalia: el régimen del ayatolá Jamenei castigaba a Argentina por la cancelación del programa de asistencia nuclear decidido por el gobierno de Carlos Menen, presionado por EEUU en plena guerra del Golfo.

 

¿Suicidio o asesinato?

El 18 de enero de 2015, Nisman, fiscal encargado del caso AMIA, fue hallado muerto en su casa, supuestamente tras suicidarse. Nisman se había pegado un tiro en la sien en su apartamento de Puerto Madero, un barrio lujoso a las espaldas de la Casa Rosada, en Buenos Aires. El impacto de la noticia fue tremendo. Hoy sigue siendo motivo de agrias polémicas en los medios argentinos. ¿Se suicidó? ¿Lo mataron? Aunque en un principio la del suicidio fue la tesis oficial, nadie sostiene ya que Nisman se matara. Fue asesinado, pero, ¿por quién? ¿Las cloacas argentinas? ¿Irán?

Hay un libro hoy descatalogado, Cortinas de humo (1994), coordinado por el presentador argentino Jorge Lanata y el estadounidense Joe Goldman, publicado unos meses después del segundo atentado. La obra recreaba minuciosamente qué pasó entre el atentado de la embajada y el de la AMIA. ¿Se había investigado seriamente sobre la autoría del primero? ¿Se tomaron medidas para evitar el segundo? ¿Había amenazas permanentes contra ambos lugares? Y, sobre todo, ¿cómo y quién lo hizo? Sus tesis no son concluyentes, pero sí señala la pista iraní. Y sobre todo, este primer instant book muestra la calamidad de investigación criminal y forense que se llevó a cabo en ambos sucesos. Improvisación, desidia, contaminación de la escena del crimen, etcétera.

La investigación estaba viciada desde el principio. Nisman se disponía a señalar uno a uno y con pruebas en qué había consistido el montaje, quiénes eran los culpables y quiénes y por qué se les encubría. La protección habría partido de la Casa Rosada y se habría canalizado a través de Luis D’Elía, sindicalista y político extravagante, de un populismo exacerbado. D’Elía había sido uno de los apoyos más firmes y movilizadores del kirchnerismo y hoy está en prisión por el asalto a una comisaría. Las escuchas filtradas a los medios muestran conversaciones inquietantes antes de la muerte de Nisman entre D’Elía, funcionarios iraníes nerviosos por la demora en la ratificación parlamentaria del memorándum y agentes encubiertos de la inteligencia argentina. Estas charlas formaban la base de la acusación de Nisman y las evidencias de complicidad en el encubrimiento al más alto nivel que presentan parecen difíciles de refutar.

 

Nisman acusa

Nisman no solo iba a acusar de encubrimiento a la primera magistratura de su país. También iba a explicar la trama de encubrimiento desde los tres poderes del Estado. Y sobre todo se disponía a mostrar las pruebas que señalaban a Hezbolá y a Irán. El fiscal iba a exponer el papel de la legación iraní; la impunidad con la que operó durante la década de los ochenta; sus nexos con el traficante de armas sirio Monzer Al Kassar, hoy vecino conocido de Marbella; el uso ventajista que los funcionarios iraníes en Argentina habían hecho de los usos y costumbres diplomáticos con sus visas y valijas, así como las deficiencias de las investigaciones argentinas de los atentados. No es de extrañar, a este respecto, que los israelíes enviaran sus propios equipos de investigación a la zona.

El escenario de la muerte del fiscal se convirtió en una prueba del fracaso técnico y político que iba a denunciar. A su apartamento acudieron equipos de investigación que contaminaron la escena agarrando las pruebas sin guantes, pisando los charcos de sangre, abriendo puertas sin cuidado. Todo está en YouTube. Uno de sus asistentes informáticos admitió que proporcionó el arma a Nisman a petición del propio fiscal, que le dijo que se sentía amenazado, pero también que estaba dispuesto a llegar hasta el final. Hoy nadie, ni siquiera el kirchernismo al que Nisman pensaba denunciar, defiende la tesis del suicidio.

Hay dos enfoques predominantes que vertebran los debates apasionados –o directamente agrios y desagradables– que desde la muerte de Nisman se suceden en programas especiales en las televisiones argentinas. Uno es el de Lanata, cuyo posicionamiento es meridiano: hay que investigar a los culpables y a los cómplices locales. Su interés radica en la política argentina, en oposición al enfoque que aplica el israelí de origen argentino Gustavo D. Perednik, amigo de Nisman. En su libro Matar sin que se note, Perednik defiende una aproximación geopolítica al asunto: Irán sería culpable como país y Hezbolá, su instrumento. Asimismo, América Latina sufriría un problema inadvertido de fundamentalismo islámico centrado en la triple frontera –Brasil, Argentina, Paraguay–, que irradiaría violencia a través de unas fronteras porosas o inexistentes que permiten todo tipo de entradas y salidas: de productos, dinero negro, drogas o terroristas. Ambos libros se complementan bien desde sus enfoques antitéticos y desde la distancia temporal en la que fueron escritos. Uno busca culpables en la región, en las cloacas argentinas; el otro ve un complot global. Ambos, sibilinamente, se critican en público.

 

Geopolítica en suelo austral

El fiscal era, sin duda, un hombre que sabía demasiado. Y que había incordiado a demasiados. El grupo Memoria Activa sigue exigiendo que se esclarezca la verdad de los atentados de la embajada y de la AMIA. Ahora ha sumado a la causa la búsqueda de la verdad de lo ocurrido con Nisman. Hay demasiados intereses en juego: desde la estructura del deep State argentino, la influencia de Irán y Hezbolá en América Latina y las relaciones del clan Menem con Siria y Al Kassar, hasta el papel de la crisis económica, el equilibrio de poder en Siria e incluso la lucha entre suníes y chiíes.

La causa del asesinato de Nisman está ahora, como decía, en manos del fiscal Taiano. Según informa Clarín, Taiano investiga 23.000 imágenes de todas las personas que entraron en el complejo de apartamentos donde vivía Nisman durante el fin de semana previo a la muerte. Además, se analizan 45.000 comunicaciones telefónicas, incluidas algunas de CFK con algunos de sus colaboradores más cercanos. Hasta ahora, lo más concluyente de esta investigación es que la seguridad del complejo de apartamentos era escasa, y otros vecinos ya habían sufrido altercados o robos. Además, permanece imputado el informático Diego Lagomarsino, procesado como partícipe necesario al haberle proporcionado la pistola con la que lo mataron.

Habrá que estar atentos a las novedades que aporte la nueva serie documental sobre este caso global y enrevesado. Más aún a las puertas de unas elecciones presidenciales en las que uno de las protagonistas de esta historia está a las puertas de volver a la Casa Rosada, esta vez como vicepresidenta.

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