Las fuerzas israelíes intervienen durante una protesta palestina contra la construcción ilegal de un asentamiento judío en Ramala, Cisjordania, el 17 de marzo de 2023. (ISSAM RIMAWI/GETTY)

Infierno en Tierra Santa

Las tensiones entre Israel y la Autoridad Palestina aumentan con velocidad. Mientras, la diplomacia internacional ha sucumbido a la fatiga del proceso de paz justo cuando más se necesita.
Carl Bildt
 |  23 de marzo de 2023

Entre el río Jordán y el Mediterráneo está surgiendo una doble crisis. Tanto Israel como la Autoridad Palestina (AP) se enfrentan a retos internos que han ensombrecido sus respectivos futuros, y mientras aumenta la tensión entre ellos, se acercan a la ruptura definitiva.

En Israel, Benjamín Netanyahu ha vuelto al poder aliándose con partidos de extrema derecha y ultraortodoxos que están decididos a cambiar la naturaleza misma del orden constitucional israelí. Entre otras cosas, el gobierno está llevando a cabo reformas que politizarán el poder judicial y lo despojarán de sus poderes más importantes, además de amenazar con eliminar cualquier posibilidad que quede de lograr una solución sostenible de dos Estados para la cuestión palestino-israelí.

Mientras tanto, los israelíes se han echado en masa a la calle para protestar contra las propuestas del gobierno. En un reciente discurso en el que dio a conocer su propia “Directiva del Pueblo” para poner fin a la crisis, el presidente israelí, Isaac Herzog, advirtió de que no se puede descartar el riesgo de una guerra civil. A los pocos minutos de darse a conocer su propia propuesta, el gobierno de Netanyahu ya la había rechazado. A no ser que ocurriera un milagro, Israel seguirá sumiéndose en la crisis política interna más profunda desde su fundación. La naturaleza del Estado israelí que surgirá de esta situación es ahora una cuestión abierta.

Atrás quedaron los Acuerdos de Oslo, que ofrecían la esperanza de resolver el conflicto palestino-israelí mediante el establecimiento de estructuras y vías para alcanzar una solución de dos Estados. Las fuerzas fundamentalistas de ambas partes han desafiado este proceso desde el principio, pero nunca antes habían sido tan poderosas. El declive gradual que se viene produciendo desde hace muchos años se está acelerando, borrando lo que quedaba del legado de Oslo. Lo que queda hoy es poco más que las ruinas que se desmoronan rápidamente de lo que los Acuerdos establecieron en su día. A la mayoría de los israelíes ya no parece importarles mucho lo que ocurre en los territorios palestinos ocupados, siempre que su propia seguridad esté garantizada.

Al otro lado de la alta barrera de separación israelí que amuralla Cisjordania, la AP también está sumida en una crisis de legitimidad, aunque quizá menos inmediata que en el lado israelí. Encuestas recientes muestran que una gran mayoría de palestinos ha perdido la fe en la AP y está a favor de abolirla. El gobierno del presidente Mahmud Abás no ha logrado ni la paz ni la prosperidad. Mientras los palestinos sufren las humillaciones diarias del régimen de ocupación y ven cómo los asentamientos ilegales israelíes invaden sus tierras, parecen cada vez más dispuestos a dar su apoyo a quienes quieren tomar las armas.

Estas tendencias en ambos bandos amenazan con crear un círculo vicioso de violencia y conflicto que sería mucho peor que los ocasionales y explosivos estallidos sobre Gaza (que, por desgracia, se han convertido en algo más o menos rutinario).

Para empeorar las cosas, en la diplomacia internacional existe una fatiga palpable sobre el llamado Proceso de Paz de Oriente Medio. Muchos países árabes, comprensiblemente, han pasado página, incluso desarrollando sus propias relaciones políticas y económicas con Israel. Con Rusia bombardeando a la población civil ucraniana, la Unión Europea está ocupada en otras cosas; e incluso si no tuviera una guerra en sus fronteras, está menos unida internamente sobre el conflicto palestino-israelí que en el pasado.

Del mismo modo, aunque la administración del presidente estadounidense Joe Biden sigue expresando su apoyo a una solución de dos Estados, no ha dado marcha atrás en ninguno de los peligrosos e ilegales pasos que dio la administración de Donald Trump cuando se arrimaba a Netanyahu y minaba las condiciones para hacer posible una solución de dos Estados. No es difícil entender por qué más palestinos han sucumbido a la desesperación.

Al entrar en la temporada del Ramadán (22 de marzo-20 de abril) y la Pascua judía (5-13 de abril), las pasiones están destinadas a aumentar aún más. Al menos 100 personas han muerto ya en diversos enfrentamientos en Cisjordania en lo que va de año, y civiles de ambos bandos han sido víctimas de atentados terroristas. Casi todo el mundo espera que la situación vaya de mal en peor en las próximas semanas y meses.

Los días de Oslo han quedado atrás. Las perspectivas de paz no se reavivarán sin una reordenación fundamental de las cuestiones en uno u otro sentido. La gran cuestión, por tanto, es si la diplomacia internacional, aletargada durante años, puede reactivarse. De no ser así, lo más probable es que se produzca un nuevo estallido de violencia y, posiblemente, una guerra prolongada.

 

© Project Syndicate, 2022.
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