Entre el 1 y el 5 de diciembre, Irán recibió a fuerzas armadas de China, India, Rusia y otros seis países en el primer ejercicio militar de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) celebrado en suelo iraní. El ejercicio “Sahand-2025”, desarrollado durante cinco días en el noroeste del país, fue mucho más que un entrenamiento antiterrorista: envió una señal geopolítica nítida sobre la integración de Teherán en el entramado multilateral impulsado por Pekín y Moscú, en paralelo a los formatos occidentales.
Para China, este despliegue refleja un cambio de postura. Pekín continúa evitando un respaldo incondicional a Irán –por el riesgo de verse arrastrado a conflictos regionales, por posibles disrupciones en los flujos energéticos y por el factor nuclear– pero ya no parece preocupado por el coste reputacional de una cooperación más visible. Las operaciones de campo, maniobras tácticas y ejercicios de mando conjunto celebrados en diciembre evidencian que China percibe un valor creciente en elevar su relación con Irán en varios frentes.
Durante buena parte de la década de 2010, China fue reticente a profundizar políticamente y, sobre todo, militarmente en sus vínculos con la República Islámica. En un momento en el que todavía priorizaba unas relaciones estables con Estados Unidos y Europa, Pekín evitaba una implicación mayor debido al estatus internacional de Irán, las sanciones y su postura abiertamente antiestadounidense. La rivalidad estructural entre Irán y Arabia Saudí añadía otro elemento de riesgo: cualquier escalada podía comprometer los suministros de crudo de dos de sus principales proveedores.
Sin embargo, el cálculo estratégico empezó a inclinarse en otra dirección a partir del acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA), que China contribuyó a negociar, y se aceleró con el aumento de la rivalidad entre Washington y Pekín. La necesidad china de diversificar fuentes energéticas, junto con una lectura más competitiva del orden internacional, elevó los incentivos para reforzar la asociación con Teherán. La mediación china en el acercamiento entre Irán y Arabia Saudí en 2023 redujo además los riesgos percibidos de un deterioro regional. Desde esta perspectiva, la retirada de Estados Unidos del JCPOA en 2018 y el endurecimiento de su postura hacia China, Rusia e Irán consolidaron las condiciones para una convergencia más estrecha entre los tres actores.
Hoy China es el principal socio comercial de Irán y aspira a ampliar esa relación. También es el principal destino del crudo iraní, lo que convierte el vínculo energético en un pilar central. Este reequilibrio se ha traducido asimismo en una mayor legitimación política de Teherán en marcos alternativos: Irán se incorporó a la OCS en 2023 y al grupo BRICS al año siguiente, reforzando su inserción en plataformas lideradas por potencias no occidentales.
En paralelo, Rusia –socio estratégico de China y actor clave tanto en la OCS como en los BRICS– se ha consolidado como un socio de seguridad cada vez más relevante para Irán. Moscú habría suministrado a Teherán sistemas de defensa aérea, helicópteros de ataque y aviones de combate, mientras que Irán ha aportado armamento y munición, incluidos drones, proyectiles de artillería y misiles anticarro, para el esfuerzo bélico ruso en Ucrania. Además, los tres países participan regularmente en ejercicios navales trilaterales y en mecanismos más amplios de coordinación de seguridad.
En ese contexto, “Sahand-2025” refuerza la posición de Irán al demostrar que puede desempeñar un papel útil dentro de las estructuras de seguridad de la OCS, abriendo espacio para una cooperación más estrecha con China y Rusia. Más allá de la imagen, se trata de una señal funcional: Irán puede contribuir a esquemas regionales en los que Occidente no tiene capacidad de condicionar el marco.
La entrada de Irán en la OCS y en los BRICS añade una dimensión institucional a sus alianzas con Pekín y Moscú. Teherán obtiene legitimidad política, ampliación de redes diplomáticas y acceso a mecanismos de intercambio, incluida la arquitectura antiterrorista de la organización –como la Estructura Regional Antiterrorista (RATS, por sus siglas en inglés), con su base de datos– además de cooperación en ciberamenazas, seguridad fronteriza y prácticas de contraterrorismo. Todo ello eleva el perfil iraní en foros en los que se combinan agendas de seguridad y debates económicos de alto nivel.
Para Europa, las implicaciones más sensibles siguen siendo las vinculadas al expediente nuclear. La integración iraní en marcos alternativos proporciona respaldo diplomático y colchones económicos que reducen la eficacia de la presión occidental. Aunque Pekín prefiere que Irán no escale hacia una vía de militarización nuclear, sus prioridades estratégicas hacen improbable que aplique el tipo de presión sostenida que los europeos desearían. El resultado es un entorno en el que Teherán se percibe menos aislado –y, por tanto, potencialmente menos inclinado a autocontener su programa nuclear.
Artículo traducido del inglés, publicado originalmente en MERICS y The Diplomat el 18 de diciembre de 2025.



