La Guerra del Golfo, 25 años después

Jorge Tamames
 |  2 de agosto de 2015

La Guerra del Golfo es una de las pocas que ha envejecido bien. A lo mejor suena frívolo decirlo de esta forma. No se trata de ensalzar un conflicto que, como tantos otros, estuvo repleto de miserias. Como el apoyo verbal, pero nunca militar, de Washington a los kurdos iraquíes: una irresponsabilidad que desembocaría en una oleada de represión en el norte de Irak. O el uso de munición con uranio empobrecido por parte del ejército americano, documentado por Robert Fisk en su imprescindible La gran guerra por la civilización. Pero comparada con la ocupación de Afganistán, la invasión de Irak o la intervención Saudí en Yemen, la Guerra del Golfo pasará a la historia como un éxito de primer orden.

También era de primer orden el villano del conflicto, Saddam Hussein. Esto siempre es conveniente. Hussein invade Kuwait en agosto 1990; se retira medio años después, tocado pero no hundido, aplicando a su paso una política de tierra –y petróleo– quemada.

Escarbando en las raíces del conflicto, nos encontramos con una guerra más ambigua. Kuwait había pasado la década anterior engordando al monstruo: armando a Irak hasta los dientes para que luchase contra el Irán de los ayatolás. Estados Unidos también consideró, hasta 1990, que Hussein era “uno de los nuestros”. Y para el dictador, la ocupación no era más que un ajuste de cuentas con Reino Unido, por desgajar el protectorado de Kuwait del resto de Irak. Y es que en la raíz de demasiados conflictos de Oriente Próximo encontramos alguna estupidez cometida por la pérfida Albión.

Las divisiones iraquíes constituían un blanco perfecto para el ejército estadounidense. Como señala Andrew Bacevich en The New American Militarism, la liberación de Kuwait constituyó un punto de inflexión psicológico para el ejército estadounidense, hasta entonces desmoralizado por los fiascos de Vietnam y Desert One. También impresionó al resto del mundo: China, que por entonces contaba con un ejército menos preparado que el de Irak, se embarcó en un ambicioso proceso de modernización militar tras contemplar el avance arrollador de EE UU .

La ejecución política también fue impecable. Al frente de una coalición de aliados europeos y árabes, Washington apenas desembolsó un dólar de los 100.000 millones que costó la guerra. La aquiescencia de la Unión Soviética, que no ejerció su veto en el Consejo de Seguridad, permitió a EE UU librar una guerra con el respaldo de la ONU. Y también del Congreso estadounidense: a diferencia de sus sucesores, George H. W. Bush tuvo el detalle de consultar al legislativo y permitir que autorizase la intervención. En las sucesivas intervenciones americanas en la región, Washington ha ignorado sistemáticamente los factores que le otorgaron la victoria en 1990. El primero fue la doctrina Powell: la operación Desert Storm se caracterizó por el empleo de fuerza abrumadora –un despliegue 500.000 efectivos, frente a los 150.000 que se emplearían en la guerra de 2003–, la existencia de un imperativo estratégico –la protección de Arabia Saudí y la contención de una potencia que aspiraba a dominar Oriente Próximo– y objetivos militares bien definidos, incluyendo una fecha de retirada nítida. En Afganistán, Irak y Libia, por el contrario, primó la improvisación y la confusión estratégica.

El segundo factor fue la moderación en los objetivos estadounidenses. El primer Bush se conformó con un retorno al status quo ante, en vez de invadir Irak. Su hijo, por el contrario, se embarcó en un plan mesiánico para transformar Oriente Próximo. Como observa Richard Hass en su excelente comparación entre ambos conflictos, el primero fue una guerra de necesidad, en tanto que el segundo fue una aventura caprichosa y (aunque esto no lo diga Hass) criminal. También Bill Clinton pecó de un exceso de ambición: la contención simultánea de Irak e Irán fue un sinsentido estratégico, y las sanciones que se impusieron sobre el régimen de Hussein masacraron al conjunto de la población iraquí. Dennis Halliday dimitió tras 34 años en la ONU por considerar que el régimen de sanciones que se le exigía implementar era poco menos que un genocidio.

Visto en retrospectiva, el detalle más sorprendente es que muchos de los artífices de la Guerra del Golfo fueron, trece años después, los responsables de la invasión de Irak. Colin Powell, que en 1990 presidía el Estado Mayor Conjunto, dinamitó su carrera como secretario de Estado de Bush II. Dick Cheney, secretario de Defensa en 1990, se convertiría en un vicepresidente tan aterrador como incompetente. Condolezza Rice, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz también destacaron por su competencia durante la primera guerra de Irak. Con la segunda se condenaron a la infamia.

1 comentario en “La Guerra del Golfo, 25 años después

  1. La Primera Guerra del Golfo fue una barbarie y un gran error. Los EE UU y Europa, el mundo occidental, no debería haber intervenido, Deberían haber dejado que el problema lo solucionasen, de una manera u otra, los países arabes entre si. De esa intervención vienen muchos de los problemas que tenemos actualmente.

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