Merkel, en el centro, flanqueada por Macron a la izquierda y Putin a la derecha, durante las conmemoraciones por el centenario del armisticio de la Primera Guerra Mundial, en París (Francia), el 11 de noviembre de 2018. GETTY

La huella de Merkel en política exterior

JUDY DEMPSEY
 |  6 de diciembre de 2018

Da la impresión de que Alemania está a punto de nombrar un nuevo canciller en los próximos días, aunque las próximas elecciones federales no serán hasta 2021. Esto se debe a la decisión de Angela Merkel de retirarse como líder de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), lo que ha llevado a muchos a examinar ya su legado.

Con independencia de quién suceda a Merkel en el congreso anual del partido que se celebra entre el 6 y el 8 de diciembre, el sucesor o sucesora descubrirá que las líneas que dividen la política nacional y la exterior ya no están claras. Basta con mencionar algunos asuntos: la crisis de refugiados, la futura construcción de la zona euro y la Unión Europea, la política de seguridad y defensa o la relación de Alemania con sus vecinos del Este, en particular con Rusia y Ucrania. Por no mencionar la relación transatlántica, el cambio climático o cómo la digitalización va a transformar la manera en que funcionan la economía, la política y las sociedades. En resumen, la política exterior incide cada vez más en la agenda interna, y viceversa. Recuérdese la decisión de Merkel de abrir las fronteras alemanas a un millón de refugiados que huían de la guerra en Siria e Irak y su impacto en el resto de la UE.

Cuando llegó a la cancillería en noviembre de 2005, Merkel hizo algo que anteriores líderes alemanes postergaban hasta estar asentados en su cargo: se sumergió en la política exterior. Su antecesor socialdemócrata, Gerhard Schröder, había dejado la reputación del país en muy mal estado. Estaba más interesado en cultivar lazos estrechos con el Kremlin que en mejorar las relaciones con sus vecinos del Este o incluso pensar en la dirección futura de la UE. Debido a la oposición de Schröder a la invasión de Irak por parte de Estados Unidos en 2003, el desafío a Washington produjo divisiones profundas en la OTAN y la UE que tardaron años en repararse. Merkel se movió rápido para mejorar las relaciones con EEUU, Polonia y la UE en general.

Aparte de estos esfuerzos por deshacer las decisiones de política exterior de Schröder (salvo el gasoducto Nord Stream 2), hay un aspecto que define la huella de la política exterior de Merkel. No se trata de su perspectiva estratégica –casi inexistente–. Tampoco de su apoyo para fortalecer la deficiente política de seguridad y defensa europea o para intentar que la OTAN sea más efectiva. Se trata de su compromiso con los valores y la libertad. La política de refugiados de 2015 fue un buen ejemplo. Este compromiso incidió en la política exterior de Merkel. Así, la canciller no tuvo reparos en mostrarle al entonces presidente de EEUU George W. Bush su oposición a la prisión de Guantánamo y a las prácticas de tortura aplicadas durante la “guerra contra el terror”.

En cuanto a Rusia, después de haber tratado de forjar una relación diferente con el presidente Vladímir Putin –muy alejada de la de Schröder– basada en una política pragmática y de apoyo a la sociedad civil, Merkel cambió la postura de Berlín hacia Rusia. La Ostpolitik alemana, venerada durante décadas y seguida por los socialdemócratas, se descartó tras la anexión de Crimea por parte de Rusia y su invasión del este de Ucrania a principios de 2014. Posteriormente, Merkel logró que todos los líderes de la UE aceptaran imponer sanciones a Rusia que siguen vigentes hoy día. La canciller creía que Putin tenía que pagar un precio por sus aventuras militares y por su vulneración del Derecho Internacional. Estas decisiones habrían sido inconcebibles en Alemania con un gobierno liderado por el Partido Socialdemócrata (SPD), que durante años vio a los vecinos del este de Alemania a través del prisma de Moscú.

No obstante, la tentación –más bien el deseo– de mantener la Ostpolitik es profunda en algunos sectores socialdemócratas. El exministro de Asuntos Exteriores Sigmar Gabriel, cercano a Putin, llegó incluso a culpar a Ucrania por intentar arrastrar a Alemania a la guerra.

Es cierto que el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, está tratando de ganar el mayor apoyo posible internamente después de que Rusia bloqueara el acceso al mar de Azov. Como reacción, Poroshenko ha impuesto la ley marcial en algunas zonas del país y ha prohibido la entrada a los hombres rusos con la esperanza de mejorar su posición en las encuestas ante las elecciones presidenciales previstas para marzo de 2019. Pero como Merkel dejó claro tras la detención de tres barcos ucranianos y sus tripulaciones por parte de Moscú, el único responsable de esta escalada es Rusia. No obstante, tarde o temprano, la canciller o su sucesor tendrá que decidir qué tipo de relación quiere Berlín con Rusia a corto o largo plazo.

Asimismo, Alemania tendrá que explicar cuál es su visión sobre el futuro de la UE, lo que incluye asuntos complejos como la ampliación, la estabilidad de la zona euro y el gran problema irresuelto de la inmigración. La UE no está en buena forma. Con el Brexit, las protestas en Francia contra las reformas del presidente Emmanuel Macron y el gobierno italiano cuestionando las reglas sobre el déficit, el sucesor o sucesora de Merkel no podrá permitirse el lujo de creer que la gestión de los asuntos nacionales no afectará al resto de la UE. Separar la política nacional de la política exterior no es una opción, ni para Berlín ni para otros Estados miembros de la UE.

Este artículo fue publicado originalmente (en inglés) en Strategic Europe, de Carnegie Europe.

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