Un trabajador municipal de Estambul desinfecta la mezquita Kilic Ali Pasa para evitar la propagación del COVID-19, el 11 de marzo de 2020. GETTY

Lucha de poder: Turquía frente al coronavirus

Más allá de los relativos buenos números de la pandemia en Turquía, la gestión de esta emergencia sanitaria ha estado rodeada de polémicas y de luchas políticas entre los distintos actores involucrados en su gestión.
XAVIER PALACIOS
 |  26 de mayo de 2020

Los efectos de la pandemia de coronavirus en Turquía no han sido tan devastadores como los sufridos en España, Italia, Reino Unido o su vecino Irán. Aunque algunas decisiones del gobierno de Recep Tayyip Erdoğan han levantado sospechas –como la liberación de presos para minimizar el impacto de la pandemia en las sobrepobladas cárceles turcas–, los niveles de infecciones y muertes por el Covid-19 no han alcanzado las proporciones catastróficas de otras partes del globo. De momento, los muertos por Covid-19 en Turquía suman 4.340 y el total de infectados ronda los 157.000. A pesar de estas cifras, la gestión de la crisis ha provocado conflictos y tensiones políticas entre la oposición y el gobierno, así como entre competidores políticos dentro del círculo de poder de Erdoğan.

En febrero, justo antes de la llegada del coronavirus al país, Turquía y Erdoğan se enfrentaban a una de sus mayores crisis políticas recientes: la muerte de más de 30 soldados turcos (algunas fuentes suben la cifra a más de 50) en la provincia siria de Idlib, a consecuencia de la ofensiva del gobierno sirio, con apoyo de bombarderos rusos. El fiasco militar aceleró la llegada de miles de refugiados sirios a las puertas de Europa, después de que las autoridades turcas levantasen los estrictos controles que vienen aplicando en sus fronteras marítimas y terrestres con Grecia desde marzo de 2016.

Hoy la pandemia ha frenado el flujo de refugiados de Turquía hacia las fronteras de la Unión Europea, dejando la guerra Siria en un segundo plano. Sin embargo, ha precipitado los enfrentamientos entre ayuntamientos opositores y el gobierno central acerca de las ayudas a las familias más desfavorecidas. Y la tensión existente entre distintos grupos de poder dentro del palacio presidencial de Ankara se han disparado.

 

Cronología de la pandemia

La primera infección de Covid-19 detectada Turquía se dio el 11 de marzo y la primera víctima oficial fue anunciada cuatro días más tarde. A pesar de producirse un rápido crecimiento en el número de infecciones y muertes, las medidas tomadas por el gobierno parecen haber sido efectivas para reducir la curva de contagios.

Una de estas medidas, anunciada por el gobierno a principios de abril, fue la declaración de un toque de queda para los fines de semana, pero manteniendo la actividad laboral durante los días de diario. Aunque inicialmente la logística de estos toques de queda resultó en mayores aglomeraciones de gente para hacer la compra básica –imágenes que provocaron una falsa dimisión por parte del ministro de Interior, sobre la que hablaremos más adelante–, los resultados parecen haber justificado estas medidas.

Turquía también ha destacado por tener una proporción baja de muertes por Covid-19: cinco víctimas por cada 100.000 habitantes (España sufre una ratio de alrededor de 59 muertos; Italia, unos 53; Irán, 8,4). Como apunta el periodista Andrés Mourenza, hay varias razones que pueden explicar estos números. Por ejemplo, la población turca es diez años más joven que la media de la población italiana o española. Además, Turquía también ha incrementado durante estos últimos 20 años el número de camas de las unidades de cuidados intensivos.

De esta manera, el presidente Erdoğan pudo anunciar el 4 de mayo un plan de desescalada que va a permitir levantar las restricciones de movimiento entre provincias, de las menos pobladas a las más pobladas, y la reapertura progresiva de negocios e industrias.

 

Covid-19 y otras luchas políticas

Más allá de los relativos buenos números del coronavirus en Turquía, la gestión de esta emergencia sanitaria ha estado rodeada de polémicas y de luchas políticas entre los distintos actores involucrados en su gestión.

Uno de los aspectos más llamativos de la misma fue el uso político de la ayuda exterior facilitada por Turquía a otros países. Aunque parte del envío de ayuda con material sanitario a otros países como España se hizo a través de la bandera y mecanismos que ofrece la Alianza Atlántica (NATO Rapid Air Mobility System), el gobierno turco ha podido elaborar una narrativa según la cual Turquía es capaz de gestionar la crisis del coronavirus en casa mientras manda ayuda a países de Occidente.

Siguiendo esta lógica, en abril Turquía mandó un avión hospital a Suecia, después de que una joven de origen turco pidiese ayuda en redes sociales pues, aparentemente, un hospital sueco había rechazado tratar a su padre a pesar de haber mostrado síntomas del virus. Esta operación demostró de nuevo la capacidad logística del gobierno turco, capaz de ofrecer ayuda a sus compatriotas en países ricos como Suecia.

Otra de las medidas polémicas del gobierno fue la liberación de 90.000 presos para descongestionar las sobrepobladas cárceles turcas, en gran parte debido a las purgas políticas llevadas a cabo durante los últimos siete años. La polémica que conllevó esta decisión fue que la amnistía decretada por el gobierno excluía a los encausados por acusaciones de terrorismo, un término que el gobierno ha adaptado a sus propias necesidades políticas. De esta manera, han quedado fuera de la amnistía políticos como el líder kurdo Selahattin Demirtaş, en un estado de salud frágil, o periodistas e intelectuales críticos con el gobierno, muchos de ellos con enfermedades graves. La decisión fue denunciada por varias organizaciones internacionales, entre ellas Human Rights Watch.

El Covid-19 y su gestión también han servido para enfrentar, una vez más, al poder central con los ayuntamientos gobernados por la oposición. A principios de abril, los ayuntamientos de las ciudades más pobladas de Turquía –Izmir, Estambul y Ankara, ahora controlados por la oposición– iniciaron una campaña para recoger donaciones de sus ciudadanos y ofrecerlas a las familias más necesitadas. Erdoğan reaccionó bloqueando las cuentas bancarias asociadas a dichas donaciones y creando su propia campaña nacional de donaciones, arrebatando de nuevo el protagonismo político a sus principales rivales.

 

Soylu contra los ‘Pelícanos’

La gestión del Covid-19 en Turquía también ha repercutido en la incesante lucha de poder entre las distintas facciones políticas que apoyan a Erdoğan. De manera inesperada, el 12 de abril el ministro de Interior, Süleyman Soylu, presentó su dimisión después de que el toque de queda decretado para los fines de semana resultase contraproducente. Al cabo de unas horas, desde el palacio presidencial de Ankara se emitía una nota rechazando la dimisión. Es la primera vez que Erdoğan no acepta la dimisión de uno de sus ministros.

Mientras duró, la dimisión fue celebrada por algunos medios progubernamentales controlados por el grupo de poder conocido como los Pelícanos, acusando a Soylu de haber hecho una mala gestión, al tiempo que le agradecían sus servicios. Soylu es considerado uno de los mayores rivales políticos del delfín llamado a suceder a Erdoğan, su yerno Berat Albayrak, líder de los Pelícanos.

La dimisión en falso de Soylu amenaza ahora el futuro político de Albayrak. Y es que, dadas las actuales alianzas políticas en Turquía, donde la extrema derecha juega un papel fundamental, Soylu se ha convertido en el garante de la estabilidad política del gobierno de Erdoğan. Así, su intento de dimisión por la mala gestión del Covid-19 podría ser parte de una estrategia política.

Después del amago, las luchas palaciegas en Ankara quedan reducidas a un tira y afloja entre dos bandos enfrentados: los Pelícanos de Albayrak contra los grupos políticos de ultraderecha representados por Soylu. En medio queda el futuro de Turquía y el de Erdoğan, todavía la persona más poderosa del país.

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