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La gente hace cola a las puertas de MedMen, una de las tiendas de Los Ángeles autorizadas para vender marihuana para uso recreativo, el 2 de enero de 2018. GETTY

Marihuana: la fiebre del oro verde

El consumo masivo y el negocio asociado al cultivo del cannabis está llevando a países de todo el mundo a replantearse su legalización. En EEUU, aunque la ley federal equipara su peligrosidad con la de la heroína y el LSD, su consumo es legal para uso médico en 35 Estados y para lúdico en 15.
Luis Esteban G. Manrique
 |  24 de noviembre de 2020

Un episodio de Smoke: Marijuana + Black America, un documental que acaba de estrenar BET News, cuenta la historia, entre otras parecidas, de Corvain Cooper, dueño de una tienda de ropa en Los Ángeles que en 2013 fue detenido y procesado con otras 50 personas por su relación con la captura de un alijo de marihuana de un millar de kilos. Aunque su implicación era mínima, debido a sus antecedentes penales fue condenado a cadena perpetua, que cumple en una prisión federal de Luisiana, Estados Unidos.

En Alabama, Lee Carroll, un octogenario veterano del ejército discapacitado, cumple también prisión a perpetuidad y sin acceso a la libertad condicional porque en 2011 la policía encontró en su jardín una decena de plantas de marihuana. Al haber cumplido condena por robo 20 años antes, todo se le complicó.

La antigua tienda de Cooper es hoy un dispensario legal de cannabis, una de las industrias más pujantes de California, que produce siete veces más marihuana de la que consume y que es hoy el mayor mercado mundial de productos canábicos. En el conjunto del país, según diversas estimaciones, el negocio moverá unos 30.000 millones de dólares anuales hacia 2025, en una revolución social, médica y empresarial con pocos precedentes.

El 3 de noviembre, republicanos y demócratas discreparon en las urnas de muchas cosas pero se pusieron de acuerdo en una: Montana, Arizona, New Jersey y Dakota del Sur aprobaron por amplios márgenes diversas formas de legalizar el cannabis. En Dakota del Sur, donde Donald Trump ganó con el 60% de los votos, votaron a favor de la legalización el 70%. New Jersey ha enmendado incluso su constitución para legalizar el uso “recreativo”.

Según una encuesta de Gallup de 2017 en EEUU, a escala nacional el 64% apoya diversas formas de legalización. Entre los menores de 30 años son el 70%. Aunque la ley federal equipara su peligrosidad con la de la heroína y el LSD, hoy su consumo es legal para uso médico en 35 Estados y para lúdico en 15.

En The New York Times, Nicholas Kristof anticipa que a este ritmo la “guerra contra las drogas” que declaró Nixon hace medio siglo se extinguirá lentamente a medida que pase a ser un problema de salud pública en lugar de uno delictivo y policial, hasta desaparecer en 2030 por “ineficaz, contraproducente, cara e inmoral”. En 2016, 587.700 personas fueron detenidas en EEUU por posesión de cannabis, más que por todos los delitos violentos juntos, lo que explica que haya tantas personas con antecedentes delictivos como titulados universitarios.

 

El fin del estigma

En 1973, Oregón fue el primer Estado que despenalizó el consumo cannabis. Cinco lustros después, lo legalizó para usos terapéuticos y en 1998 para recreativos. Desde 2004, se pueden tener pequeñas cantidades de hongos alucinógenos, heroína, LSD, cocaína y metanfetaminas. En 1923, fue el primer Estado que prohibió la marihuana, algo que el gobierno federal hizo en 1937.

Las razones del deshielo son diversas. La principal es el número masivo de consumidores. Unos 22 millones de personas la consumen cada mes en EEUU y casi 55 millones de adultos la han consumido una o dos veces en el último año. Entre los consumidores, según sus propias palabras, están Elon Musk, Michael Bloomberg y George Soros. En Dreams From My Father (1995), Obama incluso parece exagerar su afición en sus años de adolescencia hawaiana. Si hubiese sido detenido entonces, probablemente su carrera política habría terminado antes de comenzar.

 

Statistic: Share of consumers in the United States who currently smoke marijuana as of July 2019, by age group | Statista
Fuente: Statista

 

Aunque los precios varían mucho de costa a costa, hoy una libra (453 gramos) de marihuana seca vale unos 1.000 dólares, frente a los 3.000 de hace cinco años. El consumo masivo ha convencido a muchos de que es casi inofensiva al lado del alcohol, que causa unas 95.000 muertes anuales o el tabaco, que se cobra 480.000 vidas al año. En Seattle se compra una onza (15 gramos) por solo 15 dólares.

David Nutt, profesor de neuropsicofarmacología del Imperial College de Londres, cree que EEUU habría evitado la actual epidemia de opioides sintéticos si se hubiesen recetado como analgésicos productos canábicos, menos adictivos. Entre 2000 y 2015 murieron casi medio millón de personas por sobredosis de opiáceos en EEUU. La National Academy of Sciences estima en el 9% la tasa potencial de adicción al cannabis, frente al 15% del alcohol, 17% de la cocaína, 23% de la heroína y 32% del tabaco.

 

El fin del prohibicionismo

Los gobiernos justifican el prohibicionismo por razones de moralidad y salud pública. Ted Galen Carpenter, analista del Cato Institute, sostiene que ese enfoque intenta revocar las leyes de la oferta y la demanda, por lo que está condenado al fracaso. De hecho, la actual abundante oferta y estabilidad de los precios revelan rasgos distintivos de negocios de gran volumen.

Desde el fin de la Ley Seca (1920-33) no había pasado de ilícito a legal un mercado subterráneo tan grande. Como entonces, el emergente consenso es que las personas tienen derecho a decidir sobre su propia salud pese a los riesgos de sus conductas. También el alcohol, el sexo y conducir son prácticas de riesgo.

Al final, la Ley Seca fue un remedio peor para el alcoholismo que la enfermedad misma. En Last Call: The Rise and Fall of Prohibition (2010), Daniel Okrent describe cómo, al hacer clandestino el consumo, el negocio (bootlegging, contrabando de alcohol) quedó en manos de mafias que corrompieron a policías, fiscales y jueces.

En 1932, el 75% de la población quería el fin de la veda. Fueron los Estados los que comenzaron a derogarla unilateralmente hasta que el gobierno federal acabó con el prohibicionismo con una enmienda constitucional.

 

Una guerra perdida

Desde los años sesenta, EEUU ha gastado casi un billón de dólares en la guerra contra las drogas lanzada por Nixon con escasos resultados. Hoy el país tiene tres veces más reclusos per cápita que en 1980 y casi 10 veces más en proporción a otros países desarrollados. Los acusados por narcotráfico son el 25%. En 2010, fueron detenidas 1,5 millones de personas por posesión de marihuana. Desde que en 2008 Massachusetts despenalizó el consumo, esos arrestos han caído un 93%.

Reino Unido solo incauta entre el 10% y el 20% de las drogas ilícitas que entran en su mercado. Para afectar al negocio, esa cifra tendría que rondar el 60%. En realidad solo una droga ilegal –la metacualona– se pudo erradicar porque fabricarla requiere sofisticados laboratorios industriales que la policía detecta con facilidad.

Las sobredosis se cobran cada año, además, tantas vidas como las que se perdieron en las guerras de Vietnam, Irak y Afganistán juntas. La proscripción universal comenzó el 30 de marzo de 1961, cuando varias decenas de países suscribieron la convención antinarcóticos de las Naciones Unidas. Ahora, en cambio, su Global Comission on Drug Policy (CGDP) defiende despenalizar incluso el consumo de heroína.

 

Los negocios son los negocios

El negocio es otro factor gravitante. Según AgFunder, la financiación para start-ups canábicas se triplica cada año. Cannabiz Consumer Group estima, por su parte, que un 27% de los bebedores de cerveza –una industria que mueve 100.000 millones de dólares al año– ya se han pasado a la marihuana o dicen que lo harán cuando sea legal en sus Estados.

ArcView Market Research anticipa un mercado –de jabones, aceites, miel, caramelos, infusiones…– de 50.000 millones de dólares en 2026. El Nasdaq lista varias biotecnológicas que desarrollan fármacos canabinoides. Arena Pharmaceutical los vende para curar dolores crónicos. Sativex de GW Pharma ha sido aprobado por 29 países para tratar esclerosis múltiple y epilepsia.

Weedmaps, una aplicación que señala la localización de unos 5.000 negocios y dispensarios en EEUU, tiene cuatro millones de visitas mensuales. PotBot desarrolla tecnologías genéticas para mejorar cosechas y software para medir la potencia de las cepas. Su propietario, Justin Hartfield, quiere convertir marijuana.com en el Amazon del sector.

 

La nueva era Acuario

En el condado de Monterey (California), invernaderos que antes cultivaban rosas o tulipanes ahora producen cepas con nombres como Grape Ape o Buddha’s sister. El condado de Santa Bárbara grava con una tasa de apenas el 4% los ingresos del sector para atraer inversiones y agricultores.

En Seattle ya hay más comercios canábicos que McDonald’s. En 2012, Colorado legalizó el uso lúdico. Hoy Denver, la capital nacional de la industria con cinco veces más pot-stores que Starbucks, es un santuario New Age donde los peregrinos pueden recibir clases de reiki, hipnoterapia y yoga.

La Universidad de Denver, por su parte, se ha especializado en formar abogados –tributaristas, laboralistas, penalistas…– para defender a la industria, que está gravada con un IVA del 19,5% al cannabis recreativo y del 2,9% al medicinal. En todo ese tiempo, no ha aumentado casi la tasa de consumidores –que pasó del 16,1% al 18,9% tras la legalización–, ni la de accidentes de tráfico o de delincuencia.

La ONG Tax Foundation calcula que si el cannabis fuera legalizado y gravado con una tasa del 20% en los 50 estados, la recaudación tributaria federal alcanzaría los 7.000 millones de dólares anuales.

En California, una hectárea de marihuana, que da tres cosechas al año, produce beneficios cinco veces mayores que una sembrada con uvas para la industria vinícola. Otra razón es medioambiental. Los cultivos ilegales en bosques como los del Norte de California consumen grandes cantidades de agua de ríos y lagos, que luego se contaminan con fertilizantes y pesticidas.

 

Marihuana: países donde es legal el consumo para uso médico

Fuente: The Economist

 

Una tendencia universal

En 2001, Portugal despenalizó el consumo incluso de heroína y cocaína, un modelo elogiado por la Organización Mundial de la Salud, la American Public Health Association y la GCDP porque desde entonces las muertes por sobredosis han caído un 85%.

Canadá en 2018, Uruguay en 2017 y antes Holanda esgrimieron razones similares para dar ese paso: acabar con el mercado negro, permitir un consumo seguro y regulado y crear empleo. Holanda, donde la tasa de consumo de cannabis y cocaína es más baja que en EEUU, ha tenido que cerrar cárceles por falta de reclusos.

Portugal está en camino de convertirse en el mayor proveedor del mercado europeo, que cuenta con 12,5 millones de consumidores habituales y 87 esporádicos, un mercado con un valor estimado de entre 15.000 y 35.000 millones de euros anuales en condiciones legales, según un informe de la Rand Corporation. Desde 2014, Terra Verde opera una plantación de cannabis en Évora que produce la materia prima que utiliza GW Pharma para sus medicamentos contra enfermedades oncológicas, esclerosis múltiple y epilepsia.

Al fin y al cabo, fueron los portugueses los que en el siglo XVI introdujeron en Europa el cáñamo índico, de la misma familia del cannabis sativa, pero sin agentes psicoactivos. Vasco da Gama y Pedro Alvares de Cabral llegaron a la India y a Brasil con sogas y velas de cáñamo.

 

El modelo canadiense

En 2011, científicos canadienses publicaron la primera secuencia del genoma del cannabis. En British Columbia, los cultivos –que emplean a unas 100.000 personas, frente a los 55.000 que trabajan en la madera, la minería, el petróleo y el gas– usan técnicas hidropónicas y de clonación en viveros especiales que mantienen la temperatura en niveles óptimos a lo largo de todo el año.

Con un 16% de fumadores habituales, el mercado mueve unos 18.000 millones anuales, más que el tabaco y casi tanto como la cerveza, según un informe de Deloitte. En 2015, la legalización fue una de las principales promesas de campaña del primer ministro, Justin Trudeau. La ley de 2018 deja las regulaciones sobre venta y distribución a las 10 provincias y tres territorios del país. El gobierno de Ottawa concede las licencias y supervisa el sector.

En todo el país está prohibida la publicidad y los envases carecen de logos y tienen advertencias sanitarias. Según Adam Greenblatt, CEO de Canopy Growth –una compañía canábica de Ontario que vale en bolsa 10.000 millones de dólares y cotiza en el Nasdaq–, el fin del prohibicionismo es una oportunidad económica pero también una muestra de progreso social.

 

Una cuestión existencial

América Latina, donde el narcotráfico es una amenaza existencial, está tratando de recuperar el tiempo perdido en ese campo. En México, los legisladores ya solo discuten si la “mota” –tan famosa que se la menciona en La cucaracha, el célebre corrido de la revolución de 1910–, con la nueva ley que previsiblemente el Congreso aprobará en diciembre, debe beneficiar a los grandes productores o los pequeños cultivos.

En 2015, Jamaica, donde el cannabis es casi un símbolo nacional, legalizó el consumo para usos “religiosos, médicos y científicos”. En Uruguay desde 2017 adultos registrados pueden comprar hasta 40 gramos al mes en farmacias autorizadas a un precio medio de unos 13 dólares por 10 gramos. Argentina ya permite cultivar en casa plantas para uso médico y a las farmacias vender cremas, aceites y otros derivados de canabinoides.

México no tiene otra salida: los narcos han creado un sistema abierto a todo tipo de inversores, banqueros, terratenientes, magistrados, militares, policías y políticos para asegurarse protección e impunidad. Las drogas ilegales significan el máximo provecho, la máxima velocidad de circulación de capitales, el mayor rendimiento y el anonimato. La represión policial es solo un contratiempo pasajero para los narcos, que se convierten en leyendas que pasan a formar parte del folklore de la narcocultura. San Jesús Malverde, un bandido ahorcado en 1909, se ha convertido en su santo patrón. La Santa Muerte, que mezcla elementos católicos con el culto a la diosa azteca Mictlantecuhtli, simbolizada por un esqueleto, tiene ermitas y santuarios que congregan a millones de fieles.

Según el Instituto Mexicano para la Competitividad, la legalización en EEUU ya está rindiendo frutos en ese terreno. Según la Rand Corporation, los cárteles mexicanos perderán casi 3.000 millones de dólares al año, un golpe más duro para sus finanzas que los que han recibido de las fuerzas de seguridad.

La marihuana representa entre el 15% y el 26% de sus ingresos, unos 20.0000 millones de dólares anuales, según la Procuraduría General de México. La producción bordea las 15 millones de toneladas anuales. La mayor parte se exporta a EEUU. Un cargamento de marihuana de primera calidad de unos 450 kilos cabe perfectamente en un falso compartimiento de cualquiera de los 4,5 millones de camiones que cruzan cada año la frontera entre ambos países.

El alto contenido de THC, su principio químico activo, revela que la marihuana se cultiva en invernaderos altamente tecnificados. Pero hace unos años se pagaban unos 90 dólares por kilo de marihuana en Sonora o Chihuahua. Hoy menos de 40. En 2011, la Border Patrol incautó 2,5 millones de libras de marihuana mexicana. En 2017, solo 1,5 millones.

 

La fragancia de los dioses

Según escribe John Hudak en Marijuana: A Short History (2020), en Babilonia se han desenterrado altares de piedra de hace 5.000 años que se usaron para quemar incienso con polen de cannabis. En India su uso era habitual en el culto de Shiva. En el siglo V a. C., Herodoto observó que en el Cáucaso los escitas echaban cáñamo en piedras calentadas para crear humo, que al inhalarlo los “ponía como borrachos, haciéndolos saltar, bailar y cantar”.

El incienso estaba hecho de plantas aromáticas, como el olíbano y el bálsamo, que una vez pulverizadas se mezclaban con especias, corteza de árboles, flores y el cannabis sativa traído de India. En Plants of The Gods (1979), Richard Schultes y Albert Hoffman sostienen que es probable que los asirios usaran cáñamo como un ingrediente –qunubu’- del incienso ya en el siglo VII a. C.

Según la Enciclopedia Británica, las propiedades psicoactivas del incienso ponía a los antiguos adoradores en contacto con las fuerzas sobrenaturales. El libro de Proverbios dice que el perfume del incienso “alegra el corazón”.

 

El modelo israelí

En Israel, con un 30% de fumadores habituales, el 90% está a favor de la legalización. El país tiene 50 compañías que operan en el sector. Es lógico. Fue un químico de la Universidad de Jerusalén, Raphael Mechoulam, quien descubrió el THC en 1964. Desde entonces, investigadores israelíes han registrado más de 20.000 patentes relacionados con usos terapéuticos del cannabis.

Las compañías israelíes venden aceite de oliva canábico, ungüentos, bombillas eléctricas que aceleran el crecimiento de las plantas en los invernaderos y sistemas de irrigación hidropónica. La israelí Syqe ha fabricado un inhalador manual que dispensa dosis precisas, a escala de miligramos, de canabinoides para producir efectos euforizantes, relajantes o solo levemente estimulantes.

En 2016, Philip Morris invirtió 20 millones de dólares en Syqe, que asegura haber identificado el umbral terapéutico entre la psicoactividad y el efecto analgésico, lo que le permitirá producir fármacos capaces de sustituir a la morfina y los opiáceos.

El Hadassah Medical Center de Ein Kerem, donde hoy sigue trabajando con 88 años, Mechoulam investiga aplicaciones del cannabis a terapias contra dolores crónicos, autismo, ansiedad, alcoholismo, Alzheimer, depresión, nauseas, insomnio, síndromes postraumáticos y espasmos musculares.

La razón de su eficacia, explica el investigador israelí, se debe a que el cerebro humano tiene receptores para canabinoides, que el organismo produce de forma natural: los endocanabinoides, de composición molecular parecida a la de neurotransmisores como la endorfina y la dopamina, que influyen sobre funciones fisiológicas como el sueño, el dolor, las inflamaciones y el apetito. Mechoulam puso a uno de los que sintetizó en su laboratorio Anandamida, que en sánscrito significa “gozo supremo”.

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