El presidente del Morena, Andrés Manuel López Obrador, muestra el documento de su registro como candidato a las elecciones presidenciales de México el 12 de diciembre de 2017/RONALDO SCHEMIDT/GETTY

Morena y Podemos: de movimientos a partidos

En la búsqueda de soluciones a las nuevas realidades sociales, en las últimas dos décadas se han afianzado mecanismos no convencionales de participación política que traen nuevas fuerzas y líderes políticos. Morena y Podemos son dos ejemplos.
Aldo Adrián Martínez-Hernández
 |  11 de marzo de 2020

Las nuevas realidades sociales y políticas de las democracias contemporáneas han dejado ver las limitaciones y sobrecargas de los sistemas políticos para responder a las demandas ciudadanas. En la búsqueda de soluciones, se han afianzado mecanismos no convencionales de participación política que, durante las últimas dos décadas, ha proporcionado a nuevas fuerzas y líderes políticos, que vienen de movimientos de origen social, vías de acceso a la representación política. En este contexto, las democracias liberales en América Latina y Europa se han visto obligadas a incluir a estas nuevas figuras, a la postre formalizadas como partidos políticos, pero que en esencia siguen coexistiendo como movimientos surgidos de la aglutinación de la indignación de sectores sociales muy disímiles, y que en la soflama se identifican por su cariz transformador.

 

El origen

Desde el movimiento del 15-M, que retomó la indignación en torno a las demandas insatisfechas de bienestar social, corrupción, desigualdad, desempleo y cambio político en la democracia española, comenzó a surgir lo que se constituiría cuatro años después, en marzo de 2014 en Vista Alegre, como Podemos. Desde su origen, este partido ha visibilizado los problemas de representación política del sistema político español, al igual que otras fuerzas políticas. La llegada de Podemos romió el molde histórico de representación bipartidista en el que el Partido Popular y el PSOE mantenían su dominio. La irrupción de Podemos, primero en las elecciones europeas de 2014 y como tercera fuerza en las elecciones generales de 2015 y 2016, generaron nuevas formas de integración política en la génesis de un nuevo sistema de partidos.

En paralelo, aunque a un océano Atlántico de distancia, Morena aglutinaría las manifestaciones ciudadanas alineadas según dos elementos. El primero tiene que ver con los efectos políticos y sociales de las elecciones de 2006, ante el apretado triunfo del PAN, y las elecciones de 2012, con el triunfo del PRI. En ambos procesos electorales, las fuerzas progresistas de izquierda, entonces encabezadas por el PRD y la candidatura de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quedaron como segunda fuerza política, argumentando fraude en el primero y compra de votos en el segundo. Lo anterior generó un hito dentro de los grupos políticos dentro del PRD, produciendo una escisión de miembros, incluido el propio AMLO. Al unísono se fue gestando Morena desde 2011 como movimiento social, el año siguiente como asociación civil y en 2014 logrando su formalización como partido político nacional. Las motivaciones contextuales en el caso mexicano se justificaban por la violencia rampante, la propia crisis de representación, los altos niveles de corrupción e impunidad y el crecimiento de la desigualdad, la pobreza y el crimen organizado.

Las diferentes realidades sociales y políticas de ambos países someten a juicio el origen de ambos movimientos/partidos. El 15-M como catalizador de la indignación social española y los procesos electorales de 2006 y 2012 como evidencias de un contexto de amplio desgaste social provocado por la violencia, el crimen organizado y la desigualdad mexicanos. En este sentido, Morena surgió como movimiento social ligado a la imagen de un líder político que no lograba acceder al poder por medio de las figuras tradicionales de representación. A diferencia de Podemos, que surgió como efecto de los problemas antes señalados.

Tratándose de dos procesos en los que desde sus inicios los liderazgos fueron imprescindibles, estos acompañaron el proceso de inserción en la vida política convencional y, en cierto sentido, comenzaron a institucionalizar la burocracia de sus respectivas organizaciones. Cabe mencionar que tanto AMLO como Pablo Iglesias son politólogos de formación, pero la experiencia profesional del líder de Morena apunta a una larga carrera en diferentes cargos políticos asociados a dos de los partidos políticos entonces dominantes en México (PRI y PRD), además de su experiencia como dirigente social. Algo similar, aunque con al menos dos generaciones de distancia, podemos decir de Pablo Iglesias, quien perteneció a Izquierda Unida y permaneció brevemente en el Parlamento Europeo como el primer cargo asignado por la recién creada organización política, después de una corta carrera académica y experiencia como dirigente social. Ambos líderes poseen capacidades similares de comunicación. Y pese a las diferencias –Iglesias lanza mensajes con mayor contenido programático, los de AMLO tienen un mayor sesgo social–, ambos políticos separan con claridad el mensaje del contenido, apoyándose en un carisma característico.

 

La irrupción electoral

Las elecciones legislativas de 2015 y las generales de 2018 vieron la irrupción de Morena como el partido de izquierda más dominante, poniendo fin al tripartito mexicano en la arena presidencial. La obtención de la presidencia, sumado a mayorías legislativas a nivel subestatal y federal dieron pie al primer gobierno progresista del país. En 2015, Podemos irrumpió como la tercera fuerza política, logrando penetrar en bastiones tradicionales del PSOE, y después de un inusitado proceso de relativa inestabilidad en la conformación de gobiernos, las elecciones de noviembre de 2019 dieron paso al primer gobierno de coalición en España, en este caso entre fuerzas progresistas. Podemos, pese a no obtener tan buenos resultados electorales como en sus “elecciones de origen”, logró pactar un gobierno con el PSOE.

En términos comparativos, los procesos mencionados en el párrafo anterior deja ver al menos dos elementos. El primero está asociado a la irrupción inicial de ambos partidos-movimiento, lo que implica un prematuro asentamiento político, con claras desventajas organizativas subordinadas a las garantías electorales obtenidas en su origen. La segunda es que el bono electoral obtenido en su primera aparición logra consolidar la idea de competencia efectiva de acceso al poder, lo que asienta a un nuevo actor, con grandes rendimientos sociales y políticos. En ambos casos, la segunda aparición en el terreno electoral (pese a las grandes diferencias) les permiten a ambos partidos-movimiento afianzarse en el poder, alcanzando mayorías legislativas (en coalición) y entrando en la dirección de los gobiernos.

 

Institucionalización de los partidos-movimientos

La consolidación de los movimientos en partidos permite ver al menos tres elementos que contribuyen a un análisis comparativo más detallado. En primer lugar, hay que considerar los lazos de la incipiente organización partidista. Ambas instancias políticas se originaron en su camino a la consolidación organizacional como brazo aglutinador de las demandas sociales contando con líderes políticos carismáticos. En los dos casos se constituyó un diagrama centrípeto de sus cuerpos directivos claramente asociados al líder. A pesar de las diferencias de origen y contexto, la cuestión que trae a discusión esta comparación es una pregunta que discute la ciencia política desde hace al menos dos décadas: cómo se institucionaliza un movimiento social en una organización partidista. Pese a que los nuevos partidos políticos, en concreto Podemos y Morena, han alcanzado sus actuales posiciones políticas precisamente por la diferenciación al menos discursiva con las organizaciones políticas tradicionales, la realidad organizativa actual se muestra contradictoria.

La falta de experiencias de nuevas formas de participación política alternativas a las convencionales, como los partidos políticos, obliga a las nuevas instituciones políticas –Podemos y Morena– a enmarcarse en lo conocido: los partidos tradicionales. Allí las dinámicas internas (informales en su mayoría), los procesos de selección de candidatos, los relevos directivos, las afiliaciones y la militancia, la delimitación de responsabilidades estatutarias, las facciones y subgrupos políticos que se escinden del gran cuerpo en movimiento, etcétera, evidencian que el mensaje de cambio sanador de la vida política democrática y de las organizaciones partidistas de ambos países que les otorgó grandes rendimientos electorales, queda en aspiraciones mediáticas por deslices organizativos.

En esencia, la profesionalización de la burocracia partidista de estas nuevas organizaciones políticas dicta procesos que, pese a sus cualidades democráticas estatutarias en comparación con los partidos tradicionales, no han logrado afianzar una distinción organizativa con los partidos hegemónicos de la representación. El paradigma de los nuevos partidos es, precisamente, que pese a sus procesos de apertura y participación en la toma de decisiones en diversos ámbitos (selección de candidatos y lineamientos programáticos), como los círculos de Podemos o los sorteos de Morena, las actividades básicas de estas organizaciones siguen las viejas prácticas administrativas de los partidos clásicos, como la imposición de cuotas o la propia jerarquización en la toma de decisiones y cargos directivos.

Para muestra, los propios procesos que atraviesan ambas instituciones. Por un lado, Morena se debate entre la legitimidad y la legalidad de su dirigencia política, pues, una vez obtenido el poder ejecutivo, AMLO se retiró del liderazgo formal del partido. Esta distinción asume una novísima dinámica de reajuste organizacional que definirá la continuidad o cambio de los cuerpos políticos que controlan el partido, entendiendo que en él se aglutinan diferentes sectores de posiciones convergentes en el proyecto general, pero antagónicas en las particularidades. Por otro lado, Podemos, que, a pesar de ser un grupo político claramente identificado con Pablo Iglesias, ha transitado de la unión de diferentes grupos provenientes del movimiento de los “indignados” a la escisión de miembros hasta ese momento afines al proyecto progresista, hasta llegar a una organización que se coaliga con los partidos tradicionales, impone candidatos, perpetúa dirigentes e impone cuotas a sus militantes.

En este escenario, el proceso de institucionalización de estos nuevos partidos recorre los viejos caminos de aquellos que han provocado la crisis de la representación. Pese a ello, las innovaciones y mecanismos de participación en procesos internos de estas organizaciones acreditan nuevas dinámicas democráticas que, pese a su falta trascendencia, registran cambios que suponen un reto en la consolidación de los movimientos sociales en nuevos partidos políticos. La distinción de esta problemática es simultánea a la tensión institucional asociada a la democracia directa y a la democracia representativa, asunto no menor en las democracias contemporáneas, las mismas que encuentran en ello una de las grandes cuestiones pendientes a resolver.

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