El presidente Donald Trump habla con los periodistas antes de subir al Marine One en el jardín sur de la Casa Blanca el 13 de diciembre de 2025 en Washington, D.C. GETTY.

No enterremos el orden internacional antes de tiempo

Más allá de las evidencias de su erosión, conviene preguntarse si no estamos asistiendo menos a un colapso definitivo que a una transformación profunda de un sistema que nunca fue tan ordenado, ni tan universal, como hoy se recuerda.
Rafael Loring
 |  23 de diciembre de 2025

El lamento por la muerte del “orden internacional basado en reglas” (OIBN), un sistema forjado tras la Segunda Guerra Mundial y reforzado tras el colapso soviético, se ha convertido en el género favorito del análisis geopolítico. La evidencia de su declive parece innegable: China desafía las normas marítimas en el Pacifico, Rusia ha roto el principio sagrado de integridad territorial en Ucrania y, quizá lo más desestabilizador, la propia potencia fundacional y garante, Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, ha socavado instituciones multilaterales, desestimado tratados de libre comercio y convertido las alianzas de seguridad en transacciones. El libre comercio, el multilateralismo y el respeto a las fronteras parecen estar, en efecto, en la UCI.

Sin embargo, firmar el acta de defunción sería prematuro y una simplificación histórica. Para comprenderlo debemos plantear varias preguntas: ¿realmente fue el OIBN alguna vez tan ordenado, multilateral y universalmente respetado? Segundo, ¿ha renunciado Estados Unidos a su papel de garante, o simplemente lo está redefiniendo? Más aún, ¿No podría ser el supuesto colapso revertido por un cambio de liderazgo en Washington? El entierro antes de tiempo del orden internacional corre el riesgo de subestimar la resiliencia del sistema y de idealizar un pasado que fue, en realidad, considerablemente desordenado.

 

El Mito del Orden Internacional

El orden basado en reglas evoca una imagen de la Comunidad Internacional actuando según la Carta de la ONU, la OMC y los tribunales internacionales. Esta imagen choca con la realidad histórica. Vayamos por partes:

 

El OIBN durante la Guerra Fría (1947-1990)

La idea de un orden basado en reglas colapsa al examinar los años de la Guerra Fría. El mundo estaba dividido por un Telón de Acero que definía dos órdenes paralelos, regidos por la destrucción mutua asegurada (MAD), no por el derecho internacional. El bloque soviético mantenía su orden por la fuerza de los tanques y fue un violador en serie de los principios de soberanía e integridad territorial.

Al poco de firmarse la cara de las Naciones Unidas, estalla la Guerra de Corea, ocasión que China aprovecha para ocupar el Tíbet, un acto de anexión territorial que acabó con el exilio que hoy perdura del Dalai Lama. En 1956 la Unión Soviética intervino militarmente para sofocar la Revolución Húngara. De igual forma, en 1968 los miembros del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para aplastar el proceso de reformas liberalizadoras, violando la soberanía de un Estado supuestamente aliado. En 1979 Moscú invadió Afganistán para supuestamente apuntalar un gobierno comunista en apuros, un acto de agresión militar que desató una larga guerra y fue condenado por la Asamblea General de la ONU.

Al otro lado, el bloque liderado por Estados Unidos, si bien declaraba promover la democracia y el libre mercado, no dudó en violar el derecho internacional y la soberanía para contener el comunismo, especialmente en su “patio trasero”.

En1983 Estados Unidos invadió la isla caribeña de Granada, justificando la acción como una protección a ciudadanos estadounidenses y una respuesta a la amenaza de un golpe marxista. La acción fue condenada por la ONU, siendo considerada una clara violación de la soberanía. En 1989 la Operación Causa Justa depuso al dictador Manuel Noriega en Panamá. Aunque se invocó la protección de vidas estadounidenses y la defensa de la democracia, la acción constituyó una invasión unilateral para cambiar un régimen que se había vuelto incómodo para Washington. Durante este periodo en América Latina y África, Estados Unidos brindó apoyo tácito o explícito a numerosos golpes de Estado (como el de Chile en 1973) y financió guerrillas anticomunistas (Contras en Nicaragua, caso Irán-Contra), ignorando la no intervención y el derecho internacional.

Durante la Guerra Fría, el “orden” consistía pues en la contención mutua y el respeto tácito de las esferas de influencia, no en un sometimiento universal a las normas de la ONU.

 

La Era Dorada del OIBN

En 1990, el OIBN habría entrado en su etapa dorada, impulsado por el dominio unipolar de EEUU A falta de necesidades estratégicas se esperaba que las reglas se respetaran. La democracia y la globalización se extendieron como nunca antes, pero la propia potencia garante estableció precedentes peligrosos de unilateralismo, mucho antes de la invasión rusa de Ucrania.

En 1999 la intervención de la OTAN en Yugoslavia para detener la limpieza étnica condujo a la independencia de Kosovo. Se realizó sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y sentando un precedente de “intervención humanitaria” que ha sido utilizado por otros actores (incluida Rusia, al justificar su intervención en Georgia y Ucrania) para cuestionar el principio de integridad territorial.

En 2003 la invasión de Irak por una “coalición de la voluntad” liderada por EEUU, al margen del Consejo de Seguridad, representó la violación más grave del derecho internacional por parte de la potencia hegemónica en la era unipolar. Minó la credibilidad de la ONU, y demostró que, en caso de necesidad, las reglas eran opcionales.

Además, durante estos años se produce la retirada del Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM), el rechazo a la ratificación del Estatuto de Roma (que creó la Corte Penal Internacional), y se mantiene de forma ininterrumpida el funcionamiento de la base militar de Guantánamo como centro de detención fuera de la legalidad internacional. En resumen, ni siquiera en su apogeo el OIBN fue esa utopía normativa que ahora se añora.

 

Trump y el vacío de poder

La segunda premisa que debe examinarse es la supuesta renuncia de Estados Unidos al papel de garante del orden global. Si bien la retórica del “América Primero” de Donald Trump y su desprecio por las instituciones internacionales (retirada del Acuerdo de París, la OMS, el JCPOA, y amenazas a la OTAN y la OMC) sugieren un retraimiento, la realidad es más compleja.

Si Estados Unidos hubiera renunciado completamente a su papel de garante, el vacío de poder en las principales zonas de conflicto y competencia habría sido absoluto. En cambio, la Administración Trump, ha mantenido un alto grado de implicación y acción en los conflictos actuales.

Lejos de retirarse de la confrontación con el gigante asiático, EEUU ha redefinido la relación con China como la “competencia estratégica del siglo”. Esto se ha traducido en una agresiva guerra arancelaria, el mantenimiento de las sanciones tecnológicas impuestas por Joe Biden y la extensión de un apoyo, es cierto, ahora condicional, a la seguridad a Taiwán y a los aliados del Pacífico.  En Oriente Medio la mediación y el apoyo a la seguridad nunca cesaron. Trump impulsó los Acuerdos de Abraham, provocando una reconfiguración de la seguridad regional, atacó Irán para detener su programa nuclear y, tras respaldar la brutal respuesta de Israel sobre Gaza, logró mediar un acuerdo de paz. Por último, aunque ha criticado duramente a la OTAN y desprecia el papel que pueda jugar la UE ante Rusia, su administración aprobó la venta de armas a Kiev y, ha seguido siendo el eje de la disuasión en Europa.

Trump supone un cambio drástico, pero no un vacío de poder, como muchos sostienen. Lo que se ha roto no es la voluntad de liderar, sino su disposición a hacerlo de forma altruista o ideológica. El enfoque de Trump es la quintaesencia de la realpolitik transaccional, que busca desvincular el liderazgo global de los principios y vincularlo directamente a beneficios tangibles en forma de reparto de cargas y ventajas económicas.

 

¿Un Ave Fénix?

La retórica del colapso del orden se basa en la suposición de que Trump es irreversible o que la “implosión de la democracia estadounidense” es inminente. Esta es, quizás, la mayor de las precipitaciones.

El orden internacional, y en particular el multilateralismo, es más resistente de lo que muchos le adjudican. El “entierro” del OIBN es un fenómeno político más basado en la percepción de los cambios que se están produciendo, que en un análisis preciso de la situación. El sistema de reglas, instituciones y alianzas tiene una inercia profunda y está incrustado en miles de tratados, normativas de la OMC, convenciones de la OIT y estructuras de la ONU que, a pesar de los baches, siguen funcionando. Si no fuera así, ¿seguiría la economía mundial o el comercio internacional funcionando como lo hace?

Es previsible que, si se produce un cambio de administración en Estados Unidos, la política exterior vire de nuevo. El eventual retorno de un presidente demócrata, por ejemplo, significaría el retorno inmediato a las grandes estructuras (OMS, Acuerdo de París) y una retórica de apoyo a las alianzas tradicionales (OTAN). Posiblemente también un énfasis renovado en el liderazgo a través de valores (democracia, derechos humanos), incluso si, como siempre, la realpolitik de fondo permanece.

 

El orden se transforma, no se destruye

El orden internacional está experimentando una crisis de legitimidad y eficacia, erosionado por la agresión revisionista de Rusia y China, y desafiado por la política transaccional de su garante, Estados Unidos.

Desde Cesce, como expertos en el análisis de riesgos, desde hace tiempo venimos alertando sobre los nubarrones que se ciernen sobre el entorno geopolítico. Sin embargo, conviene no confundir temores y riesgos con realidades, porque en la hipérbole perdemos credibilidad.

Cómo podemos sostener que vivimos en un mundo sin reglas, que la democracia estadounidense ha colapsado y la globalización ya no existe, cuando en 2025 la economía mundial sigue tranquilamente su marcha (el FMI prevé un crecimiento del 3,2%), el comercio mundial marcará un máximo histórico y las bolsas mundiales viven con euforia las promesas de prosperidad de la IA.

La historia demuestra que este orden cuya muerte se anuncia nunca fue un paraíso de reglas respetadas. Fue un sistema de gestión de la hegemonía y de contención de los conflictos donde, las grandes potencias, han optado por el unilateralismo a menudo. La diferencia con la crisis actual no es la violación de las reglas sino el hecho de que el hegemón ha puesto públicamente en duda la rentabilidad de la actual estructura.

En lugar de un colapso, estamos presenciando una renegociación global del precio y las condiciones del liderazgo estadounidense. El OIBN está herido, pero las instituciones (el FMI, la OMC, la ONU) siguen en funcionamiento, los aliados siguen buscando la protección de Washington, y los competidores (China, Rusia) siguen queriendo un cambio del sistema, no necesariamente su destrucción total.

No enterremos antes de tiempo el orden internacional. Lo que está muriendo es la ilusión de un orden puramente liberal y desinteresado. El sistema que emerge podría ser más transaccional y más explícitamente jerárquico, pero seguirá siendo un orden, y en su centro, guste o no, con su realpolitik, seguirá estando la potencia estadounidense. Tampoco descartemos que, tras la eventual marcha de Trump, todos los que enterraron con solemnidad el OIBN anuncien repentinamente el avistamiento de un Ave Fénix.

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