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Nubes negras sobre la socialdemocracia europea

JORGE TAMAMES
 |  10 de mayo de 2018

En el año 2000, diez de los entonces 15 miembros de la Unión Europea estaban gobernados por partidos socialistas y socialdemócratas. En 2018, esta cifra se ha reducido a la mitad –Portugal, Suecia, Malta, Rumania y Eslovaquia, este último embarcado en una agenda anti-inmigración más propia de la extrema derecha–, en una UE que cuenta con 28 miembros. Ante este retroceso, el futuro presenta más nubes negras. Las elecciones europeas de 2019 amenazan con vapulear al centro-izquierda.

En el Parlamento Europeo, los partidos de centroderecha (PPE) se han mantenido por delante del grupo socialdemócrata (S&D) durante las últimas dos décadas. Esta tendencia se mantuvo en 2014, cuando el PPE obtuvo 221 escaños frente a los 191 del S&D y los 67 de los liberales (ALDE). No obstante, la alianza entre estos tres grupos –con los populares accediendo a la presidencia de la Comisión, al tiempo que los socialdemócratas obtienen la del Parlamento– ha sido esencial para conformar mayorías legislativas. La contribución socialdemócrata sirvió para apuntalar valores e instituciones asociadas al proyecto europeo, como el Estado de bienestar.

Con la crisis financiera de 2008, el centro-izquierda parecía posicionado para imponerse sobre una derecha aferrada a la desregulación financiera y las políticas de austeridad. Pero no ha sido así. Los socialistas han quedado pulverizados en países como Grecia y Francia, donde arañan un 6% del voto. En el primero, la pasokización aupó a Syriza, que desde la izquierda trató –sin éxito– de revertir las políticas de austeridad europeas. En Francia, el golpe ha venido desde la derecha. Con un discurso pseudo-rupturista, que contrapone a progresistas y conservadores en vez de la izquierda frente a la derecha, Emmanuel Macron redujo a los socialistas a una posición marginal. El presidente francés ahora aplica una versión más liberal y austera de su agenda. De cara a 2019, Macron busca formar un grupo propio en Bruselas, debilitando al SD y posiblemente fagocitando a los liberales.

En el resto de la Unión el centro-izquierda sobrevive, pero pasa por horas bajas. Los socialdemócratas alemanes, amarrados a Angela Merkel en su tercera gran coalición, podrían verse adelantados por la extrema derecha. Matteo Renzi esperaba secundar la iniciativa de Macron, pero ha sufrido una derrota contundente en las elecciones italianas. En España, Pedro Sánchez continúa ausente: las novedades de cara a 2019 son el auge de Ciudadanos, que también busca una convergencia con Macron, así como la decisión de Podemos de presentar una candidatura junto al Bloco de Esquerda portugués y la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon. En Hungría y Polonia, los socialdemócratas han quedado marginados y desdibujados; en la República Checa y Austria, acaban de ser desalojados del gobierno. Solo el Partido Laborista británico, de la mano de Jeremy Corbyn, han conseguido remontar posiciones en los últimos años. Pero el Brexit ha dejado fuera de juego los 73 escaños del Reino Unido, que se repartirán entre otros países y listas paneuropeas.

 

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Fuente: Social Europe

 

¿Qué crisis de la socialdemocracia europea?

Que la socialdemocracia europea atraviesa una crisis no es ninguna novedad, si bien su probable agravamiento en 2019 lo es. ¿Qué es lo que amenaza con convertir al centro-izquierda en una fuerza residual? Llegados a este punto las explicaciones divergen, pero también proporcionan datos complementarios.

Una primera interpretación señala que el centro-izquierda tiene poco que aportar, sea porque sus ideas-fuerza han pasado a formar parte del sentido común europeo (pocos cuestionan abiertamente el Estado de bienestar), o porque la evolución de la sociedad y el mercado laboral –la primera fragmentada en torno a más líneas que las de clase, el segundo erosionando el poder de los grandes sindicatos– han laminado sus bases de apoyo tradicionales. Para bien o para mal, nos encontraríamos ante un declive natural.

En realidad, no estamos ante un guion preestablecido. Si la construcción del Estado de bienestar fue el logro principal de muchos partidos socialdemócratas, su defensa, en una época en que lo amenazan las políticas de austeridad, debiera haber servido para renovar su tirón electoral. Por otra parte, las transformaciones socio-económicas que han debilitado al centro-izquierda a menudo han venido de la mano de sus gobiernos. Como muestra Cornel Ban, el PSOE fue el principal arquitecto de la actual estructura economía española, dependiente del sector terciario y con un elevado paro estructural. Al SPD, por su parte, los recortes sociales del plan Hartz IV, aprobados por el socialdemócrata Gerhard Schröder, le costaron un inmenso desafecto entre su base.

El problema de fondo es que el centro-izquierda se encuentra en una posición estructuralmente débil dentro de la propia UE. Ha desempeñado un papel esencial en su construcción, pero ha terminado en el seno de una unión monetaria que obliga a sus miembros a adoptar políticas de austeridad como respuesta a cualquier vaivén económico. Al no querer renunciar a un europeísmo pasivo, su agenda a menudo se ve reducida, como señala Mark Blyth, a gestionar la austeridad de manera más amable que sus rivales. Unos parámetros en los que la derecha siempre sabrá moverse con mayor soltura.

La explicación más plausible de este declive, por tanto, tendría que ver con el deslizamiento de los partidos socialistas hacia la llamada tercera vía. Una deriva de la socialdemocracia de posguerra hacia un liberalismo con barniz progresista. Los socialistas quedan así en tierra de nadie, pero compitiendo contra todos: centristas emergentes que los continúan presentando como izquierdistas trasnochados, una izquierda reforzada que les echa en cara su viraje, e incluso partidos de extrema derecha que compiten entre los votantes trabajadores con un discurso capaz de movilizar su frustración. Es precisamente en Portugal, donde los socialistas han apostado por un gobierno de coalición con fuerzas políticas a su izquierda, donde han logrado mantenerse como un referente progresista.

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