Autor: Stuart Hall
Editorial: Lengua de Trapo
Fecha: 2018
Páginas: 468
Lugar: Madrid

Aprender del adversario

JORGE TAMAMES
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Eric Hobsbawm apuntó en una ocasión que “nada afila la mente de un historiador tanto como la derrota”. Una observación sugerente, que sin embargo no aplicó en su labor como analista político. En los años 80, el marxista británico se enfrentó recurrentemente a Stuart Hall –sociólogo jamaicano, teórico cultural y fundador de la revista New Left Review. Hobsbawm sostenía que Margaret Thatcher era una figura débil, a la que el laborismo desplazaría tan pronto como recuperase a las clases medias británicas. Hall destacó, desde principios de la década, la fortaleza de la dama de hierro y las limitaciones de la izquierda para combatir su proyecto político. El tiempo no tardó en darle la razón.

Treinta años después, Lengua de Trapo publica El largo camino a la renovación, colección emblemática de ensayos de Hall, traducidos por Carlos Pott y con un prólogo de Jorge Lago. El libro continúa siendo oportuno. En primer lugar, ofrece a la izquierda –tanto socialdemócrata como marxista– una reflexión lúcida sobre las virtudes de unos rivales a los que en ocasiones desestima. Más allá de esta labor instructiva, estamos ante un manual de cómo ejercer la política –especialmente ideológico y comunicativo– cuando se pretende llevar a cabo un proyecto transformador, como sin duda lo fue el de Thatcher. El largo camino a la renovación reviste interés al margen del color político de quien lo lea.

Inspirándose en Antonio Gramsci y realizando una lectura crítica del trabajo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hall presentó unas herramientas de análisis más dúctiles que las del resto de la izquierda británica –la moderada y también la radical–, entonces anclada en un economicismo estéril. Analizando los elementos discursivos y culturales de los que hacía uso el thatcherismo, lo definió como un intento de “cambiar el sentido común” británico –es decir, el consenso keynesiano de posguerra. La propia Thatcher observó con inteligencia que “la economía es el método; el objetivo es cambiar el alma”. Llegó a considerar su mayor logro la figura de Tony Blair, el laborista que se plegó a su cosmovisión en los años 90. Todo ello hizo del thatcherismo un proyecto con “vocación hegemónica”, no un simple intento de gestionar la sociedad en torno a parámetros neoliberales.

La esencia del thatcherismo radica en lo que Hall denominó “populismo autoritario”. Un ensamblado incoherente –libre mercado, Estado fuerte y socialmente intrusivo– capaz de engarzar la visión jerárquica de las élites conservadoras con un anhelo popular (y genuino) de disciplina y orden, espoleado a través de diferentes “crisis morales”: la inquietud generada por la contracultura en los años 60; la asociación del sector público con la incompetencia y el nepotismo; una concepción esencialista de la sociedad británica, su historia y su política exterior. En resumen, un proyecto de “modernidad regresiva”, capaz de apelar a amplios sectores de las clases medias y trabajadoras.

En su intento no de sostener, sino de derribar y al mismo tiempo reconfigurar los consensos de posguerra, la figura de Thatcher entronca con lo que el teórico político Corey Robin considera un elemento fundacional del conservadurismo: su naturaleza dinámica y convulsa, siempre enfrentada al statu quo. Las reflexiones de Stuart Hall sobre el contenido ideológico del thatcherismo, por otra parte, se complementan con las de su homónimo Peter Hall en el terreno de la economía política.

No estamos ante un libro fácil de digerir para la izquierda. Al tiempo que evalúa los éxitos de Thatcher, Hall señala fracasos que colocaron a su oposición en un callejón sin salida. El giro hacia la austeridad y el monetarismo de Thatcher lo anticiparon el laborista James Callaghan y la intervención del FMI en 1976. El modelo económico del centro-izquierda quedó averiado tras las crisis del petróleo de los 70 y la estanflación. Pese a sus logros, el Estado del bienestar británico era percibido por la mayoría de la sociedad como una burocracia colosal, intrusiva y paternalista.

De este impasse, por otra parte, no tendría por qué haberse beneficiado la derecha. Incluso en los 80, la experiencia municipal del Greater London Council y el avance del laborista Tony Benn –duramente resistido por Hobsbawm– mostraban la existencia de alternativas de izquierda al colapso del keynesianismo. Hall también reflexiona sobre nuevos frentes que en los que articular luchas políticas (relaciones raciales, la diversidad cultural, el feminismo, “libertad” y “emancipación” como conceptos que la izquierda debiera disputar), anticipándose a debates actuales en los que se sigue contraponiendo, sin demasiado acierto, intereses materiales frente a otros supuestamente simbólicos.

A juzgar por su posición actual dentro y fuera de España, a la izquierda aún le queda un largo camino para reconstituirse como fuerza dirigente. Leer a Hall es un buen punto de partida en este viaje.