Autor: Ben Hubbard
Editorial: William Collins
Fecha: 2020
Páginas: 357
Lugar: Londres

El ascenso al poder de Mohammed bin Salmán

El jefe de corresponsales de 'The New York Times' en Líbano, Ben Hubbard, presenta en el libro ‘MBS’ la historia del sinuoso ascenso del príncipe heredero de Arabia Saudita y las transformaciones que vive el país.
MARIANO AGUIRRE
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Joven, arrogante, moderno y autoritario, el príncipe heredero Mohammed bin Salmán (MBS) comenzó su carrera hacia el poder al principio de la década de 2000. Gracias a fallecimientos oportunos y conspiraciones palaciegas, es hoy el hombre más poderoso de Arabia Saudí.

Desde 2017 fue aplaudido internacionalmente como la estrella ascendente que reformaría a la ultraconservadora sociedad saudí, abriría la empresa estatal del petróleo (Aramco) al capital extranjero y situaría a su país en la vanguardia mundial de la cuarta revolución industrial. En un viaje a Estados Unidos y Reino Unido en 2018, se reunió con líderes empresariales, políticos y periodistas para presentarles su Visión 2030. Todos prometieron invertir y apoyar la Arabia Saudí de MBS.

Un año después el prestigioso periodista saudí Jamal Khashoggi fue asesinado y su cuerpo descuartizado en el consulado de su país en Estambul por un equipo de 15 operadores saudíes. El entusiasmo extranjero se congeló y su imagen perdió brillo, aunque MBS negó toda implicación adjudicando el asesinato a una iniciativa de sus subordinados. Investigaciones posteriores de Agnes Callamard, reportera especial de Naciones Unidas, y del periodista Jonathan Rugman (The Killing in the Consulate), indican que un “asesinato extrajudicial” de esa envergadura no se pudo realizar sin la orden o aprobación de las más altas esferas del poder saudí.

Dos años después del asesinato de Kashoggi, las relaciones económicas entre países occidentales y Arabia Saudí han regresado a la normalidad: masivas ventas de armas e infraestructura, reciclamiento de los petrodólares en redes financieras, inversiones inmobiliarias y bienes suntuarios, mientras la Visión 2030 se ha difuminado.

El jefe de corresponsales de The New York Times en Líbano, Ben Hubbard, presenta en MBS la historia del sinuoso ascenso de Mohammed bin Salmán y las transformaciones que vive el país. En una narración ágil y detallada, describe la tensión entre las formas basadas en relaciones familiares y las (crecientemente) tecnocráticas de concebir el poder, las contradicciones de pretender hacer una apertura social sin democracia, y su papel en la redefinición de Oriente Próximo.

La ociosa realeza saudí maneja un intrincado entramado de empresas e intereses alrededor de los beneficios del petróleo. En ocho décadas, la clase dirigente de esa economía rentista (que vive solo del petróleo) no ha generado industria nacional. El funcionariado está sometido al poder y la corrupción, y los sistemas judiciales y legislativos funcionan controlados por la alianza entre monarquía y jerarquía religiosa.

La sociedad saudí ha sido aislada del desarrollo del mundo moderno, sometida a un estricto control social y represión por el poder religioso. La realeza disfruta de una vida de lujo obsceno y consumo desmedido mientras practica una cínica hipocresía ante sus normas sociales, especialmente durante sus viajes internacionales (con Marbella como uno de los destinos favoritos de espectaculares vacaciones).

La falta de mecanismos de rendición de cuentas del poder político ha favorecido la corrupción, mientras que la falta de democracia y la rígida estratificación social mantiene a alrededor del 20% de los 33,7 millones de habitantes en la pobreza. Por otra parte, el 38,3% de la población, según datos de Naciones Unidas de 2019, son inmigrantes, la mayoría trabajando en el sector servicios en una situación muy precaria en cuestión de derechos.

 

Modernización desde arriba

La élite noble (alrededor de 15.000 personas) tiene su origen en la dinastía de los Al Saud. El rey Abdulaziz (abuelo de MBS) unificó a principios del siglo XX a tribus y territorios en un Estado (sin instituciones estatales) que fue aceptado por la potencia colonial en declive (Gran Bretaña) y la que venía en ascenso (EEUU). El petróleo le convirtió en uno de los países más ricos del mundo, cortejado por EEUU y Europa. El wahabismo, doctrina e interpretación ultraconservadora del islam, le dio coherencia ideológica interna y proyección externa.

El rey Abdulaziz tuvo 18 esposas reconocidas, 36 hijos y 27 hijas que han dado lugar a una “micro sociedad que funciona de acuerdo con sus propias reglas” jerárquicas. Uno de sus hijos, Salman bin Abdulaziz, fue gobernador de la provincia de Riad durante 48 años, ministro de Defensa y rey desde 2015.

MBS representa a un todavía reducido sector que quiere modernizar el país, tanto en sus estructuras empresariales como sociales. Ese cambio supone tomar medidas contra la corrupción y hacer progresivas aperturas en las costumbres sociales. MBS ha tomado decisiones poco convencionales, como obligar represivamente a empresarios de la élite a entregar parte de sus fortunas, acciones y contactos al Estado. Una forma tan expeditiva como limitada de combatir la corrupción y recaudar impuestos.

Asimismo, ha puesto freno a la jerarquía religiosa, permitiendo que las mujeres conduzcan automóviles, abriendo salas de cine y autorizando la actuación de grupos de rock en el país. Sin embargo, su idea de apertura es muy restrictiva: las mujeres pueden conducir, pero Hubbart describe la dura represión, detenciones ilegales y torturas e intimidaciones a las que son sometidas las activistas y los blogueros prodemocracia. Una cosa es que el poder conceda, otra ceder ante exigencias.

La austeridad y el control del gasto, además, no se aplican a sí mismo. El libro relata como MBS ha sumado a sus propiedades el yate más caro del mundo (500 millones de dólares), un castillo en Francia (300 millones de dólares) y un cuadro de Leonardo da Vinci (450 millones de dólares).

Hubbard explica que el ascenso de MBS se enmarca en la tendencia nacionalista autoritaria representada por Donald Trump, Jair Bolsonaro y Viktor Orbán, entre otros. En EEUU, MBS explicó que los mecanismos democráticos dificultan las tomas rápidas de decisiones. El poder ejercido por la casa real, dijo, hace que las reformas se adopten velozmente. La realidad es que, aún así, muchos ambiciosos proyectos que MBS lanza se quedan en nada.

 

En busca de la hegemonía regional

Internacionalmente, el poder político, económico y militar saudí estableció desde 1945 una fuerte alianza con EEUU, pero esta que se vio parcialmente alterada durante la presidencia de Barack Obama. El acuerdo sobre el programa nuclear iraní que lideró Washington con Europa y la ONU fue considerado por Riad y Emiratos Árabes Unidos como un abandono de las responsabilidades de EEUU ante Irán. Arabia Saudí compite con este país por la hegemonía regional a nivel político y religioso, con interpretaciones distintas del islam.

Cuando, además, el Congreso estadounidense aprobó en 2016 que los familiares de víctimas del atentado del 11 de septiembre de 2001 pudiesen demandar al Estado saudí, la élite de este país pasó a considerar a EEUU un socio poco fiable. La llegada de Trump a la Casa Blanca y su alineamiento con Arabia Saudí contra Irán ha sido un respiro. Pero antes el gobierno saudí exigió públicamente en 2016 al entonces candidato republicano que retirase su promesa electoral de reducir la dependencia de EEUU del petróleo saudí. Caso contrario, su país “sufriría serias consecuencias”.

Apoyado por Trump y su yerno, Jared Kushner, MBS ha dado pasos radicales para cambiar la geopolítica de la región en tres direcciones. Primero, combatir la influencia iraní de forma violenta. El mayor ejemplo son los ataques de la fuerza aérea saudí en Yemen, contra los huzíes, grupo armado con vínculos con Irán, que han generado una grave crisis humanitaria.

Segundo, considerar a Israel como un socio legítimo, abandonando la causa palestina y la política árabe de no reconocimiento de ese Estado. Kushner y MBS, instigadores del plan de anexión de Cisjordania que tiene el primer ministro Benjamín Netanyahu, han indicado a los dirigentes palestinos que deben asumir su derrota.

Tercero, reforzar las alianzas con los gobiernos autoritarios que emergieron de la fracasada primavera árabe, en particular el egipcio, e imponer su liderazgo entre las monarquías del Golfo, especialmente sobre Catar.

El autor del libro predice acertadamente que será muy difícil que Arabia Saudí deje de ser una economía rentista. Para lograrlo tendría que embarcarse en un programa de desarrollo industrial en campos en los que el país no tiene experiencia, generar un aparato administrativo y empresarial que provocaría fisuras en el sistema de poder, y crear un alto número de puestos de trabajo. Necesitará, además, recursos que sigue absorbiendo la realeza. Por otra parte, a largo plazo, la tendencia de la industria mundial es utilizar energías alternativas al petróleo y alcanzar pactos verdes.

Hubbard no describe las profundas alianzas e implicaciones que forjó el poder saudí en EEUU (y Europa) previo a la llegada de Trump a la Casa Blanca, pero considera que aunque Joe Biden gane las elecciones, los dos países seguirán teniendo un vínculo muy fuerte. En este sentido, la crisis de liderazgo de Washington en Oriente Próximo posiblemente llevará a MBS a estrechar vínculos con Rusia, China e Israel.