POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 79

España y la cumbre de Niza

EDITORIAL
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Felicitamos el año 2001 a nuestros lectores con un número, creemos, de notable contenido: no sólo Josep Piqué y Javier Solana. Hemos pedido a dos expertos en la construcción europea que escribieran a uña de caballo dos análisis de la cumbre de Niza y sus consecuencias: al veterano embajador (más valdría decir batallador) Javier Elorza y al avezado doctor por Harvard, José M. de Areilza Carvajal. Son dos visiones, una más optimista que la otra, que estudian los antecedentes, los resultados y su trasfondo. Pensamos, resumiendo en exceso, que lo conseguido en Niza es ambivalente: logros concretos hacia una Unión ampliada, más integrada, y al mismo tiempo contradicción, recubierta por el nacionalismo más chato, en la defensa de los intereses de los Estados, con poco aprecio al proyecto común, con un estilo que hubiera alarmado, en 1815, a los plenipotenciarios del Congreso de Viena.

Sin un proyecto supranacional, integrador, ninguno de los países europeos, ni Alemania, ni Francia, menos aún España, tendrían dimensión y peso económico, cultural, militar, para sobrevivir en un mundo de grandes formaciones estratégicas. Hemos defendido en estas páginas, durante más de un decenio, la presencia de los Estados, como protagonistas de la Unión Europea; pero hemos explicado también por qué los Estados nacionales deberían evolucionar, deprisa además, hacia un modelo capaz de fortalecer sus vidas, mientras avanzan hacia otra fórmula, distinta, superior, en la que permanezcan elementos tan fuertes como las lenguas, las culturas, el carácter profundo de cada nación. Jochen Thies, nuestro asesor, nos envía desde Berlín un texto sobre lo que Alemania significa en el centro, no sólo geográfico, de Europa: una reflexión histórica y futurista que nuestros lectores harán bien en prestarle atención.

En los dos últimos meses hemos asistido también a un increíble acontecimiento, el casi completo empate en la elección presidencial…

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