POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 51

Trabajadores en el Centro 911 de emergencias en Los Ángeles, California. GETTY

JOYA DE ARCHIVO: Estados Unidos y el poder de la información

El conocimiento, más que nunca, es poder. El país que lidere la revolución de la información será más poderoso que el resto. Para el futuro más cercano, Estados Unidos parece ser ese país.
JOSEPH S.NYE JR. & WILLIAM A. OWENS
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Hoy más que nunca, el conocimiento es poder. El país capaz de dirigir la revolución informática será más poderoso que ningún otro. Ese país, en un futuro previsible, es Estados Unidos, cuya potencia es evidente en términos militares y de producción económica. Pero su ventaja comparativa más sutil es su capacidad para recoger, procesar, elaborar y difundir información, preeminencia que casi con seguridad aumentará en el próximo decenio. Esta ventaja se deriva de las inversiones de la guerra fría y de la abierta sociedad norteamericana, gracias a lo cual domina importantes técnicas de comunicación y de tratamiento de la información –vigilancia basada en el espacio, transmisión directa, computadores de elevada velocidad– y posee una capacidad sin igual para integrar complejos sistemas informáticos.

Esta ventaja informativa puede contribuir a disuadir o derrotar las amenazas militares tradicionales a un coste relativamente bajo. En un mundo en el que ha cambiado el significado de la contención, del paraguas nuclear y de la disuasión convencional, la ventaja en información puede fortalecer el enlace entre la política exterior de Estados Unidos y su potencia militar y ofrecer nuevas formas de mantener la dirección de alianzas y coaliciones.

El poder de la información es igualmente importante como multiplicador de la fuerza de la diplomacia estadounidense, incluido el “poder suave” (soft power), o capacidad de atracción de la democracia y el libre mercado norteamericanos. Estados Unidos puede utilizar sus recursos informáticos para entablar con China, Rusia y otros Estados, un diálogo sobre seguridad y evitar así que se conviertan en hostiles. Al mismo tiempo, esa ventaja puede contribuir a evitar que países como Irán e Irak, ya hostiles, lleguen a ser fuertes. Además puede reforzar las nuevas democracias y comunicar directamente con quienes vivan bajo regímenes no democráticos. Esta ventaja es también importante en lo que se refiere a los esfuerzos por evitar y resolver conflictos regionales y el tratamiento de destacados peligros posteriores a la guerra fría, como la criminalidad internacional, el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva y el deterioro del medio ambiente.

Dos problemas conceptuales impiden que EEUU haga realidad su potencial. El primero es que unas ideas trasnochadas enturbian la apreciación de la información como poder. Las medidas tradicionales de fuerza militar, producto nacional bruto, población, energía, territorio y minerales han seguido dominando las discusiones sobre el equilibrio del poder. Esos recursos son aún importantes y el liderazgo norteamericano continúa dependiendo de ellos así como de la ventaja informática. Pero las medidas adoptadas en aquellos campos no consiguieron predecir la desaparición de la Unión Soviética y son un medio igualmente de predicción para el ejercicio del liderazgo en el próximo siglo.

En el cálculo del poder en la era de la información, ha aumentado la importancia de la tecnología, la educación y la flexibilidad de las instituciones, mientras que ha decaído la de la geografía, la población y las materias primas. Japón se adaptó a estos cambios con su crecimiento de los años ochenta mucho mejor que persiguiendo la conquista territorial en los años treinta. Al despreciar la información, las medidas tradicionales del equilibrio de poder no fueron capaces de prever los acontecimientos más importantes del decenio pasado: la caída de la Unión Soviética, el ascenso de Japón y la continuación de la preeminencia de Estados Unidos.

 

«Al despreciar la información, las medidas tradicionales del equilibrio de poder no fueron capaces de prever los acontecimientos más importantes del decenio pasado»

 

El segundo problema conceptual ha sido la falta de comprensión de la naturaleza de la información. La revolución informática, por ejemplo, está en una fase incipiente, pero se puede prever que el próximo paso será la convergencia de técnicas esenciales, como la digitalización, los ordenadores, los teléfonos, la televisión y la localización mundial exacta. Mucho más difícil es captar las consecuencias del crecimiento de las posibilidades informáticas, en especial las interacciones entre ellas. También es difícil clasificar el poder informático, porque se entrelaza con todos los demás recursos del poder militar, económico, social y político, disminuyendo su fuerza en algunos casos y multiplicándola en otros.

EEUU debe adaptar su defensa y la estrategia de su política exterior para reflejar su creciente ventaja comparativa en cuanto a recursos informáticos. Parte de esta adaptación requerirá la eliminación de viejos conceptos. Algunas de las inhibiciones de la guerra fría en cuanto a compartir información secreta, por ejemplo, impiden que EEUU aproveche nuevas oportunidades. Algunas de esas adaptaciones requerirán la innovación de las instituciones existentes. Los organismos de información secreta no tienen por qué continuar siendo reliquias de la guerra fría, sino utilizarse como instrumentos que pueden ser más poderosos, rentables y flexibles que nunca. Del mismo modo, la artificial y rígida distinción entre cuestiones militares y políticas ha impedido que EEUU suprimiera la propaganda del odio que ha incitado tantos conflictos étnicos.

 

Capacidad militar e información

La naturaleza de las fuerzas militares de EEUU está cambiando, porque traída de la mano por la revolución informática es inminente una revolución de las cuestiones militares que se deriva de avances en diversas tecnologías y –algo aún más importante– de la capacidad para reunir todas estas transformaciones y construir las doctrinas, estrategias y tácticas que se aprovechen de su potencial técnico.

ISR son las siglas inglesas de recogida de información, vigilancia y reconocimiento. “C41 avanzado” se refiere a tecnologías y sistemas que proporcionan mando, control, comunicaciones y procesamiento con ordenadores. Quizá el avance más conocido es la fuerza de precisión, gracias a las cintas de video, de los certeros proyectiles de la operación “Tormenta del Desierto”. Se trata de un concepto más amplio de lo que algunos se imaginan, porque se refiere a la capacidad general de utilizar una violencia mortífera con mayor velocidad, alcance y exactitud.

En buena medida por inversiones realizadas durante años y en parte por casualidad, EEUU está a la cabeza de las demás naciones en cada uno de esos ámbitos y su ritmo de avance aumentará espectacularmente en el decenio próximo. Los sensores, por ejemplo, proporcionarán una vigilancia continua en tiempo real y en todo tipo de condiciones climáticas sobre grandes áreas geográficas. La fusión y procesamiento de información proporcionarán a las fuerzas norteamericanas lo que se conoce como “conocimiento del espacio bélico dominante”, con una amplia asimetría entre lo que los norteamericanos y sus adversarios conocen. Con ello, EEUU será capaz de prevalecer en lo militar, lo mismo si el encuentro es en una jungla como si ocurre en una zona urbana o en un terreno semejante al de la “Tormenta del Desierto”. Las mejoras en los sistemas de mando y control y en otras tecnologías de comunicación plantean un salto en la capacidad de transferir información, imágenes y otros datos a las fuerzas en acción de manera que sean inmediatamente utilizables. En una palabra, EE UU está integrando los avances técnicos del ISR, C41 y la fuerza de precisión. El resultado es un sistema de sistemas que representa un cambio cualitativo de la capacidad militar norteamericana.

Estas tecnologías proporcionan capacidad para recoger, clasificar, procesar, transferir y desplegar información sobre acontecimientos sumamente complejos que ocurren en amplias áreas geográficas. Sin embargo, esto es importante para algo más que para la guerra. En un mundo rápidamente cambiante, la información se convierte en un artículo básico de las relaciones internacionales, de la misma forma que la amenaza y el uso de la fuerza militar se consideraban el recurso básico del poder en un sistema internacional sobre el que se cernía el eventual choque de las superpotencias.

Ha habido una explosión de la información. Pero algunos géneros de información –la exacta, oportuna y extensa– son más valiosos que otros. Las imágenes de los refugiados ruandeses huyendo del horror del odio tribal pueden producir una solidaridad mundial y la exigencia de que se emprendan acciones. Pero el conocimiento exacto de hacia dónde, cómo y en qué condiciones huyen los refugiados es fundamental para emprender una acción eficaz.

La información militar sobre la disposición, actividad y posibilidades de las fuerzas bélicas todavía es de gran importancia porque a los ejércitos se les considera aún árbitros finales de los desacuerdos. Y más concretamente, el temor a que se puedan emplear fuerzas militares figura todavía de manera destacada en lo que hacen los Estados.

La creciente interdependencia mundial no establece necesariamente una mayor armonía. Pero sí hace que la fuerza militar sea un asunto de interés para sociedades situadas fuera del escenario local. El empleo directo de la fuerza militar ya no evoca el espectro de la escalada hacia el holocausto nuclear, pero sigue siendo una actividad cara y peligrosa. La guerra del golfo Pérsico hizo subir el precio del petróleo en todo el mundo. Las operaciones militares rusas en Chechenia han influido sobre las actividades políticas de los musulmanes desde el norte de África a Indonesia. La lucha armada de Bosnia altera el carácter y el futuro de la OTAN y de las Naciones Unidas. La fuerza militar desgarra el tejido de las nuevas interrelaciones y condiciona el comportamiento político y económico de casi todas las naciones. Estas consideraciones sugieren un marco general en el cual las nuevas posibilidades de EEUU pueden ligarse a su política exterior.

 

«Las operaciones militares rusas en Chechenia han influido sobre las actividades políticas de los musulmanes desde el norte de África a Indonesia»

 

El concepto de disuasión que refuerza el nuevo sistema de sistemas militar prevé una fuerza militar lo bastante fuerte para frustrar cualquier actividad militar extranjera sin incurrir en un riesgo o coste militar proporcional. Quienes consideren un choque militar con Estados Unidos tendrán que enfrentarse con la perspectiva de que este país será capaz de invertir cualquier acción hostil con poco riesgo para sus fuerzas.

EEUU no será necesariamente capaz de disuadir o frenar a cada adversario. La disuasión depende de un desequilibrio de voluntades, así como de capacidades, y cuando un conflicto implica intereses absolutamente vitales para un adversario pero periféricos para Estados Unidos, el adversario puede que no ceda a menos que se produzca una completa victoria norteamericana en la batalla. Con todo, la relación entre la fuerza de voluntad y la capacidad bélica es recíproca. Un conocimiento superior del campo de batalla no puede eliminar el riesgo de bajas, pero puede mantenerlo lo bastante bajo como para conservar el apoyo de la población al empleo de la fuerza. La capacidad de infligir elevados costes militares en las primeras fases de un conflicto puede socavar la voluntad, la unidad y la esperanza de vencer de un adversario. Puesto que EEUU será capaz de dominar en la batalla, tiene que estar preparado para hacer frente a esfuerzos destinados a poner a prueba o minar su resolución fuera del campo de batalla con terror y propaganda. Pero la fuerza militar puede disuadir también el empleo de tales instrumentos.

 

El paraguas de la información

Las tecnologías de la información que dirigen la capacidad militar de EEUU pueden modificar la teoría clásica norteamericana de la disuasión. Amenazar con el uso de la fuerza militar no es algo que los norteamericanos hagan automática o fácilmente, y siempre ha tenido efectos secundarios indeseables. En una época en la que el “poder suave” influye cada vez más sobre los asuntos internacionales, las amenazas y la imagen de arrogancia y beligerancia que tienden a acompañarlas socavan una imagen de razón, democracia y diálogo abierto.

Las potencialidades militares nacientes de EEUU –en especial las que proporcionan mayor comprensión en tiempo real de lo que ocurre en una amplia zona geográfica– pueden ayudar a deshacer esta paradoja. Ofrecen, por ejemplo, mucha mayor transparencia previa a la crisis. Si Washington desea compartir esta transparencia, será capaz de organizar coaliciones opuestas antes de que ocurra la agresión. Pero el efecto puede ser más general, porque todas las naciones operan hoy en un mundo ambiguo, un contexto que no es enteramente tranquilizador.

En este contexto, esas nuevas potencialidades sugieren una influencia sobre los países amigos semejante a la que ofrecía en tiempos la disuasión nuclear. El paraguas nuclear proporcionaba una estructura cooperativa, ligando a EEUU, de modo mutuamente beneficioso, a una amplia gama de amigos, aliados y países neutrales. Era una respuesta lógica al asunto central de las relaciones internacionales: la amenaza de la agresión soviética. Ahora, el asunto central es la ambigüedad acerca del tipo y grado de las amenazas y la base de cooperación es la capacidad para clarificar y analizar esa ambigüedad.

La serie de guías y de significados borrosos que la guerra fría proporcionaba en tiempos ha quedado sustituida por una ambigüedad más profunda respecto a los acontecimientos internacionales. Como casi todas las naciones veían el sistema internacional a través del prisma de la guerra fría, compartían en buena medida la misma comprensión. Para muchas naciones, la naturaleza y la complejidad de la guerra de los Balcanes habrían sido entonces mucho menos importantes que el hecho de que se produjera allí una alteración violenta, porque el acontecimiento en sí podía precipitar una confrontación militar entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. Los detalles sobre choques entre guardias fronterizos chinos y soviéticos realmente no importaban; lo que contaba era que había aparecido una fisura en una de las grandes coaliciones del mundo. Ahora parecen contar más los detalles. Una vez que ha desaparecido el marco organizativo de la guerra fría, las consecuencias son más difíciles de clasificar y todas las naciones quieren saber más de lo que ocurre y por qué para decidir qué importancia tiene y qué deben hacer. El liderazgo de la coalición en un futuro previsible procederá menos de la capacidad militar para aplastar a cualquier adversario que de la capacidad para reducir la ambigüedad de las situaciones violentas, para responder con flexibilidad y para utilizar la fuerza, donde sea necesaria, con precisión y exactitud.

El núcleo de esa capacidad –conocimiento dominante de la situación– es fungible y divisible. EEUU puede compartir todo su conocimiento o parte de él con quien quiera. Esa participación capacitará a los que la reciban para tomar decisiones mejores en un mundo poco benigno y, si deciden luchar, podrían alcanzar la misma preponderancia militar que EEUU.

Esa capacidad señala hacia lo que podía llamarse un paraguas de la información, del mismo modo que la disuasión nuclear podría formar la base de una relación mutuamente beneficiosa. Washington proporcionaría conocimiento de la situación, en especial respecto a cuestiones militares de interés para otras naciones. Esas otras naciones, ya que podrían compartir esta información acerca de un acontecimiento o crisis, se sentirían más inclinadas a trabajar con EEUU.

Los comienzos de tal relación ya existen. Nacieron en el conflicto de las islas Malvinas y se están desarrollando en los Balcanes. En la actualidad, EEUU proporciona la mayor parte del conocimiento de la situación de que dispone la Fuerza de Ejecución (Ifor), la Fuerza de Protección de la ONU (Unprofor), los miembros de la OTAN y otras naciones implicadas o interesadas en el conflicto. Es posible prever un papel de información central semejante para Estados Unidos en otras crisis o confrontaciones militares en potencia, desde la aclaración de los acontecimientos de las islas Spratly hasta la penetración en la ambigüedad y confusión que rodean las operaciones humanitarias en Camboya y Ruanda.

Un conocimiento exacto y en tiempo real de la situación es la clave del logro de acuerdos con las coaliciones sobre lo que se debe hacer y es esencial para el uso eficaz de las fuerzas militares. A medida que aumente su capacidad para proporcionar esta clase de información, a EEUU se le considerará cada vez más como el líder natural, no porque sea el más fuerte, sino porque podrá proporcionar a los otros miembros de la coalición los datos más importantes para tomar buenas decisiones y emprender una acción eficaz. Del mismo modo que la supremacía nuclear era la clave del liderazgo de las coaliciones en la vieja época, la supremacía en la información será la clave en la era de la información.

Esto implica que EEUU debe compartir selectivamente el conocimiento dominante del espacio bélico C41 avanzado y fuerza de precisión. Quienes defienden conceptos antiguos podrían echarse atrás ante semejante perspectiva y habría que superar viejos prejuicios contra la apertura y generosidad respecto a lo que en términos amplios puede llamarse información secreta. En el pasado, dos premisas sostenían esta resistencia: primero, que entregar demasiada información de la mejor calidad hacía correr el riesgo de revelar e incluso perder las fuentes y métodos empleados para obtenerla; y segundo, que compartir la información revelaría lo que Estados Unidos no sabía y reduciría su rango como superpotencia.

Estos presupuestos son hoy incluso más discutibles que antes. EEUU ya no se halla en un juego de suma cero que haga de cada revelación de capacidades una pérdida potencial para uno mismo y una ganancia para el enemigo. La situación es diferente. En primer lugar, porque la disparidad entre EE UU y otras naciones es muy marcada. La inversión norteamericana en ISR excede la de todas las demás naciones juntas y Estados Unidos va en cabeza también por un margen considerable en C41 y fuerza de precisión. Ha comenzado a montar el nuevo sistema de sistemas y se encuentra ya avanzado por un camino revolucionario, mientras otras naciones ni siquiera se han dado cuenta de que hay en marcha una revolución en las cuestiones militares.

Algunas naciones podrían igualar a EEUU pero no a corto plazo. La revolución está movida por tecnologías disponibles en todo el mundo. La digitalización, el procesamiento de datos por ordenador, la localización mundial exacta y los sistemas de integración están disponibles para cualquier nación con dinero y voluntad de usarlas sistemáticamente para mejorar la potencia militar. La explotación de estas tecnologías puede ser cara. Pero más importante es que no existe un estímulo particular para que estas naciones se procuren el sistema de sistemas que EEUU está construyendo… mientras crean que no están amenazadas por él. Ésta es la naciente simbiosis entre las naciones, porque de cómo utilice EEUU su ventaja depende que otras naciones decidan emprender la carrera de la revolución informática. Si EEUU no comparte su conocimiento, añadirá incentivos para que lo igualen. Compartir selectivamente estas potencialidades es, por consiguiente, no sólo el camino del liderazgo de la coalición, sino la clave para mantener la superioridad militar norteamericana.

 

El lado ‘suave’ del poder informático

La era de la informática ha revolucionado no sólo las cuestiones militares, sino los instrumentos del “poder suave” y las oportunidades de aplicarlos. Una de las paradojas del siglo XX es que los teorizadores marxistas, igual que sus críticos, como George Orwell, advirtieron correctamente que el desarrollo tecnológico puede moldear profundamente las sociedades y los gobiernos, pero unos y otros se equivocaron en cuanto a cómo ocurriría. El cambio tecnológico y el económico han demostrado ser, en su mayor parte, fuerzas plurales que llevan a la formación de mercados libres y no fuerzas represivas que potencian el poder central.

Uno de los factores impulsores del notable cambio ocurrido en la Unión Soviética fue que Mijail Gorbachov y otros dirigentes soviéticos comprendieron que la economía soviética no podía avanzar de la fase extensiva o industrial a la intensiva o posindustrial, a menos que disminuyeran las trabas impuestas, desde ordenadores a fotocopiadoras, tecnologías todas ellas que también pueden diseminar ideas políticas diversas. China quiso resistir esta marejada, intentando restringir el uso del fax después de la matanza de 1989 en la plaza de Tiananmen, cuando el aparato fue un medio de comunicación básico entre los manifestantes y el mundo exterior, pero el intento fracasó. Hoy no sólo los faxes sino las antenas para satélites han proliferado en China, y el propio gobierno ha comenzado a montar conexiones con Internet y proyecta instalar todos los años las líneas telefónicas equivalentes a las de una gran empresa de comunicaciones.

Este nuevo paisaje político y tecnológico está hecho para que Estados Unidos se aproveche de sus formidables instrumentos del “poder suave”, para que proyecte la atracción de sus ideales, ideología, cultura, modelo económico e instituciones sociales y políticas, y para que obtenga ventaja de sus redes de negocios y telecomunicaciones internacionales. Su cultura popular domina el cine, la televisión y las comunicaciones electrónicas. Su educación superior atrae a 450.000 estudiantes al año. No todos los aspectos de la cultura norteamericana son atractivos, por supuesto, especialmente para los musulmanes conservadores. Sin embargo, el liderazgo estadounidense en la revolución informática ha aumentado generalmente el conocimiento mundial de las ideas y valores norteamericanos y la apertura hacia ellos.

En este entorno rico en información, los responsables de cuatro funciones básicas pueden beneficiarse de la ventaja comparativa de EEUU en recursos informáticos y de “poder suave”. Estas funciones son: fomentar la transición a la democracia en los restantes Estados comunistas y autoritarios; evitar la marcha atrás en democracias nuevas y frágiles; prevenir y resolver conflictos regionales; y solucionar las amenazas del terrorismo, el crimen internacional, la proliferación de las armas de destrucción masiva y el deterioro del medio ambiente mundial. Cada una de ellas exige una estrecha coordinación de los componentes militar y diplomático de la política exterior de Estados Unidos.

Aproximación a Estados no democráticos y ayuda a transiciones democráticas. Numerosos regímenes no democráticos sobreviven a la guerra fría y no sólo Estados comunistas como China y Cuba, sino una variedad de gobiernos no elegidos y formados por grupos sociales, étnicos, religiosos o familiares, autoritarios o dominantes. Ominosamente, algunos de estos gobiernos han intentado adquirir armas nucleares, entre ellos Libia, Irán, Irak y Corea del Norte. La política de Washington hacia esos países se hace a la medida de sus circunstancias respectivas y de su comportamiento internacional. EEUU debe continuar una aproximación selectiva hacia países como China, que muestran promesas de unirse a la comunidad internacional, al tiempo que actúa para contener a aquellos regímenes como el de Irak, que no ofrecen tales esperanzas. EEUU debe aproximarse a sus pueblos, manteniéndolos informados de los acontecimientos mundiales y ayudándolos a prepararse para edificar sociedades democráticas de mercado cuando se presente la oportunidad.

Organizaciones como la Agencia de Información de Estados Unidos (USIA) son fundamentales para contribuir a las transiciones democráticas. También en esto es instructivo el caso chino. La organización de transmisiones internacionales de la USIA, La Voz de América, se ha convertido en los últimos años en la fuente de noticias primaria del sesenta por cien de los chinos con un cierto grado de educación. La cada vez mayor capacidad técnica de Estados Unidos para comunicarse con la gente de otros países, literalmente saltándose a sus dirigentes vía satélite, proporciona una gran oportunidad para fomentar la democracia. Es paradójico ver cómo el Congreso debate si va o no a desmantelar la USIA precisamente cuando su potencial está aumentando en gran medida.

Protección de las nuevas democracias. Numerosos Estados democráticos han surgido del bloque comunista soviético y de los regímenes dictatoriales de otras regiones como Latinoamérica, donde, por primera vez, todos los países salvo Cuba tienen gobiernos elegidos. Una tarea importante para EE UU es evitar que vuelvan al autoritarismo. La protección y la ampliación de la comunidad de democracias de mercado sirve a los intereses de seguridad, políticos y económicos de EEUU. Las democracias capitalistas son mejores socios comerciales y rara vez combaten unas contra otras.

Es importante en este aspecto el Programa Internacional de Educación y Preparación Militar (IMET). Iniciado en los años cincuenta, el IMET ha preparado a más de medio millón de oficiales extranjeros de alto nivel en los métodos militares norteamericanos y en las relaciones civiles-militares democráticas. Con el fin de la guerra fría, el programa se ha ampliado para abarcar las necesidades de las nuevas democracias y subraya la preparación de civiles para supervisar las organizaciones y los presupuestos militares. Con un presupuesto anual de menos de cincuenta millones de dólares, el IMET es completamente eficaz en costes. Dos empresas semejantes del departamento de Defensa son el centro Marshall de Garmisch (Alemania) y el centro Asia-Pacífico para Estudios de Seguridad de Hawai, que preparan a estudiantes militares y civiles y fomentan los contactos entre los parlamentos, los ejecutivos y las organizaciones militares de las nuevas democracias.

Prevención y resolución de conflictos regionales. Los conflictos comunales, o conflictos sobre identidades étnicas, religiosas o nacionales enfrentadas, a veces crecen como resultado de campañas de propaganda lanzadas por dirigentes demagógicos, en especial aquellos que quieren apartar la atención de sus propios fracasos, establecer sus credenciales nacionalistas o adueñarse del poder. Pero en los países en desarrollo, los teléfonos, la televisión y otras formas de telecomunicaciones están creciendo rápidamente, creando una puerta para campañas de información de la USIA y otras agencias para minar la determinación y unidad artificiales creadas por la propaganda étnico-nacionalista. En ocasiones, se puede utilizar la tecnología militar de EE UU para suprimir o interferir las emisiones que incitan a la violencia, mientras la USIA pue- de ofrecer reportajes no tendenciosos y denunciar las informaciones falsas. Los ataques aéreos de EE UU contra las instalaciones de comunicaciones serbias, por ejemplo, produjeron el beneficio extra de hacer más difícil la transmisión de propaganda serbia.

La negociación del acuerdo de paz bosnio en Dayton el otoño pasado ilustra una dimensión diplomática de la potencia de información. Washington consiguió un acuerdo donde otros negociadores habían fracasado durante años, en parte por sus superiores ventajas informativas. La capacidad de seguir las actividades de todas las partes en el terreno contribuyó a crear confianza en que el acuerdo se podría verificar, mientras unos detallados mapas de Bosnia redujeron los posibles malentendidos. Los mapas de realidad virtual tridimensionales diseñados por Estados Unidos también ayudaron indudablemente a las partes negociadoras a trazar líneas de cese el fuego y a aclarar si los vehículos que viajaran por diversas carreteras podrían ser blanco de armas de fuego directo y demostraron en general la capacidad de las tropas norteamericanas para manejarse en el terreno de Bosnia tan bien como cualesquiera de los grupos militares locales, o mejor que ellos.

Las campañas de información para denunciar la propaganda a principios del conflicto de Ruanda podrían haber mitigado la tragedia. Ruanda tiene sólo 14.000 teléfonos, pero unas 500.000 radios. Unas pocas medidas sencillas, como suprimir las emisiones de radio extremistas hutus que propugnaban ataques contra civiles, o emisiones de La Voz de América, que expusieran las verdaderas acciones y objetivos de los que pretendían secuestrar el gobierno e incitar al genocidio, podrían haber contenido o evitado la matanza.

Esos casos señalan la necesidad de que haya una coordinación más estrecha entre la USIA y el departamento de Defensa en la identificación de radios que esparcen el odio o las transmisiones de televisión que incitan a la violencia y en la toma de medidas para suprimirlas y proporcionar mejor información. En algunos casos, EEUU podría compartir información secreta con las partes de una disputa para asegurarles que la otra parte no prepara una ofensiva ni hace trampas en el control de armamentos y otros acuerdos.

Crimen, terrorismo, proliferación y medio ambiente. La cuarta misión es concentrar la tecnología de información de EE UU sobre el terrorismo y el crimen internacional, el contrabando de drogas, la proliferación de armas de destrucción masiva y el medio ambiente. El director de la CIA, John M. Deutch, ha centrado los esfuerzos de su agencia sobre las cuatro primeras, al tiempo que la nueva oficina de Asuntos Mundiales del departamento de Estado se ha puesto en cabeza en lo que se refiere a las cuestiones de medio ambiente. La información ha sido siempre el mejor medio de evitar y contrarrestar los ataques terroristas y EEUU puede llevar al ámbito extranjero la misma clase de tratamiento de la información que el FBI utilizó en el interior para capturar y condenar a los terroristas que pusieron explosivos en el World Trade Center de Nueva York. En cuanto a crimen internacional y contrabando de drogas, varias agencias de Estados Unidos, entre ellas la CIA, el FBI, la Agencia de Información Secreta de Defensa y el departamento de Defensa, han comenzado a trabajar juntas y con sus equivalentes extranjeras para reunir información y recursos. Estas empresas pueden ayudar a EEUU a derrotar a los adversarios en el campo de batalla y fuera de él.

EEUU ha utilizado sus recursos de información para descubrir el programa de armas nucleares de Corea del Norte y negociar un detallado acuerdo para desmantelarlo, descubrir rápidamente la cooperación nuclear rusa y china con Irak y frustrarla, apoyar las inspecciones de la ONU sobre las instalaciones nucleares iraquíes y ayudar a salvaguardar los depósitos de uranio enriquecido, existentes en las antiguas repúblicas soviéticas. Y la acumulación de pruebas sobre los peligros del medio ambiente, como el calentamiento de la atmósfera y la reducción del ozono, gran parte de ellas reunidas y difundidas por científicos americanos y agencias del gobierno de EEUU, ha contribuido a que otros Estados entiendan estos problemas y pueden comenzar a señalar el camino de los remedios rentables.

 

El mercado no bastará

Muchas de las acciones emprendidas en estas cuatro tareas generales han sido ignoradas o desdeñadas por algunos que se han aferrado a estrechas nociones sobre la seguridad de EEUU y sobre el papel de las diferentes agencias para sostenerla. Algunos miembros del Congreso, por ejemplo, se han resistido a apoyar cualquier gasto defensivo que no se refiera directamente a las tropas de combate y su equipo. Sin embargo, la defensa por otros medios es relativamente barata. Programas como la Asociación para la Paz, la USIA, el IMET, el centro Marshall, el centro Asia-Pacífico, los diálogos entre militares patrocinados por el mando unificado de Estados Unidos y el ministerial de Defensa de las Américas constituyen sólo una diminuta fracción del presupuesto de defensa. Aunque es imposible cuantificar las contribuciones de esos programas, estamos convencidos de que son sumamente rentables en el servicio de las necesidades de su seguridad. De modo semejante, los logros de la USIA, así como los del IMET y otros instrumentos de “poder suave” deberían ser más apreciados. La influyente contribución de la USIA para mantener viva la idea de la democracia en el bloque soviético durante la guerra fría podría ser un mero prólogo.

Las organizaciones no gubernamentales, así como los millones de individuos que comunican con amigos y colegas en el extranjero, han hecho mucho para difundir mundialmente noticias e información. Pero el gobierno de EE UU no debe delegar la función de establecimiento de objetivos a los medios informativos, porque el mercado y los individuos no pueden cubrir todas las necesidades de su política exterior. La Voz de América, por ejemplo, transmite en 48 idiomas y tiene un auditorio mucho mayor que la CNN, que transmite sólo en inglés. El papel de la emisora en China ilustra sobre el problema del fracaso del mercado: una de las razones de que sea la fuente más importante de noticias para los chinos con cierto nivel de educación es que Rupert Murdoch dio fin a sus transmisiones del servicio mundial de noticias televisadas de la BBC –según se dice– para conseguir una concesión comercial del gobierno comunista chino. Además, La Voz de América puede radiar en lenguas, como la serbocroata, que se hablan en áreas geográficas demasiado pequeñas para ser consideradas comercial- mente como poco más que un pequeño mercado marginal, pero crítico para la política exterior. Sin embargo, los actuales recortes presupuestarios podrían obligar a La Voz de América a suprimir sus emisiones en nada menos que veinte idiomas.

 

«La Voz de América, por ejemplo, transmite en 48 idiomas y tiene un auditorio mucho mayor que la CNN, que transmite sólo en inglés»

 

El mercado no encontrará medios privados para suprimir emisiones como las de los perpetradores del genocidio de Ruanda. No hay incentivo económico para abrirse paso a través de los intentos extranjeros de interferir las emisiones o para recopilar detalladas informaciones sobre la violencia comunal en los aproximadamente treinta conflictos que hay en curso y que rara vez pasan a primera página. Si se le deja a su arbitrio, es probable que el mercado continúe teniendo un tipo sumamente desigual de acceso a Internet. De las 15.000 redes que existían en Internet a comienzos de 1994, sólo 42 estaban en países musulmanes y 29 de ellas en Turquía e Indonesia. En consecuencia, la USIA y la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos han trabajado para mejorar el acceso mundial a Internet.

El final prematuro de lo que el fundador de la revista Time, Henry Luce, llamó el “siglo americano” ha sido proclamado más de una vez por los discípulos de la decadencia. En realidad, será el siglo XXI, no el XX, el período de máxima preeminencia de Estados Unidos. La información es la nueva moneda del poder internacional y EEUU está en mejor posición que ningún otro país para multiplicar la capacidad de sus recursos en potencia suave y dura mediante la información. Esto no quiere decir que EEUU pueda actuar unilateralmente, y mucho menos coercitivamente, para conseguir sus objetivos internacionales. La belleza de la información como un recurso del poder es que, aunque pueda potenciar la efectividad de la potencia militar en sí, inevitablemente democratiza las sociedades. Los regímenes comunistas y autoritarios que esperaban mantener su autoridad centralizada al tiempo que recogían los beneficios económicos y militares de las tecnologías de la información, descubrieron que habían firmado un pacto fáustico.

Estados Unidos puede aumentar la efectividad de sus fuerzas militares y hacer que el mundo sea más seguro para la difusión del “poder suave”, consustancial ventaja comparativa de EE UU. Pero una estrategia basada en la ventaja informativa y en el “poder suave” de este país tiene algunos requisitos. Hay que conceder fondos adecuados para las necesarias tecnologías y programas de defensa, ISR, C41 y fuerza de precisión. Ello no exige un presupuesto de defensa mayor, pero quiere decir que al departamento de Defensa se le debe conceder flexibilidad para establecer las prioridades en lo que a fondos dentro de su primera línea de atenciones presupuestarias se refiere. Las imposiciones del Congreso de programas rechazados por los dirigentes militares y civiles del departamento de Defensa estorban esa flexibilidad y retrasan la fuerza militar que se puede obtener completando la revolución de las cuestiones militares. Los canales para tratar de estas nuevas potencialidades militares con las alianzas y coaliciones deben ser apoyados: con- tactos directos entre militares, IMET y los centros Marshall y Asia-Pacífico. La información es a menudo un bien público, pero no es libre. Hay que aflojar las restricciones en la participación de las potencialidades del sistema de sistemas y el traspaso selectivo de información secreta, imágenes y toda la gama de las crecientes potencialidades de ISR de EEUU.

Se deben mantener los canales de transmisión diplomática y pública a través de los cuales se pueden aplicar los recursos y ventajas de la información. La USIA, La Voz de América y otras agencias de información necesitan fondos adecuados. La legislación de la época de la guerra fría que autorizó la USIA ha cambiado poco desde comienzos de los años cincuenta y traza una línea demasiado tajante en su prohibición a la USIA de difundir información en el interior del país. Por ejemplo, aunque a la USIA se le deba seguir prohibiendo dirigir sus programas al público nacional, el Congreso le ha impedido incluso anunciar sus puntos de Internet en periódicos que llegan a públicos nacionales además de extranjeros. En su lugar, el Congreso debería apoyar activamente los esfuerzos de la USIA por explotar tecnologías nuevas, incluido el nuevo Electronic Media Team de la agencia, que está trabajando por montar en World Wide Web páginas sobre la democratización y la creación y funcionamiento de los libres mercados.

El requisito final y fundamental es la conservación de la clase de nación que se encuentra en el núcleo de la atracción que ejerce el “poder suave” de Estados Unidos. En los últimos años esta baza tan extremadamente valiosa de política exterior se ha puesto en peligro por la creciente percepción internacional de EEUU como una sociedad dominada por el crimen, la violencia, el abuso de las drogas, la tensión racial, la ruptura de la familia, la irresponsabilidad fiscal, el bloqueo político y un discurso político cada vez más áspero en el que los puntos de vista extremos son los que hacen los titulares más grandes. Las políticas exterior e interior de Estados Unidos están inextricablemente entrelazadas. Una sana democracia en el interior, accesible en todo el mundo a través de las comunicaciones modernas, puede estimular el crecimiento de la comunidad pacífica de las democracias, que es en definitiva la mejor garantía de un mundo seguro, libre y próspero.