Autor: Rutger Bregman
Editorial: Bloomsbury
Fecha: 2020
Páginas: 463
Lugar: Londres

Manual para descifrar la naturaleza humana

Según explica el historiador holandés Rutger Bregman en 'Humankind', el pesimismo antropológico se basa en la teoría de que la civilización es solo un tenue barniz que desaparece bajo presión. La verdad es otra.
LUIS ESTEBAN G. MANRIQUE
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“Los seres humanos son tan parecidos, en todos los lugares y épocas, que la Historia no nos puede enseñar nada nuevo ni extraño sobre ellos. Su propósito es otro: descubrir los principios universales e inalterables de la naturaleza humana”.
David Hume, Treatise of human nature (1739)

 

Al principio de la pandemia, Branko Milanovic, un reconocido experto en pobreza y desigualdad económica del Banco Mundial, señaló en Foreign Affairs que el mayor peligro de la crisis no era sanitario ni económico, sino su capacidad para provocar una “desintegración social”. Si la gente caía presa de la desesperación y la ira, advirtió, podían producirse saqueos y fugas carcelarias masivas como las que ocurrieron en Nueva Orleans tras el paso del huracán Katrina en 2005. En tal caso, si los gobiernos recurrían a la fuerza militar para reprimir los disturbios, muchas sociedades comenzarían a “desintegrarse”. Fawaz Gerges, profesor de la London School of Economics, pronosticó, por su parte, que la epidemia podía activar en el mundo árabe revueltas mayores y más violentas que las de 2011.

Sus prevenciones estaban justificadas. En entornos de alta densidad demográfica y sin agua potable, quedarse en casa ni siquiera evita que el virus se propague, con lo que países como India y Brasil corrían el riesgo de tener lo peor de ambos mundos: pobreza masiva por cierres y enfermedades y muertes por el virus. Según la Organización Internacional del Trabajo, más de 2.000 millones de personas dependen de su trabajo diario para sobrevivir. En Brasil hay unos 12 millones de favelados, es decir, en condiciones de hacinamiento, con escasez de agua y sin recogida de basura.

En Belem do Pará, la mitad de la población vive en favelas; en Salvador de Bahía, un tercio, y en Río de Janeiro, la cuarta parte, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). La densidad de Rocinha, la mayor favela de Río, es de 49.000 habitantes por kilómetro cuadrado, casi nueve veces más que la del resto de la metrópolis carioca. La de Dharavi en Mumbai es de 200.000 personas por kilómetro cuadrado, frente a los 27.000, por ejemplo, de Manhattan. En esas condiciones, el coronavirus podía actuar como una chispa en una pradera reseca.

 

La violencia que no fue

Cien días después de cierres y cuarentenas, sin embargo, el polvorín no explotó, pese a que literalmente de la noche a la mañana decenas de millones de personas se quedaron sin trabajo, medios de subsistencia o canales para recibir ayudas del Estado desde México a Filipinas.

El virus llegó a una América Latina aún convulsionada por las multitudinarias protestas que sacudieron Ecuador, Bolivia, Colombia y Chile a finales de 2019. Ahora sus sociedades han acatado con relativa docilidad las privaciones del enclaustramiento, pese a sufrir el embate simultáneo de empobrecimiento y sistemas de salud en escombros.

En Lima, donde 1,2 de sus 10 millones de habitantes no tienen acceso al agua, decenas de miles de personas emprendieron marchas a pie de cientos de kilómetros para volver a sus pueblos en la sierra y la selva en lugar de saquear la ciudad. En India se produjo un éxodo similar, cuando cientos de miles de informales se quedaron sin trabajo en Nueva Delhi y Mumbai.

En casi todas partes han predominado la solidaridad y la gratitud hacia quienes, como el personal sanitario, han arriesgado sus vidas para salvar las de otros. En las periferias, como el conurbano de Buenos Aires, donde la gente no puede aislarse ni tiene ahorros ni cómo preservar alimentos, han vuelto a surgir las “ollas populares” para compartir lo que hay.

 

Temples de acero

Después del colapso de Francia en 1940, los nazis apostaron a que el último bastión que se les resistía –las islas británicas– se doblegaría ante la Luftwaffe porque el caos, el pánico y la histeria que provocarían sus bombas serían tales que el miedo paralizaría el país y obligaría a claudicar a Londres.

Hitler, como Mussolini, Stalin, Churchill y Roosevelt, había leído Psychologie del foules (1895), del escritor antisemita francés Gustave Le Bon, que sostenía que en condiciones críticas, el ser humano revela su verdadera naturaleza, descendiendo “varios peldaños en la escalera de la civilización”. Durante el Blitz, sin embargo, predominó el estoicismo y la entereza, como reflejó un dicho que se hizo célebre: Keep Calm and Carry On!

Frederick Lindemann, el principal asesor científico de Churchill, envió un equipo de psicólogos a Birmingham y Hull para estudiar las áreas bombardeadas y ver si ataques similares podrían destrozar la moral de los alemanes. Aunque su informe concluyó que no había evidencia de que algo así pudiese ocurrir, Churchill ignoró sus recomendaciones y promovió los bombardeos round-the-clock contra las ciudades alemanas. Entre 1940 y 1944, sin embargo, la producción alemana de tanques se multiplicó por nueve y la de aviones de combate, por 14. Estados Unidos arrojó más bombas sobre Corea y Vietnam que sobre Alemania y Japón en toda la Segunda Guerra Mundial. En Pyongyang y Hanoi aún gobiernan los partidos comunistas que soportaron la tormenta de fuego.

 

Cínicos e ingenuos

Desde Maquiavelo a Hobbes y de Freud a Dawkins reina la idea en Occidente de que los seres humanos son por naturaleza egoístas. En El Príncipe (1513), el célebre pensador florentino sostiene que los hombres son en general “ingratos, volubles e hipócritas”. “Descendemos de una serie interminable de asesinos”, observó, por su parte, el padre del psicoanálisis.

Hobbes, el filósofo del realismo político, describió la vida humana en el “estado natural” como “solitaria, corta, sucia y brutal”: una guerra perpetua de todos contra todos –Bellum omnium contra omnes– que solo el Leviatán puede acabar.

Al final, el mecanismo de la “profecía autocumplida” logra justo lo que quiere evitar. George Gerbner (1919-2005), que estudió la propaganda política en la Universidad de Berkeley, acuñó el término “síndrome del mundo malvado”, cuyos síntomas son el cinismo, la misantropía y el pesimismo.

En su nuevo libro–tras el éxito de Utopia for Realists (2017), en el que abogaba por una renta universal como la que acaba de aprobar España–, Rutger Bregman propone una idea que considera “radical, subversiva y peligrosa”: que la mayoría de las personas son esencialmente decentes.

Según explica el historiador holandés en Humankind, el pesimismo antropológico se basa en la teoría de que la civilización es solo un tenue barniz que desaparece bajo presión. La verdad, como creía Rousseau, es la contraria: son las instituciones civilizadas las que corrompen a las personas. La creencia en la intrínseca perversión humana es, por ello, una peligrosa ficción que genera racismo, exclusión social y miedo. Lo realmente realista y “revolucionario”, defiende Bregman, es asumir la predisposición innata de las personas a colaborar entre sí.

 

El origen del mal

Es difícil no estar de acuerdo con la idea de que el diseño de las instituciones políticas depende mucho de los principios morales que las animan. El liberal sistema carcelario de Noruega, esgrime Bregman, explica que el país escandinavo tenga la menor tasa de reincidencia del mundo: 20%, frente al 60% de EEUU, donde la tasa de encarcelamiento (670 por 100.000 habitantes) se ha multiplicado por siete desde los años setenta, con lo que hoy es siete veces la de Francia, nueve la de Alemania y 14 la de Japón.

Pero ni los más severos sistemas penales quiebran a ciertos espíritus. Nelson Mandela es un ejemplo. Estuvo encarcelado 27 años. Todo ese tiempo lo utilizó para reflexionar sobre qué haría una vez que recuperara su libertad. Tras salir de la cárcel, fue elegido presidente de Suráfrica y nombró como vicepresidente a Frederik W. de Klerk, su antiguo carcelero, porque lo necesitaba para reconciliar el país. Los años de cautiverio no nublaron su juicio.

Bregman, hijo de un pastor calvinista, es tan persuasivo que hasta Timothy Snyder, historiador del Holocausto y autor de Blood Lands (2011) y On Tyranny (2017), le agradece haber escrito “un libro capaz de inspirar un futuro mejor”. No es el único. Rupert Murdoch fue fotografiado en diciembre de 2018 con Utopia for Realists en una playa caribeña.

Aunque su optimismo es contagioso, deja sin contestar la pregunta de Epicuro: unde malum. ¿De dónde viene el mal? Según Bregman, del “sabotaje antropológico” de círculos interesados en manipular las bajas pasiones con designios protervos: la prensa sensacionalista, con su hábito de exagerar las malas noticias; Hollywood, con su obsesión con asesinos en serie y todo tipo de perversiones. La maldad sería así una anomalía alentada por minorías interesadas en explotar tribalismos violentos.

 

Náufragos y demonios

El señor de las moscas, la famosa novela de William Golding, describe el descenso al salvajismo de un grupo de jóvenes aislados en la isla donde naufragan. Bregman descubrió una versión alternativa: la verdadera historia de siete estudiantes de la isla polinesia de Tonga que naufragaron en un islote desierto en el que vivieron 15 meses. Cuando los descubrió en 1965 el capitán australiano Peter Warner, encontró que habían plantado una huerta, construido un gimnasio y encendido una hoguera cuyo fuego mantenían vivo entre todos. Golding, según Bregman, tenía simpatías nazis, episodios de alcoholismo, depresión y maltrato infantil. El comité del Nobel que le premió elogió en su obra la “perspicacia y realismo de su arte narrativo”.

 

‘Homo cooperans’

Siguiendo a Rousseau, Bregman cree que los cazadores-recolectores, nómadas durante 300.000 años, perdieron su inocencia y armonía con la naturaleza cuando se convirtieron en agricultores sedentarios hace 12.000 años. Y con el Estado y la propiedad privada vinieron la pobreza, las guerras y las plagas, una visión idílica de un supuesto Edén pre-agrario algo ingenua, pero que Bregman defiende con sugestivos argumentos arqueológicos.

El pesimismo antropológico, por otra parte, no solo no es dañino, sino que es necesario para limitar la capacidad de hacer daño del Leviatán. Los padres fundadores de EEUU, fieles lectores de Hume, creían que las leyes morales eran empíricas y observables. “Todos los hombres serían tiranos si pudieran”, escribió John Adams, segundo presidente de EEUU, quizá exagerando. Pero ese escepticismo explica la vigencia y vitalidad de las instituciones que diseñaron él, Washington, Jefferson y Franklin.

Tampoco parece plausible su tesis de que los nazis actuaron convencidos de que lo hacían todo por motivos altruistas. Dirigiéndose a la cúpula de las SS en 1943, Himmler dijo que sus hombres habían protagonizado una “gloriosa página de nuestra historia que aún no se ha escrito y que nunca se escribirá”.

Aunque pretende evitarlo con sus observaciones eruditas, el libro a veces orilla los tópicos de los textos de autoayuda, con un capítulo final con su propio decálogo en el que recomienda “no avergonzarse” de ser amable.

Su tesis de que defender esas ideas significa enfrentarse a los “poderes fácticos” presupone, por otra parte, la existencia de cábalas secretas de misántropos, una idea peligrosa en tiempos en los que proliferan teorías conspirativas sobre supuestas elites globalistas digitadas por Bill Gates o George Soros.

Pese a todo, en un escenario intelectual en el que predominan el nihilismo y un sofisticado pesimismo, Humankind ofrece otra perspectiva, más saludable y probablemente imprescindible en los tiempos que corren. La solución a muchos de los problemas actuales del mundo –el cambio climático, entre ellos– depende de que el homo cooperans extienda la generosidad que reserva a sus “endogrupos” –étnicos, religiosos, nacionales…– a la humanidad entera. De que lo consiga quizá dependa su propia supervivencia.