¿Un mundo más violento? Terrorismo y seguridad humana

ADRIÁN VIDALES
 |  4 de mayo de 2016

¿Vivimos en un mundo más o menos violento que el de hace 30 años? Esta es una de las preguntas que ha marcado el debate entre especialistas en seguridad internacional en las últimas décadas. A responderla se han dedicado numerosos estudios, que comparan las realidades bélicas de los años anteriores y posteriores a la caída del muro de Berlín. Entre defensores y detractores de la teoría de las “nuevas guerras” corren ríos de tinta y hoy no estamos cerca de un consenso en la doctrina sobre si las guerras actuales son más o menos sangrientas que las del pasado. Un debate, por otro lado, completamente estéril.

La naturaleza del conflicto armado ha cambiado diametralmente en las últimas dos décadas. De escenarios bélicos representados en un alto porcentaje por Estados soberanos en lucha, cambiamos a un escenario donde los conflictos interestatales pasan a un segundo plano en favor de conflictos internos dentro de los límites territoriales de uno u otro país. Sin embargo, las verdaderas amenazas a la seguridad internacional no provienen de estos conflictos, sino de los fenómenos transnacionales violentos que surgen y se fortalecen al calor de los mismos, y de la descomposición de Estados fallidos o débiles tras años de guerra. Así, el siglo XXI ve surgir y fortalecerse realidades como el crimen organizado y, sobre todo, el terrorismo internacional, principales amenazas a la seguridad de numerosas sociedades a lo largo y ancho del mundo. Amenazas para cuyo combate eficaz seguimos sin estar preparados.

La aparición del terrorismo islamista en la escena internacional supone un desafío para las concepciones de seguridad tradicionales. El surgimiento de organizaciones que –como Al Qaeda y Dáesh– actúan como “franquicias de la violencia” con numerosas células diseminadas por múltiples países –al margen de la capacidad que Dáesh ha demostrado para poner en pie un “proto-Estado”– representa una nueva realidad imposible de atajar por medios convencionales. Si a esto se suma el universo de posibilidades que facilitan internet y la globalización de las telecomunicaciones, y su aprovechamiento por parte de estos grupos para el desarrollo de nuevas fórmulas de comunicación, adaptación del discurso y captación de nuevos militantes, el reto que el terrorismo transnacional supone para las fuerzas de seguridad del Estado se hace evidente. Por otro lado, y como acertadamente señalaba Alyson Bailes, “la labor de inteligencia militar tradicional no está adaptada para anticipar y hacer seguimiento de sus actividades, y los recursos militares tradicionales no funcionan para eliminarlos”. Estados Unidos lo aprendió en Afganistán. Por tanto, la respuesta a estas amenazas, a menudo impredecibles por cuanto no se mueven dentro de las coordenadas establecidas, no debe ser afrontada desde la estrecha mira de la defensa convencional. Defensa y seguridad no son lo mismo.

 

Es necesaria una nueva concepción de la seguridad que tome como referencia al individuo y no al Estado

 

 

Nuevas amenazas a la seguridad requieren siempre de nuevas concepciones para combatirlas. Debemos entender que la lucha contra el terrorismo transnacional requiere de nuevos planteamientos de seguridad; y que la pura y simple acción militar o policial, a menudo implementada de forma reactiva, no basta para rechazar sus ataques y garantizar un nivel óptimo de protección para las sociedades de todo el mundo. Resulta fundamental la implementación de políticas que desactiven las causas del terrorismo en origen. Y para ello se hace imprescindible el paso del paradigma de “seguridad nacional” al de “seguridad humana”.

Es necesaria una nueva concepción de la seguridad que, tomando como referencia al individuo y no al Estado, englobe las siete dimensiones destacadas por numerosos expertos y estudios: seguridad económica, alimentaria, sanitaria, medioambiental, personal, comunitaria y política. La institucionalización global de una estrategia de seguridad humana conjunta que asumiese la protección de las sociedades frente a amenazas físicas directas (freedom from fear) y el desarrollo sostenible de estas sociedades (freedom from want) –a fin de eliminar en origen las razones estructurales de carácter socioeconómico que están detrás del recurso a la violencia– supondría un gran paso hacia el final de numerosos conflictos armados internos y de las amenazas transnacionales que surgen a su calor. Asimismo, incidir en los aspectos socioeconómicos de la seguridad humana debilitaría la capacidad de captación de organizaciones terroristas que se nutren en buena medida de la falta de oportunidades y futuro de muchos jóvenes en numerosos países del mundo.

Países como Canadá o Japón ya han comprendido el potencial que para la seguridad mundial podría tener la apuesta decidida por una agenda de seguridad humana, y junto con las Naciones Unidas ya han comenzado a marcar el camino a seguir. El impulso por parte canadiense de la Red de Seguridad Humana –organización integrada por 13 países con el propósito de promover la inclusión de la seguridad humana en todas las políticas públicas nacionales e internacionales– y el apoyo de Japón al Fondo Fiduciario de la ONU para la Seguridad Humana –cuyos siete primeros años de vida estuvieron costeados en exclusiva por Tokio– son claras muestras de la apuesta decidida de algunos actores de la sociedad internacional por esta nueva concepción.

Una estrategia de seguridad no debe permanecer inalterable, sino que debe adaptarse a los acontecimientos y a los nuevos escenarios. Sin lugar a dudas, el despliegue de medios militares convencionales jugará un papel crucial para acabar con el autoproclamado califato de Dáesh. Pero la lucha contra el terrorismo no terminará con la caída de Raqqa o Mosul, pues Dáesh tan solo representa la cara más reciente de un fenómeno que, por desgracia, está llamado a seguir siendo la principal amenaza a la seguridad internacional durante los años por venir.

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