La cumbre de la OTAN que se celebrará en Ankara los días 7 y 8 de julio tendrá lugar en un momento en que la alianza transatlántica atraviesa una situación de parálisis. Las principales políticas estratégicas –y, posiblemente, las más fundamentales– han quedado prácticamente congeladas. Esto afecta tanto al futuro de la integración euroatlántica y la eventual adhesión de Ucrania a la OTAN como a la urgente necesidad de una estrategia de contención frente a Rusia y, en un plano más amplio, a la configuración de Europa como un actor geoestratégico con capacidad propia.
En este contexto, el objetivo principal de la cumbre será limitar los daños. Se presentará como una oportunidad para que la OTAN demuestre unidad y avances en los compromisos ya asumidos, más que como un foro destinado a abordar cuestiones estratégicas de fondo. Al centrarse en el fortalecimiento de la disuasión y la defensa –especialmente en el aumento del gasto militar y otros aspectos relacionados, como las iniciativas operativas–, así como en el apoyo práctico a Ucrania, se espera que la cumbre exhiba resultados que representen el mínimo común denominador necesario para preservar la cohesión de la Alianza, al menos de cara al exterior.
En materia de disuasión y defensa, la cumbre evaluará y pondrá de relieve los avances en el compromiso, adoptado en la cumbre de La Haya el año pasado, de destinar el 5 % del PIB al gasto en defensa y seguridad antes de 2035. El énfasis recaerá en acelerar la producción de material de defensa y reforzar la base industrial transatlántica del sector.
Sin embargo, España, Eslovaquia e incluso Estados Unidos han dejado claro desde el principio que no cumplirán ese compromiso, mientras que muchos otros miembros de la OTAN, entre ellos Francia e Italia, carecen de planes creíbles para alcanzar el nuevo objetivo. Al mismo tiempo, algunos aliados, como la República Checa, Albania y Eslovenia, ni siquiera cumplen el antiguo objetivo del 2 % del PIB en gasto en defensa, aunque tanto ellos como la propia OTAN hayan sostenido lo contrario.
En cuanto a la base industrial transatlántica de defensa, persiste una profunda divergencia entre países como Francia, firmemente comprometida con el desarrollo de una industria europea de defensa, y Estados Unidos, cuyo principal interés radica en mantener el acceso al creciente mercado europeo.
Trasladar la carga
Los recientes e importantes recortes anunciados en la contribución estadounidense al Modelo de Fuerzas de la OTAN plantean un nuevo desafío para los países europeos y Canadá.
El Modelo de Fuerzas de la OTAN es el marco que establece la disponibilidad de las fuerzas armadas nacionales para su empleo por la Alianza en situaciones de crisis o conflicto. Los recortes de Estados Unidos afectan, entre otros medios, a aviones de combate, bombarderos estratégicos, buques de guerra, submarinos, drones, capacidades de reabastecimiento en vuelo y al personal necesario para operar estos sistemas. Su objetivo es, en particular, acelerar la transición del reparto de cargas al traslado de responsabilidades. Asimismo, pretenden acelerar la transferencia a Europa de la responsabilidad de la disuasión y la defensa convencionales.
Además, la reducción de la contribución estadounidense al Modelo de Fuerzas de la OTAN obliga a la Alianza a adaptar sus planes regionales de defensa para garantizar que sigan siendo viables. Estados Unidos esperaba que los europeos y Canadá presentaran propuestas adecuadas para compensar esas carencias antes de la cumbre de Ankara. El principal objetivo es que Donald Trump pueda anunciar ese resultado como un éxito durante la reunión.
También se espera que la cumbre impulse las inversiones en tecnologías que definen la guerra moderna, como los drones y los sistemas basados en inteligencia artificial, además de fomentar una mayor contratación conjunta. Dado que empresas turcas como Baykar y Skydagger están incrementando su producción, Turquía tiene un claro interés nacional en presentarse como un actor clave en la política de la OTAN en materia de drones, así como en su producción y despliegue. (De hecho, se ha invitado a empresas del sector de la defensa a participar en una jornada industrial paralela a la cumbre).
Como forma de reducir las tensiones en torno a Groenlandia, la OTAN también podría reforzar Arctic Sentry, la iniciativa multidominio puesta en marcha en enero de 2026 tras el primer estallido de la crisis de Groenlandia y concebida para fortalecer la postura aliada en el Alto Norte. La cumbre podría ser el momento de dar contenido concreto a esta iniciativa y anunciar planes específicos para el despliegue de tropas centradas en Groenlandia, la realización de ejercicios militares aliados y nuevas inversiones en capacidades árticas, todo ello bajo el paraguas de la OTAN. Esto demostraría que Arctic Sentry es algo más que un simple titular surgido como respuesta a la última crisis política que ha afrontado la Alianza. Hasta el momento, sin embargo, la OTAN parece carecer de la ambición necesaria para poner en marcha una iniciativa de este tipo.
Apoyo a Ucrania
En lo que respecta al apoyo práctico a Ucrania, se espera que la cumbre reafirme y, posiblemente, amplíe la asistencia militar, financiera y de resiliencia a largo plazo al país, incluidos mecanismos que garanticen el suministro sostenido de equipamiento. Como parte de una nueva iniciativa, la OTAN tratará de movilizar fondos para financiar la adquisición de misiles interceptores PAC-3, respaldar la iniciativa checa para el suministro de munición e impulsar la producción de defensa en Ucrania. También está previsto dar continuidad a la iniciativa Prioritized Ukraine Requirements List (PURL). PURL es un mecanismo de financiación establecido a mediados de 2025 para acelerar la entrega a Ucrania de armamento fabricado en Estados Unidos. En el marco de esta iniciativa, los aliados europeos, Canadá y algunos socios de la OTAN aportan la financiación necesaria para adquirir equipos «listos para su uso», como sistemas de defensa antiaérea y municiones, directamente de las reservas estadounidenses.
Aunque la iniciativa ha cobrado un impulso considerable hasta la fecha, con la adhesión de 17 países y compromisos cercanos a los 4.000 millones de euros para la adquisición de material militar crítico, su desarrollo futuro afronta al menos dos desafíos fundamentales.
El primero es el déficit de financiación. Se estima que las necesidades de defensa de Ucrania en el marco de PURL para 2026 ascienden a entre 13.950 y 18.600 millones de euros, pero los compromisos actuales están muy por debajo de esa cifra. La iniciativa aspira a movilizar 930 millones de euros adicionales al mes, aunque, por el momento, las necesidades totales siguen sin cubrirse.
El segundo desafío está relacionado con los retrasos en las entregas, el desvío de recursos y la fiabilidad de Estados Unidos como proveedor. La guerra con Irán ha reducido las reservas estadounidenses de municiones, lo que ha dado lugar a advertencias sobre posibles retrasos en la entrega de armas destinadas a Ucrania, especialmente misiles Patriot y lanzacohetes HIMARS. El Pentágono ha informado al Congreso de sus planes de desviar armamento financiado mediante PURL por valor de 697,5 millones de euros para reponer las existencias estadounidenses, en lugar de enviarlo a Ucrania. Aunque la OTAN ha reafirmado que todas las armas ya pagadas a través de PURL serán entregadas a Ucrania, los futuros envíos podrían verse afectados por interrupciones o quedar supeditados a las necesidades de Estados Unidos.
Sin soluciones para las cuestiones estratégicas
Lo que no cabe esperar de esta cumbre es que aporte soluciones a las grandes cuestiones estratégicas.
En lo que respecta a Ucrania, parece poco probable que los aliados se atrevan a convocar una reunión del Consejo OTAN-Ucrania y a conceder al presidente Volodímir Zelenski un papel más destacado que el que tuvo en la cumbre de 2025, en la que tanto él como la propia guerra en Ucrania quedaron en gran medida relegados a un segundo plano, principalmente para no incomodar al presidente estadounidense Donald Trump. Dado que el foco de la cumbre estará previsiblemente puesto en la disuasión y la defensa, es probable que la reunión de 2026 también opte por eludir el debate sobre Ucrania, su “camino irreversible hacia la adhesión a la OTAN” y cualquier estrategia destinada a facilitar su victoria en la guerra contra Rusia.
Lo mismo ocurre en relación con Moscú. Desgraciadamente, la OTAN ha perdido un tiempo valioso a la hora de definir una estrategia coherente de contención frente a Rusia, al menos desde 2022, cuando adoptó su nuevo Concepto Estratégico, en el que calificaba a Rusia como “la amenaza más significativa y directa para la seguridad de los aliados”. Ahora, con el acercamiento de Donald Trump a la Rusia de Vladímir Putin, cualquier intento en esa dirección parece condenado a resultar estéril.
Los debates sobre cómo convertir a Europa en un actor geoestratégico con capacidad propia han cobrado una urgencia aún mayor tras las recientes decisiones de Estados Unidos de reducir su contribución al Modelo de Fuerzas de la OTAN, retirar unos 5.000 soldados de Alemania y renunciar al despliegue previsto de un batallón de fuegos de largo alcance equipado con misiles Tomahawk e hipersónicos. Esta última decisión perpetúa una importante brecha en la capacidad de disuasión europea frente a Rusia y hace aún más urgente su corrección.
El resurgimiento de las tensiones en torno a Groenlandia, así como las fricciones persistentes sobre el papel que debería desempeñar Europa para garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz, siguen complicando unas relaciones entre Estados Unidos y Europa que ya atraviesan un momento delicado. Sin embargo, cualquier debate al respecto entre los países europeos se está desarrollando al margen de las estructuras formales de la OTAN, en distintas configuraciones de coaliciones de voluntarios.
¿Cisnes negros?
Existen varios posibles “cisnes negros”, es decir, acontecimientos imprevisibles y de gran impacto, que podrían alterar de forma significativa la dinámica y el resultado de la cumbre.
Una de las formas más evidentes de descarrilar la reunión desde el principio sería que Donald Trump anunciara en el último momento que no asistiría a Ankara junto con el resto de jefes de Estado y de Gobierno. Dado su comportamiento imprevisible, esa posibilidad no puede descartarse. Sin embargo, por ahora todo indica que acudirá, no tanto por la OTAN como para reunirse con otro líder de fuerte personalidad política, el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan. Además, la imponente arquitectura del Complejo Presidencial de Beştepe, sede principal de la cumbre, junto con la fastuosa hospitalidad que Turquía tiene previsto desplegar, probablemente contribuirán a despertar su interés.
Un nuevo recrudecimiento de las hostilidades en el contexto de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán también podría perturbar y eclipsar la cumbre. Estados Unidos ya ha criticado a sus aliados por su reticencia a sumarse al conflicto con Irán, y las descalificaciones públicas de Trump, que ha llegado a calificar a la OTAN de “tigre de papel”, sugieren que una nueva escalada podría obligar a la Alianza a replantearse su papel en Oriente Medio.
Esto podría poner de manifiesto profundas divisiones entre los aliados, especialmente si Estados Unidos exigiera la implicación de la OTAN o tomara represalias contra aquellos que se negaran a participar. Las recientes críticas del secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, que calificó de “vergonzosa” la respuesta de los aliados a la guerra de Estados Unidos contra Irán y vinculó esa actitud a una nueva revisión del despliegue militar estadounidense en Europa, indican que las tensiones dentro de la Alianza siguen siendo elevadas. Teniendo en cuenta, además, las críticas formuladas por países como España, Alemania y Francia a la actuación militar estadounidense contra Irán, no cabe esperar un consenso para aprobar una operación de la OTAN en el estrecho de Ormuz, que, en cualquier caso, requeriría unanimidad.
El hecho de que Turquía sea el país anfitrión añade otro elemento de incertidumbre. Su proximidad al mar Negro, al Mediterráneo oriental, a Siria y al conflicto con Irán implica que incluso una crisis ajena a la OTAN podría transformarse rápidamente en una crisis de la propia cumbre si afectara al entorno del país anfitrión, a la seguridad nacional o a la cohesión aliada. Asimismo, el creciente autoritarismo de Erdoğan, la instrumentalización del poder judicial y la amplia represión de la oposición, los medios de comunicación y la sociedad civil podrían proyectar una sombra sobre la reunión si se produjeran incidentes relacionados con estas cuestiones. Turquía también podría intentar aprovechar la cumbre para impulsar sus propios objetivos geopolíticos, ya sea reclamando una mayor atención a su tradicional prioridad en la lucha contra el terrorismo o buscando un mayor reconocimiento como potencia regional.
En conjunto, es probable que la cumbre de la OTAN de 2026 refleje a una Alianza en modo de supervivencia, centrada en aplicar los compromisos ya adquiridos, pero sin el apetito ni el coraje necesarios para abordar el resto de las cuestiones estratégicas más urgentes.
Artículo traducido del inglés. Publicado originalmente por Internationale Politik Quarterly (IPQ).
