La reciente reunión de Xi Jinping con la líder opositora taiwanesa del Kuomintang (KMT), Cheng Li-wun, evidenció un giro táctico en la narrativa china de la “Una sola China”. El énfasis ya no recae exclusivamente en la “reunificación”, sino en la oposición a la independencia de Taiwán, una formulación diseñada para sonar menos coercitiva y más atractiva para sectores moderados tanto en Taiwán como en el exterior. Este cambio podría situar al presidente estadounidense Donald Trump en una posición delicada durante su visita a Pekín en mayo: aunque Washington nunca ha aceptado las reivindicaciones chinas de soberanía sobre Taiwán, también se opone a una independencia formal taiwanesa. Trump corre ahora el riesgo de alinearse con Pekín simplemente reiterando la política histórica de Estados Unidos.
China reformula su política hacia Taiwán
China está reformulando su política hacia Taiwán para presentarla menos como una exigencia maximalista y más como una posición internacional convencional. A diferencia de la última reunión entre líderes del KMT y del Partido Comunista Chino (PCCh) en 2015, Xi evitó las referencias tradicionales a la “unificación” o al modelo de “un país, dos sistemas” al describir el llamado “Consenso de 1992” entre ambas partes. Estos términos se han vuelto profundamente impopulares en Taiwán, especialmente tras la imposición de la Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong y la postura militar cada vez más agresiva de China en torno a la isla. En su lugar, Xi recurrió a un lenguaje más abstracto, presentando a China y Taiwán como “una sola familia” y como una “comunidad de la nación china”.
Desde el regreso al poder en Taiwán del Partido Democrático Progresista (PDP), favorable a la independencia, en 2016, Pekín ha insistido en que el Consenso de 1992 constituye la base de las relaciones a través del estrecho y que solo mantendrá contactos con fuerzas políticas taiwanesas que lo acepten. Este consenso fue un acuerdo verbal basado en el principio de “una sola China, distintas interpretaciones” (個中國、各自表述), que permitía al PCCh enfatizar la primera parte de la fórmula y al KMT la segunda, facilitando una relación pragmática entre ambas partes sin resolver la cuestión de la soberanía.
Pekín percibe que insistir en la reunificación está siendo contraproducente
Sin embargo, tras tres victorias consecutivas del PDP en las elecciones presidenciales y con el actual presidente Lai Ching-te dispuesto a subrayar la soberanía de facto de Taiwán, Pekín parece haber concluido que insistir demasiado en la reunificación está teniendo un efecto contraproducente al otro lado del estrecho. Desde comienzos de la década, el apoyo a la reunificación en Taiwán se mantiene estancado por debajo del 5 %, mientras que el respaldo a la independencia supera ya el 30 %, según las encuestas de larga duración de la Universidad Nacional Chengchi. El hecho de que los líderes del PCCh y del KMT estén poniendo ahora el acento conjuntamente en el rechazo a la independencia sugiere que Pekín considera prioritario frenar esta última tendencia.
De forma significativa, Xi concedió a Cheng suficiente margen político para presentar su autodenominada “misión de paz” en Pekín como un éxito. A pesar de sus conocidas posiciones favorables a China, el viaje de Cheng no se convirtió en una exhibición de sumisión política. Durante su visita, propuso que ambas partes aprovechasen el “Consenso de 1992 y la oposición a la independencia de Taiwán” para establecer un marco de “desarrollo pacífico de las relaciones a través del estrecho” y eliminar los incentivos para la confrontación. Aunque no detalló cómo funcionaría dicho mecanismo, Cheng insistió en que el retorno a un compromiso pragmático con Pekín podría reducir las tensiones y favorecer la paz.
Esto permitió a Pekín transmitir, a su vez, que sigue conservando la iniciativa en la dinámica entre ambas orillas del estrecho: pese a las tensiones entre el PCCh y el Gobierno del PDP, el diálogo amistoso sigue siendo posible, siempre que los interlocutores acepten determinadas condiciones previas, como la oposición a la independencia taiwanesa. La visita de Cheng demuestra que, incluso mientras Pekín y la administración del PDP en Taipéi se niegan mutuamente el diálogo, China todavía puede cultivar relaciones con políticos taiwaneses más próximos a su agenda. El objetivo es contrarrestar la percepción de que el proyecto político de Pekín carece de apoyo en Taiwán.
Pekín quiere demostrar que aún puede relacionarse directamente con Taiwán
Los críticos podrían argumentar que Cheng está pactando con el diablo, como advirtió el presidente taiwanés Lai Ching-te al afirmar que “hacer concesiones a un régimen autoritario a costa de la soberanía y la democracia no traerá ni libertad ni paz”. Sin embargo, tras las recientes visitas sucesivas a Pekín de dirigentes de democracias afines como Francia, Alemania, Reino Unido y Canadá, el pragmatismo parece imponerse a la rivalidad estratégica. En un orden internacional cada vez más caótico y fragmentado por la errática política exterior de Washington, mantener abiertos los canales de comunicación con Pekín parece percibirse como la opción más segura.
Al recibir a Cheng con tanta atención, Pekín también pretende subrayar que todavía puede relacionarse directamente con Taiwán sin necesidad de Washington como mediador. La visita de Cheng fue cuidadosamente escenificada antes de la próxima reunión entre Xi y Trump. El énfasis compartido por ambos en frenar el independentismo taiwanés presentó la cuestión como un asunto interno chino más que como un problema internacional. Incluso si el presidente estadounidense evita pronunciarse sobre Taiwán durante su estancia en Pekín, su silencio podría interpretarse como una aprobación tácita de esta nueva narrativa, lo que facilitaría a China reforzar internacionalmente su oposición a la independencia taiwanesa.
Artículo traducido del inglés. Publicado originalmente en MERICS.
