Desde la caída del muro de Berlín y el inicio del proceso de transformación de los países ex comunistas, muchas empresas occidentales han empezado a invertir en los mercados del Este reduciendo sus inversiones en determinados grupos de países en desarrollo.
Esta reorientación en las actividades empresariales ha venido a coincidir con la realidad actual en que el déficit presupuestario en la mayoría de los grandes países hace imposible la ampliación sustancial de los recursos destinados a la cooperación y al desarrollo en favor de los países pobres.
La suma de esta realidad privada y pública ha hecho que varios grupos de países en desarrollo hablen de un cierto olvido hacia sus problemas por parte de los ricos. En este contexto, varios países del área mediterránea han expresado cierto temor a quedar marginados respecto a los procesos económicos europeos poniendo de manifiesto que Europa ha hablado muchas veces del Mediterráneo con nostalgia histórica, pero muchas menos con estrategias pensando en el futuro.
La rotación alfabética de las presidencias del Consejo de la Unión Europea ha determinado que todos los turnos entre enero de 1995 y julio de 1996 correspondan a los tres grandes países mediterráneos: Francia de enero a junio, España de julio a diciembre e Italia de enero a junio de 1996. Había aquí, pues, una oportunidad para hacer un esfuerzo que evitara la sensación de abandono respecto a las cuestiones mediterráneas que, de otra forma, podía ir ganando posiciones.
Esto ha sido determinante a la hora de dar un mayor énfasis renovado a la política mediterránea de la UE cuyos dos momentos decisivos se alcanzan, en este sentido, en el Consejo Europeo de Cannes de junio de 1995 –en el que se decide un aumento sustancial hasta 4.685 millones de ecu del paquete financiero 1995-99 para los países…

Cinco preguntas y una esperanza


