El buque HDMS Knud Rasmussen de la Armada danesa patrulla el 20 de enero de 2026 cerca de Nuuk, Groenlandia. GETTY.

Recetario europeo, o cómo hacer frente a Donald Trump

La Unión Europea dispone de instrumentos jurídicos, comerciales y estratégicos suficientes para responder a las amenazas sobre Groenlandia. La pregunta ya no es si Europa puede defenderse, sino si está dispuesta a hacerlo.
Guillermo Íñiguez
 |  21 de enero de 2026

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y la inacción de los principales líderes europeos han reavivado un pesimismo recurrente sobre el futuro de Europa. Una vez más, la Unión Europea es presentada como un actor políticamente impotente: incapaz de defenderse, dependiente de Estados Unidos para su seguridad y reacia a plantar cara a un presidente estadounidense cada vez más errático por miedo a sus represalias. Sin embargo, este relato se derrumba cuando se contrasta con la realidad. En Dinamarca (y en Groenlandia), miles de ciudadanos han salido a las calles para protestar contra la retórica expansionista de Trump. Lejos de ser una señal de debilidad, estas manifestaciones reflejan una confianza europea renovada: la convicción de que las amenazas de Estados Unidos exigen una cooperación más estrecha entre europeos y de que solo una Europa más integrada será capaz de hacer frente a la Administración Trump.

Este discurso “euro-pesimista” confunde dos cuestiones distintas: la falta de voluntad política para enfrentarse a Estados Unidos y la ausencia de músculo institucional e instrumentos reales para hacerlo. Además, no encaja con la percepción que se tiene de la Unión Europea fuera del bloque. Según un estudio publicado por el European Council on Foreign Relations, cada vez más países –entre ellos China, Brasil o Sudáfrica– ven a Europa como un actor independiente, con prioridades propias y una agenda diferente de la estadounidense. Por primera vez desde su fundación, escribe Alberto Alemanno, la Unión Europea es percibida no como un simple mercado común o un agregado de Estados soberanos, sino como un actor geopolítico con un modelo político y económico distintivo. En gran medida, esto explica la estrategia de la Administración Trump, cuya Estrategia de Seguridad Nacional plantea una ofensiva abierta contra el modelo social europeo.

Es cierto que, en los últimos meses, Europa se ha mostrado dócil ante las humillaciones de Trump, influida sin duda por la necesidad de mantener su apoyo a Ucrania. Pero esta pasividad no se explica por la debilidad del proyecto europeo, sino por la mediocridad de unos líderes más preocupados por sus propios equilibrios internos –como refleja, por ejemplo, la oposición de Francia, Italia y Bélgica al uso de los activos rusos congelados– o por evitar el conflicto con Trump, que por defender los intereses de la Unión. La cuestión, entonces, no es si Europa puede responder, sino cómo articular una respuesta política, jurídica y económica a las amenazas de la Administración Trump.

En primer lugar, Bruselas puede hacer valer su poder económico. La Unión Europea es el principal socio comercial de Estados Unidos y, como tal, dispone de mecanismos para ejercer presión sobre su economía. Para empezar, debería suspender la ratificación del acuerdo comercial alcanzado con Washington el verano pasado: un acuerdo que beneficiaba ampliamente a Estados Unidos y ofrecía a Europa ventajas limitadas. Aunque el acuerdo ya ha entrado en vigor en Estados Unidos, su aplicación en Europa sigue pendiente del voto favorable del Parlamento Europeo. En los últimos días, los tres principales grupos parlamentarios en la Eurocámara –populares, socialistas y liberales– han anunciado que frenarán la ratificación mientras se mantenga la amenaza sobre Groenlandia.

En segundo lugar, la Unión puede activar su instrumento contra la coerción económica (ACI, por sus siglas en inglés). Este mecanismo, conocido como la “bazuca comercial”, permite responder a medidas económicas o comerciales de terceros países que busquen presionar a la Unión o a cualquiera de sus Estados miembros. Las tarifas anunciadas por Donald Trump encajan en estos criterios y, por tanto, justificarían la activación del instrumento. Esto permitiría a la UE, por ejemplo, limitar el acceso de Estados Unidos al mercado interior, gravar exportaciones hacia ese país o restringir la participación de empresas estadounidenses en contratos públicos europeos.

Por supuesto, Bruselas también dispone de instrumentos jurídicos más convencionales. Para empezar, cuenta con su propia política arancelaria, que en el pasado ha aplicado de manera estratégica. Ya en 2018, la lista propuesta por la Comisión Europea preveía afectar a sectores especialmente sensibles para la base electoral de Trump y para el Partido Republicano. Además de los aranceles, la UE tiene instrumentos regulatorios como el Reglamento de Servicios Digitales, diseñado para ordenar el mercado digital y proteger derechos fundamentales de los consumidores. Esta normativa limita la actividad de las principales plataformas tecnológicas, muchas de ellas estadounidenses. Desde su regreso a la Casa Blanca, el gobierno de Trump –cuyos vínculos con estas empresas son ampliamente conocidos– ha presionado intensamente para frenar su aplicación, llegando incluso a condicionar el levantamiento de aranceles a una relajación de la regulación digital europea. Aplicar el Reglamento de Servicios Digitales con firmeza enviaría una señal inequívoca: la Unión tiene capacidad normativa y nadie –ni siquiera las grandes tecnológicas estadounidenses– está por encima de la ley.

Más allá de los instrumentos económicos y jurídicos, cualquier respuesta europea debe dejar claro que Europa respaldará a Dinamarca frente a cualquier amenaza estadounidense. Los comunicados conjuntos y el despliegue de tropas europeas en Groenlandia son gestos relevantes, pero insuficientes. Europa debe ir más allá. Por un lado, debe hacer ver a Trump que una invasión de la isla supondría, en la práctica, el fin de la OTAN, con consecuencias devastadoras para unos Estados Unidos que mantienen decenas de bases militares –y alrededor de 80.000 soldados– en territorio europeo. La desaparición de la OTAN también limitaría la capacidad de maniobra estadounidense en el Ártico, una de las preocupaciones que supuestamente explican el interés de Trump por Groenlandia.

Por otro lado, la Unión haría bien en recordar que el final de la OTAN no implicaría el fin de la defensa europea. La UE, que incluye a 23 de los 32 miembros de la Alianza Atlántica, cuenta también con una cláusula propia de defensa mutua que obligaría a responder ante una agresión contra Dinamarca. Una Europa dispuesta a demostrar su músculo estratégico aceleraría también el apoyo militar a Ucrania, siguiendo la estela de los anuncios de Francia y Reino Unido, y haría ver a la Administración Trump que el chantaje alrededor de Ucrania tiene límites.

Recurrir al arsenal jurídico y económico para defenderse de Estados Unidos es imprescindible, pero no basta. Ante la deriva hostil de la Administración Trump, la Unión Europea debe consolidar su independencia reforzando alianzas con otras regiones. La ratificación del acuerdo comercial con Mercosur constituye un hito histórico: tras 25 años de negociaciones, abriría la puerta a un mercado común de más de 700 millones de personas y demuestra que Europa puede actuar con voz propia. Más allá de América Latina, la Unión debe tejer alianzas regionales en África y Asia con aquellos países que no aceptan el discurso estadounidense sobre el supuesto fin del orden internacional y que siguen creyendo, en otras palabras, que unas normas comunes son la mejor forma de hacer el mundo habitable. En esta política de alianzas no pueden faltar China y la India, ante las cuales la UE debe adoptar una estrategia propia, alineada con sus intereses geopolíticos y no subordinada a la retórica belicista de Washington.

Por último, la Unión Europea no puede olvidar la importancia de preservar los vínculos con las fuerzas democráticas en Estados Unidos. Esto es importante, en primer lugar, porque el poder de Trump irá menguando a medida que se acerquen las elecciones de 2028 y, especialmente, después de las legislativas de noviembre de 2026. Y, en segundo lugar, porque, pese al ruido de la Casa Blanca, muchas de sus políticas son profundamente impopulares. El apoyo a una anexión de Groenlandia oscila entre el 8% y el 17%, y varios legisladores republicanos ya han anunciado que se opondrán a cualquier intento de anexión. Pero más allá de consideraciones tácticas, apoyar a las fuerzas democráticas estadounidenses –hacerles ver que no están solas y que cuentan con respaldo europeo– sería también una forma de devolver el apoyo que Estados Unidos, bajo Franklin Roosevelt, brindó a las resistencias europeas en los años cuarenta del siglo pasado. Si la integración europea no puede entenderse sin aquel impulso de Washington, hoy la UE debería recordar a la población estadounidense que, cuando amaine la tormenta, Europa seguirá ahí.

Los últimos doce meses han sido desastrosos para una Europa más preocupada por contentar a Trump que por defender sus propios intereses políticos y económicos. La intervención en Venezuela y las amenazas sobre Groenlandia deberían marcar un punto de inflexión. La Unión Europea debe dejar claro que su soberanía es innegociable y que ningún país, por aliado que haya sido, puede siquiera plantearse invadir territorio de un Estado europeo. Para ello, dispone de una amplia gama de instrumentos económicos, jurídicos y políticos con los que demostrar que Europa no se plegará ante la amenaza y que enfrentarse a la Unión sería profundamente costoso, también para Estados Unidos. Si Europa despierta de su letargo, la extorsión trumpista puede acabar sembrando la semilla de una Unión más valiente, más autónoma y con mayor fuerza política. Si no lo hace, el proyecto europeo corre el riesgo de hundirse en la irrelevancia en un mundo cada vez más hostil.

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