No parece casual que los Chinook que capturaron/secuestraron a Nicolás Maduro el 3 de enero sobrevolaran el cielo nocturno de Caracas pocas horas después de que este recibiera en el palacio de Miraflores a Qiu Xiaoqi, enviado especial de Xi Jinping para América Latina y el Caribe.
La televisión estatal venezolana transmitió en directo aquella reunión, la última oficial de Maduro, quien habló de la “inquebrantable hermandad” entre ambos países, cimentada en más de 600 acuerdos bilaterales. Entre 2000 y 2023, según AidData, China concedió a Venezuela 106.000 millones de dólares en créditos y ayudas, destinados sobre todo a financiar proyectos energéticos.
Las importaciones de crudo venezolano representaban apenas el 4% del total importado por China –unos 396.000 barriles diarios– pero equivalían al 80% de las exportaciones venezolanas. Hasta ahora, la petrolera estatal CNPC y la privada CCRC producían el 10% del crudo venezolano, mientras CITIC y Yakung Group explotaban minas de oro, coltán y hierro en el arco minero del Orinoco.
Hoy, el futuro de esas empresas –y el de Roszarubezhneft y otras petroleras rusas– pende de un hilo. Según Serguéi Melik-Bagdasárov, embajador ruso en Caracas, Estados Unidos recurre a “prácticas desleales” para expulsar a los negocios rusos de Venezuela.
Qiu y su comitiva aún se encontraban en Caracas cuando un ciberataque dejó a la ciudad sin luz. Pudieron constatar en persona los riesgos que asume el dragón cuando sobrevuela el espacio aéreo que domina el águila imperial desde 1898, año en que convirtió el mar Caribe en su Mare Nostrum.
Cifras superlativas
China ha avanzado demasiado como para retroceder ahora. Hoy es el mayor socio comercial de Suramérica y el segundo de toda América Latina y el Caribe, solo por detrás de Estados Unidos. En 2023, su comercio bilateral con la región fue 259 veces superior al de 1990. En 2024 rondó los 518.000 millones de dólares, un 6% más que el año anterior.
Ese mismo año recibió el 30% de las exportaciones regionales de minerales, el 75% de las de soja y el 98% de las de carbonato de litio. Las exportaciones chinas –maquinaria industrial, equipos de telecomunicaciones, electrónica de consumo– crecieron un 13%, mientras que las de vehículos eléctricos (VE) aumentaron un 55%.
En 1990, China ni siquiera figuraba entre los diez principales socios comerciales de la región. Hoy mantiene acuerdos de libre comercio con cinco de sus 22 países –Brasil, Chile, Perú, Costa Rica y Ecuador– y una veintena forman parte de la Belt and Road Initiative (BRI), la nueva Ruta de la Seda. Entre sus proyectos emblemáticos se encuentra el ferrocarril bioceánico previsto entre el puerto brasileño de Ilhéus, en Bahía, y el peruano de Chancay.
En Washington, los halcones han percibido el riesgo. Las 32 páginas de la última National Security Strategy (NSS) otorgan al hemisferio un lugar prioritario y subrayan que puertos, corredores logísticos, sistemas energéticos, redes de telecomunicaciones, cables submarinos y centros de datos han dejado de ser simples activos comerciales para convertirse en instrumentos de poder estratégico.
La NSS propone que la región actúe como muro de contención frente a la migración irregular, el narcotráfico y la expansión china. Advierte, además, que una mina, un puerto o una red 5G constituyen factores de riesgo si quedan bajo control “no hemisférico”. Tras un fallo judicial del 29 de enero que restringió la supervisión de los reguladores locales sobre el puerto de Chancay –propiedad en un 60% del gigante naviero chino COSCO– la embajada estadounidense en Lima advirtió que “el dinero barato chino cuesta soberanía”.
Cálculos militares
El 11 de enero, el Pentágono convocó por primera vez en Washington a los altos mandos militares de casi todos los países del hemisferio, así como a representantes de territorios caribeños bajo soberanía británica, danesa, francesa y neerlandesa. Solo quedaron excluidos Venezuela y Cuba. El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor, recordó que Estados Unidos gasta doce veces más en defensa que el resto de las Américas en conjunto.
Los 22 países de América Latina y el Caribe disponen de unos 700 aviones de combate, 30 buques de guerra y 20 submarinos. Estados Unidos cuenta con 3.000 aviones, 120 buques y 65 submarinos.
Pekín no permanece inmóvil. Desde 2022, el China–Latin American and Caribbean Defense Forum reúne anualmente en Pekín a jefes militares de 14 países de la región con sus homólogos chinos. En junio, Brasil designó a un general y a un almirante como agregados militares en su embajada en Pekín.
Desde Vancouver hasta Valparaíso se libra una partida crucial del gran juego geopolítico. Navieras chinas poseen participaciones en cerca de un centenar de puertos estratégicos en todo el mundo, entre ellos Kingston (Jamaica), Manzanillo y Veracruz (México), Santos (Brasil) y Chancay. Este último reduce casi un mes el trayecto hacia Guangzhou desde la costa occidental suramericana y abarata en un 20% los costes logísticos.
La ley china de inteligencia nacional de 2017 obliga a empresas y consorcios privados a proporcionar información a las autoridades si así se les requiere. Pocos días después de que el gobierno peruano negara la entrada al Callao del Ark Silk Road 867 –un barco hospital de la Armada china– Estados Unidos concedió a Perú, el 11 de enero, la condición de major non-NATO ally, estatus que ya comparten Argentina, Brasil y Colombia.
Argentina y el dragón
El problema, como recuerda Juan S. González, exsubsecretario de Estado para asuntos hemisféricos durante la administración Biden, en Foreign Policy, es que las presiones públicas y los métodos coercitivos pueden arrancar concesiones a corto plazo, pero no generan confianza ni alineamientos duraderos.
China, por el contrario, ofrece financiación rápida, infraestructuras a bajo coste y acuerdos sin condiciones políticas explícitas. Esa flexibilidad supone una ventaja frente a los exigentes trámites y condicionamientos del FMI, el Banco Mundial o el BID. Entre las más de 200 obras de la BRI figuran la central eléctrica de Belo Monte en Brasil o la planta solar y eólica Helios en Argentina.
El caso argentino resulta ilustrativo. Javier Milei, al igual que Donald Trump, retiró a Argentina de la OMS, respaldó la captura de Maduro y se sumó a su Consejo de Paz. Sin embargo, en Davos recordó que China seguía siendo “un gran socio comercial”.
En 2025, las exportaciones argentinas de soja al mercado chino crecieron un 62%. El año comenzó con el desembarco en el puerto de Buenos Aires de 5.000 vehículos eléctricos de BYD y la compra de 30.000 toneladas adicionales de harina de soja. Con esas cifras, China desplazó a Brasil como primer socio comercial de Argentina.
La popularidad de plataformas como Temu y Shein ha disparado el déficit comercial bilateral, que en 2025 superó los 8.150 millones de dólares. Buena parte de los dólares obtenidos mediante el swap con el Banco Popular de China y los fondos del FMI terminaron retornando al gigante asiático.
En diciembre, China Airlines inauguró un vuelo directo entre Shanghái y Buenos Aires vía Auckland, el trayecto comercial regular más largo del mundo. Estos lazos son difíciles de revertir. Si en junio Buenos Aires no renueva el swap por 18.000 millones de dólares, deberá devolver el tramo ya activado –5.000 millones– con el consiguiente impacto financiero.
Pero la relación tiene costes. La explosión de las importaciones de ropa china –que crecieron un 95% en 2025– ha provocado una caída del 20% en la industria textil argentina, con la pérdida de 12.000 empleos, según la patronal ProTejer. La industria manufacturera representa el 19% del PIB y emplea a más de 2,5 millones de trabajadores formales.
La Pax Americana
Durante décadas, la Pax Americana en la región se sostuvo sobre tres pilares: el dólar, la tecnología y el control de las rutas comerciales. Los tres se erosionan simultáneamente. China ya realiza el 30% de su comercio exterior en yuanes, figura entre los tres principales socios comerciales de 157 países y es el primero en 120. La primacía militar estadounidense no altera estos datos estructurales.
Cuando murió Mao en 1976, las imágenes de Pekín mostraban la plaza de Tiananmen dominada por bicicletas. En 1985, el PIB chino era de 310.000 millones de dólares. En 2024 superó los 18,8 billones. Si en 1960 representaba el 4% de la economía mundial, en 2025 roza el 25%, un proceso que Wang Feng, en The Age of Abundance (2024), equipara en relevancia histórica al Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Industrial.
Grados de vulnerabilidad
México y los países centroamericanos y caribeños son particularmente vulnerables a las presiones de Washington, cuya influencia se diluye progresivamente hacia el sur. Las amenazas de Trump de abandonar el USMCA han llevado a México a imponer aranceles de hasta el 50% a las importaciones chinas. El Senado aprobó la medida por 76 votos a favor, cinco en contra y 35 abstenciones.
Dado que el 80% de las exportaciones mexicanas –334.000 millones de dólares en 2024, equivalentes al 30% del PIB– se dirigen a Estados Unidos, el gobierno rechazó incluso la propuesta de BYD de instalar una planta de vehículos eléctricos.
Más al sur, sin embargo, la órbita china es evidente. En 2000, menos del 2% de las exportaciones brasileñas se dirigían a China; en 2023 superaban el 30%. En Chile pasaron del 5% a más del 39%.
Nada es gratuito. En su primer mandato, Trump logró que Santiago desistiera de un proyecto de Huawei para tender un cable submarino entre Valparaíso y Shanghái. Milei, beneficiario de un swap estadounidense de 20.000 millones de dólares que evitó una fuerte devaluación, ha paralizado planes para construir un radiotelescopio y un reactor nuclear con financiación china.
En diciembre, vetó también la participación de una empresa china en la licitación para dragar la hidrovía del Paraná, por donde Argentina exporta el 80% de su producción agrícola y Paraguay el 85%. Para 2030, los cuatro países de la cuenca Paraguay–Paraná suministrarán el 40% del grano que consume el mundo.
La conquista del Sur Global
En marzo de 2025, el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, afirmó que su país pertenece al Sur Global por compartir un pasado de lucha contra el colonialismo occidental. Según un sondeo de Pew de 2024 en 35 países, una clara mayoría en las economías avanzadas percibe negativamente el impacto de China –el 76% en Estados Unidos– mientras que los países de ingresos medios, incluidos los latinoamericanos, muestran actitudes más favorables.
En 2023, China fue el principal mercado para Brasil, Chile y Perú, y el segundo para México y Colombia. En numerosos países del Sur Global, el sistema de geolocalización Baidu ofrece mejores resultados que el GPS estadounidense. En 2015, Pekín lanzó el sistema de pagos interbancarios CIPS como alternativa al SWIFT occidental. Hoy conecta a más de 17.000 bancos en todo el mundo tras crecer un 47% en 2024.
En el ámbito energético, su liderazgo es aún más visible. En 2025, China instaló más paneles y plantas solares que el resto del mundo en conjunto. Si se añaden turbinas eólicas, baterías avanzadas y vehículos eléctricos –incluidos modelos autónomos– el país posee un dominio casi monopólico en tecnologías emergentes.
En 2024 fabricó el 99% de las baterías LFP (litio–ferrofosfato), según la Agencia Internacional de la Energía. En los dos últimos años, obtuvo más ingresos exportando tecnologías verdes que Estados Unidos vendiendo petróleo y gas.
Hace quince años, ocho de las diez ciudades con el aire más contaminado eran chinas. Hoy ninguna figura en esa lista. En una década, los paneles solares fabricados en China han reducido sus precios un 80%.
Aunque la energía solar aún no alcanza el 10% del mix energético global, en el otoño boreal se generó un 30% más de electricidad solar que en el mismo periodo de 2024. En ese año, el 90% de la nueva capacidad eléctrica instalada provino del sol, el viento y baterías de ion–litio. Desde 2020, generar energía renovable resulta más barato que producirla con combustibles fósiles.
Según RedALC–China, entre 2010 y 2024 el gigante asiático invirtió 34.000 millones de dólares en 70 proyectos de energías renovables en la región. La AIE prevé que las inversiones regionales superen los 110.000 millones de dólares en 2035, impulsadas por la electrificación del transporte público y el aumento de la demanda.
Para China, invertir en plantas de baterías y vehículos eléctricos significa convertirse en socio industrial y no solo en comprador de materias primas. En octubre, BYD inauguró en Camaçari (Bahía) su mayor planta fuera de Asia, con la previsión de crear 20.000 empleos. También cuenta con instalaciones en Campinas (Brasil) y Antofagasta (Chile).
En Argentina, el China Ex–Im Bank financió un parque solar de 300 megavatios construido por empresas chinas. Southern Power Grid y SGCC controlan toda la distribución eléctrica de Lima, dos tercios de la de Chile y cerca del 12% de la de Brasil.
El predominio genera fricciones. La represa Coca Codo Sinclair, en Ecuador, inaugurada por Xi Jinping en 2016, ha sido objeto de críticas por defectos estructurales, sobrecostes, daños medioambientales y sospechas de corrupción.
Poder blando y duro
China no exporta una ideología, pero sí ofrece una alternativa pragmática a la legitimidad liberal basada en el desarrollo económico. En 1978, su PIB per cápita era menos de una sexagésima parte del estadounidense y una décima parte del brasileño.
En 2025 registró un superávit comercial de 1,2 billones de dólares –el 3,4% del PIB– con exportaciones totales de 3,41 billones. Solo 19 países en el mundo superaron ese umbral de PIB en 2024.
Pekín sabe cuándo ejercer el poder que esas cifras le otorgan. Ha advertido a Panamá de posibles represalias políticas y económicas tras el fallo de su Corte Suprema que anuló la concesión de 1997 de los puertos de Balboa y Cristóbal a una filial de CK Hutchinson. Por el Canal de Panamá transita cerca del 40% del tráfico de contenedores de Estados Unidos y el 5% del comercio marítimo mundial. Tras la visita de Marco Rubio, Panamá anunció en febrero su salida de la BRI.
En Autocracy Inc. (2025), Anne Applebaum describe cómo China se ha convertido en un pilar de la nueva red global de regímenes autoritarios, no mediante la exportación de ideologías totalitarias, sino a través de recursos tecnológicos y sistemas de vigilancia masiva que permiten a gobiernos con tendencias autoritarias debilitar los controles democráticos.



