Oriente Medio vive la enésima guerra iniciada a espaldas del Derecho internacional y del multilateralismo. Al cierre de esta edición, entraba en vigor un frágil alto el fuego de dos semanas –alcanzado después de cinco semanas de guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán con ninguno de los objetivos de Donald Trump y Benjamín Netanyahu cumplidos: la cuestión nuclear sigue sin resolverse y el régimen permanece en el poder. Más bien al contrario: la República Islámica, aunque debilitada por los bombardeos y la recesión que ya había provocado las protestas de enero, ha demostrado ser muy resiliente mientras diezmaba la economía global al cerrar el estrecho de Ormuz.
Trump se ha visto obligado a intentar frenar la guerra; el tiempo dirá si lo conseguirá. La alternativa era clara: o desplegar tropas sobre el terreno, cosa altamente impopular, o detener una escalada cuyas repercusiones económicas y políticas eran ya inasumibles.
Resulta evidente que hubo falta de análisis de las consecuencias a corto y largo plazo. Galvanizado por la operación venezolana, un Trump complaciente con Netanyahu ha subestimado a su adversario e ignorado factores clave como la geografía, proporcionando a Irán un instrumento –Ormuz–, hasta ahora inédito, que ha demostrado ser eficaz desde el primer momento y que podrá volver a emplear en el futuro para desestabilizar la economía global. Asimismo, esta estrategia ha erosionado su relación con parte de su base electoral y perjudica sus opciones de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre de 2026.
Al mismo tiempo, surge una cuestión fundamental: ¿cómo podrá Estados Unidos remediar el daño político infligido a su estrategia en la región? Décadas de política estadounidense en Oriente Medio e históricas alianzas han quedado seriamente debilitadas. La guerra ha perjudicado la seguridad regional y los países árabes del Golfo deberán ahora aprender…



