Hubo un tiempo, ya lejano, en el que las reuniones de las siete grandes economías mundiales acaparaban la atención global por su capacidad de tomar decisiones con impacto real en la gobernanza internacional. Hoy, sin embargo, más allá de la obligada fotografía de los mandatarios de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido –a los que se suma la Unión Europea– el foro se percibe cada vez más como un marco formal sin capacidad efectiva de acción.
Si atendemos a lo ocurrido en la reunión que el presidente francés, Emmanuel Macron, ha organizado en Évian-les-Bains la pasada semana, no cabe reseñar una sola decisión económica relevante de alcance global. La agenda oficial –centrada en los desequilibrios económicos, el proteccionismo y la inteligencia artificial– se vio parcialmente desplazada por las tensiones internas del propio grupo y por las principales crisis geopolíticas del momento.
Lo que en la práctica ha marcado el encuentro ha sido, en primer lugar, la necesidad de gestionar la impredecible política exterior del presidente Donald Trump. El esfuerzo de los líderes europeos por evitar un mayor deterioro de la relación transatlántica se ha traducido en gestos de apaciguamiento –desde la entrega de una…



