En febrero de 2022, la gran mayoría de los servicios de inteligencia occidentales profetizaban el colapso del ejército ucraniano en 72 horas. Este error histórico de apreciación no se debió únicamente al desconocimiento de la resiliencia social ucraniana o de las disfunciones logísticas rusas, sustentadas en la ficción de una victoria rápida asegurada. Como analizara Marc Bloch, uno de los padres de la École des Annales, en L’Étrange Défaite al día siguiente del desastre francés de mayo-junio de 1940, el verdadero peligro para los Estados mayores no es tanto ser sorprendidos por el enemigo como quedar fosilizados en una doctrina rígida, preparando meticulosamente la “guerra de ayer”.
Los analistas de 2022, con la mirada fija en el espejo retrovisor de la historia militar, buscaban los indicios de una campaña de tipo Blitzkrieg o Tormenta del Desierto. Aunque esperaban una guerra de movimiento cinético, asistieron al surgimiento de una guerra de la transparencia, estática y corrosiva. El precedente del Alto Karabaj en 2020 ya había anticipado la vulnerabilidad de las defensas convencionales frente a las municiones merodeadoras (loitering munitions), que pulverizaron la profundidad estratégica armenia en pocos días. Ucrania no es un paréntesis estratégico: es la culminación de una transformación que Occidente se negó a ver durante décadas de guerras bajo superioridad aérea incontestada.
La profundidad, ruptura geométrica fundamental
Durante casi un siglo, el pensamiento militar occidental descansó sobre un supuesto espacial heredado de la Segunda Guerra Mundial: la distinción operativa entre el frente y la retaguardia. La profundidad estratégica era entonces un “santuario operacional” desde el que organizar la maniobra, concentrar divisiones acorazadas y almacenar municiones fuera del alcance de la artillería de campaña.
El conflicto ucraniano ha puesto seriamente en cuestión ese supuesto. La profundidad ya no es un refugio; se ha convertido en una amenaza…



