En la era de la globalización, las cuestiones en torno a la identidad han sido determinantes en el escenario internacional. La explosión de las comunicaciones, el incremento de los movimientos migratorios, las cadenas de valor intercontinentales o la llegada de modelos extranjeros supuestamente mejores han sido percibidos a menudo como una amenaza. Con frecuencia la reacción ha sido de recelo, incluso de miedo hacia lo que venía. Lo han aprovechado los partidos de ultraderecha, que promueven valores opuestos no solo a los modelos extranjeros, sino también a muchas conquistas sociales y libertades públicas.
España es un país que se ha adaptado bien a la globalización. Participa plenamente en las cadenas de valor globales. Su economía tiene una alta exposición a los mercados exteriores, y continúa creciendo en un momento de debilidad de otras economías europeas. Ha hecho del turismo uno de sus motores fundamentales. Ha integrado en su economía a millones de inmigrantes. Se ha unido a la Unión Europea como uno de sus países más influyentes. La mayoría de los españoles se sienten profundamente europeos, conscientes de que la UE ha traído múltiples beneficios para el país, y de que España también ha aportado mucho a Europa.
España no siente su identidad amenazada por el fenómeno globalizador. Tenemos una identidad muy marcada y no percibimos que esté en peligro. Sin embargo, hay aspectos de esa identidad que seguimos cuestionando. La autocrítica es sana. Otra cosa es no sentirse plenamente reconciliado con uno mismo. Eso debilita nuestra democracia y limita las posibilidades de nuestra política exterior.
Esto contrasta con la imagen de España fuera de nuestras fronteras. Yo he vivido en países muy diferentes. En todos ellos me encontré con una imagen muy positiva de España. En China, por ejemplo, es percibida como uno de los grandes países europeos, con…



