Todos los que hemos nacido en la era moderna vivimos envueltos en un cúmulo de identidades en constante tensión. Está la identidad nacional, la identidad familiar, la profesional, la social o la que construye, progresivamente, nuestro yo interno. Y son identidades que conviven en tensión porque plantean exigencias contradictorias. De ahí que nuestra vida pueda llegar a entenderse como un intento, incesante, por reconciliarlas.
Huelga decir que tales conflictos se viven de una manera o de otra dependiendo de si somos mujeres u hombres. Y es que las exigencias de la identidad profesional y de la identidad familiar gravitan de forma desigual según el sexo. Del mismo modo, las tensiones identitarias se manifiestan de forma diferente dependiendo de si uno es rico o pobre, ya que el torbellino que implica la construcción de la identidad puede quedar silenciado por la lucha por la supervivencia… y puede volver a despertar tan pronto se amplíen nuestras oportunidades vitales.
Esa lucha por reconciliar nuestras identidades suele prolongarse hasta el fin de nuestros días. Llegado el momento, si consideramos la nuestra una existencia lograda, podremos mirar atrás con la satisfacción de haberlas conducido hacia un equilibrio estable. Pero también se puede concluir la vida sumidos en el arrepentimiento y sintiendo que, de un modo u otro, hemos permitido convertirnos en menos de lo que representaba la suma de nuestras partes. A veces, incluso, sentimos que nos hemos dejado desgarrar por exigencias irreconciliables.
Plantear la vida como la búsqueda de una identidad estable es un fenómeno genuinamente moderno, y ha sido posible gracias al declive de las estructuras familiares, políticas, religiosas y nacionales que antaño asignaban a cada individuo su lugar. Los novelistas del siglo XIX –Stendhal, Flaubert, Tolstói, Turguénev, Edith Wharton o George Eliot– nos legaron descripciones inolvidables de cómo funcionaba aquel orden social,…



