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Agenda Exterior: El euro

AGENDA PÚBLICA Y POLÍTICA EXTERIOR
 |  20 de diciembre de 2018

¿Qué necesita el euro para sobrevivir a la próxima crisis?

 

La modestia se ha impuesto a la ambición; lo posible a corto plazo ha prevalecido sobre lo ideal a largo. La Unión Europea ha acordado darle a la zona euro un presupuesto propio. Aunque se desconoce aún su volumen definitivo, será en todo caso una versión reducida de lo propuesto por la Francia de Emmanuel Macron. El presupuesto permitirá reducir las diferencias entre los Estados miembros y llevar a cabo inversiones que harán más competitiva la eurozona. Junto a otras medidas, el presupuesto conjunto ha sido lo más destacado de la cumbre de Euro de la semana pasada. ¿Es suficiente respaldo para que el euro resista la próxima crisis? Los expertos responden.

 

Joaquín Almunia | Exvicepresidente de la Comisión Europea y exministro. @AlmuniaJoaquin

La moneda única es sólida y creíble, como se aprecia en la evolución de su tipo de cambio y su saldo con el exterior, aunque la Unión Económica y Monetaria (UEM) siga estando incompleta. Pese a su juventud, su supervivencia está garantizada. Durante la crisis 2008-13 se han podido superar situaciones críticas en algunas de las economías de los países miembros, gracias a la actuación valiente del Banco Central Europeo y las reformas y ajustes llevados a cabo en algunas de las economías más débiles de la UEM, bajo la vigilancia y supervisión de la Comisión Europea. A su vez, decisiones como la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) y el lanzamiento de la Unión Bancaria hacen que el euro esté ahora mejor equipado que hace una década para enfrentar futuras turbulencias en los mercados.

Pero antes de que llegue otra crisis, hay que reforzar su solidez y facilitar que los instrumentos en manos de las autoridades sean más eficaces. Ante todo, los máximos responsables políticos de la UEM deben reafirmar las palabras que el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, pronunció en 2012, renovando su firme compromiso de defender al euro y a sus economías frente a cualquier amenaza. Sobre esa base, hay que completar la Unión Bancaria con un sistema común de garantía de depósitos, combinar la reducción de riesgos –endeudamiento, desequilibrios macroeconómicos, morosidad,…– con su mutualización, simplificar las reglas fiscales para reforzar su eficacia y su credibilidad, crear un instrumento fiscal que actúe de forma anticíclica y dotar a los países de la eurozona de un prestamista de último recurso.

 

Nacho Álvarez | Secretario de Economía en Podemos y profesor de Estructura Económica en la UAM. @nachoalvarez_

No debemos descartar que futuras crisis se lleven por delante la moneda común. Los motivos de esta fragilidad son varios. La unión monetaria ha producido resultados insatisfactorios para millones de ciudadanos en materia de bienestar, generando un hondo descontento. La austeridad fiscal y la desregulación de los mercados de trabajo explican en parte esta desafección, reforzada por la baja calidad democrática de las instituciones.

El diseño institucional de la zona euro sigue incompleto: una unión monetaria con economías tan distintas estará siempre sometida a enormes tensiones, salvo que se ponga en marcha una unión fiscal que reequilibre los diversos impactos de una crisis, así como mecanismos de ajuste simétrico entre países acreedores y deudores. Por ello, la posibilidad de supervivencia de la zona euro exige una profunda reforma de sus políticas y de sus instituciones. En primer lugar, las decisiones de política económica fundamentales deben discutirse y adoptarse en un verdadero Parlamento de la zona euro, con capacidad legislativa efectiva y con posibilidad de control político. Sin más democracia, la eurozona seguirá siendo frágil. Cualquier avance hacia la unión fiscal correrá el riesgo de reforzar los poderes tecnocráticos y producir más desafección.

Además, es necesario rescatar la política fiscal a nivel nacional, flexibilizando el Pacto de Estabilidad. La orientación de la política económica no puede quedar fijada en una norma legal que estrangula la capacidad de los gobiernos para estabilizar la economía en momentos de crisis, así como la diversidad de opciones políticas, asfixiando con ello la democracia. Se debe asimismo promover un crecimiento adecuado de los salarios, al menos equivalente a la suma de la inflación más la productividad, renunciando a utilizar su devaluación como un instrumento para obtener ventajas competitivas. Finalmente, una reforma del BCE debe ampliar sus objetivos y reforzar su control democrático.

 

Enrique Feás | Técnico Comercial y Economista del Estado y coeditor del Blog NewDeal. @EnriqueFeas

Se trata, a fin de cuentas, de evitar que los bancos hundan a los países, y que los países hundan al euro. Para evitar lo primero es necesario profundizar en la Unión Bancaria, de modo que cuando falle la liquidez, haya oxígeno europeo (con un BCE prestamista de última instancia); y cuando falle la solvencia, salvavidas europeos: un fondo de resolución para rescatar bancos y un fondo de garantía de depósitos para rescatar depositantes.

Para que la deuda de los países no hunda al euro, es preciso, primero, facilitar que el BCE pueda comprar deuda pública de países solventes en el mercado secundario de forma rápida y masiva, con una autorización sencilla, quizás del propio MEDE, que también en última instancia deberá encargarse de rescatar a los países; y segundo, que las hoy exhaustas políticas fiscales tengan siempre un margen de actuación, para lo cual se requiere mutualizar algunos riesgos.

Un primer paso de esta política fiscal común sería un sistema complementario de prestaciones por desempleo que favorezca a un tiempo la estabilización macroeconómica y la reducción del coste social del ajuste. Al proteger los derechos de los ciudadanos (como con el fondo de garantía de depósitos), se está potenciando además la sostenibilidad social del euro, también crucial. Más adelante sería recomendable ampliar el tamaño y profundidad del presupuesto europeo, y con ello las responsabilidades y controles asociados, potenciando inversiones y la convergencia real. Solo entonces un posible Tesoro europeo podría emitir un verdadero activo financiero sin riesgo.

 

Alicia González | Corresponsal de Economía Internacional en El País. @agvicente

Hay dos cuestiones que los países que comparten el euro deben asumir. La primera, es la voluntad política de completar definitivamente la unión monetaria; y la segunda, la necesidad de abordar las reformas sin demora y sin que sea otra crisis existencial la que precipite la reacción de los socios.

Es verdad que los líderes de la zona euro acaban de adoptar importantes medidas para mejorar su integración de cara a futuras crisis, como dotar de nuevas competencias al mecanismo de rescate del euro. Pero las evidentes desavenencias entre los Estados del euro han dejado fuera temas cruciales como un presupuesto común –se han comprometido a discutir su tamaño, su duración y su financiación en los próximos seis meses–, así como un esquema de garantía común de los depósitos bancarios, que evite la fuga de depósitos en medio de una crisis y ayude a estabilizar el sistema bancario en esos momentos.

Dos cuestiones fundamentales permanecen abiertas y debilitan el futuro de la moneda única. Por un lado, si se penaliza la tenencia de deuda soberana por los bancos de su país, eso convertirá a los bonos alemanes en la única deuda refugio en tiempos de crisis. Y, en segundo lugar, si no se profundiza en la integración de los mercados de capital, el euro nunca llegará a ser una divisa que pueda hablar de tú a tú al dólar como reserva internacional.

 

Miguel Otero Iglesias | Analista principal de Política Económica Internacional en el Instituto Elcano. @miotei

Lo curioso es que lo más probable es que el euro va a necesitar la siguiente crisis para ser una construcción duradera. Y lo más probable es que los pasos que se den para fortalecerlo en la próxima crisis tampoco serán suficientes y se necesitará otra  crisis para seguir su construcción. Desde que se rompió el sistema de Bretton Woods, a principios de los años setenta, y se empezó a pensar seriamente en crear mayor integración monetaria en Europa la dinámica ha sido justamente esa. Fueron los momentos de crisis (donde las deficiencias se hacían obvias) los que han impulsado mayor integración. Con lo cual, la respuesta a la pregunta tiene que ser necesariamente la siguiente: que haya voluntad política para seguir integrándose hacia una unión política y fiscal (en ese orden). Es importante entender que esa voluntad no tiene que venir de procesos endógenos, también puede derivar de la falta de cualquier alternativa (volver a las monedas nacionales da miedo) o incluso de fuerzas exógenas (amenazas externas) que hagan que los líderes europeos vean la necesidad de mayor unión. Lo que está claro es que si el euro se rompe, se rompe la UE. Palabras mayores.

 

Miguel Sebastián | Economista. Profesor de la Universidad Complutense. Autor de La falsa bonanza. @msebastiang

Al cumplirse los 20 años del nacimiento de la moneda única, el 1 de enero de 1999, el balance es desigual, tanto desde un punto de vista sectorial como geográfico. Es cierto que, de estos 20 años, casi 10 han coincidido con una gran recesión cuyas raíces no se encuentran precisamente en este lado del Atlántico. Pero no es menos cierto que, desde el inicio de la crisis, la zona euro ha tenido un desempeño decepcionante, comparado con otras áreas del mundo. Con un crecimiento acumulado del PIB del 8% desde 2007, la zona euro se queda rezagada, no solo frente al conjunto de la economía mundial (+45%), sino a países desarrollados, como EEUU (18%), Corea del Sur (39%) o incluso países de la Unión Europea fuera del euro, como Suecia (20%). Además de un menor crecimiento medio, nuestras economías han aumentado su volatilidad. Es decir, el euro no ha actuado como un mecanismo amortiguador de los choques externos. Para que en el futuro pueda hacerlo no es suficiente con avanzar en la unión bancaria. Hay que profundizar en la unión política y fiscal. Un mayor presupuesto europeo, financiado con emisión de eurobonos, sería una buena vía de integración. Y hay que dotar a los Estados miembros de herramientas preventivas para hacer frente a posibles burbujas, cuando la política monetaria del conjunto de la zona euro no pueda abordar los problemas idiosincrásicos de los Estados. También hay que revisar el papel del BCE, orientado en exclusiva a la inflación de consumo, para que tenga en cuenta los precios de los activos en su política monetaria y hacerla así más estabilizadora. No es de recibo que, en los primeros 10 años de existencia del euro, desde 1999 a 2008, años de bonanza, se acumularan unos volúmenes históricos de deuda privada, sin que nadie hiciera nada para evitarlo.

 

Y además, en #AgendaExterior: Que la reforma del euro no olvide la cohesión, por Jorge Díaz Lanchas

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