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Agenda Exterior: guerra y clima

En un momento en que el calentamiento global se muestra en toda su crudeza en el continente europeo, con olas de calor y sequías generalizadas, preguntamos a los expertos si la agenda verde de la Unión Europea podrá sobrevivir a la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania.
Política Exterior
 |  26 de julio de 2022

En Europa, la guerra de Ucrania ha dejado otros asuntos existenciales en segundo plano o aparcados. En el terreno de la lucha contra el cambio climático, asistimos incluso a un retroceso, con el regreso del carbón y la búsqueda frenética de nuevos proveedores de hidrocarburos para mitigar la dependencia de la energía rusa. Mientras tanto, las perspectivas de que el ambicioso paquete legislativo Fit for 55 de la Comisión Europea quede aprobado antes de la COP27 en Sharm el Sheij, Egipto, el próximo noviembre, no son halagüeñas.

En un momento en que el calentamiento global se muestra en toda su crudeza en el continente europeo, con olas de calor y sequías generalizadas, preguntamos a los expertos si la agenda verde de la Unión Europea podrá sobrevivir a la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania.

Participan

GIULIO BOCCALETTI | Investigador asociado honorario de la Smith School of Enterprise and the Environment de la Universidad de Oxford, es investigador visitante del Centro Euromediterráneo sobre el Cambio Climático. Autor de Water: A Biography (Pantheon, 2021). @G_Boccaletti

La agenda climática de Europa debe sobrevivir al impacto de la crisis económica. Quienes temen que no lo haga consideran que el aumento del precio de los combustibles y los alimentos disuadirá de la transición a una economía verde. La preocupación subyacente es que el público no sostendrá la legitimidad política de la agenda climática frente a desincentivos económicos marginales. Sin embargo, no creo que las señales del mercado a corto plazo sean el único ni el más poderoso incentivo que opere sobre la voluntad colectiva.

Este verano ha demostrado que Europa está mal equipada para hacer frente a un clima alterado. Las temperaturas abrasadoras y las graves sequías han tenido un profundo impacto en la economía agrícola del continente. Y solo hemos llegado a la mitad del verano: aún hay tiempo para más incendios e inundaciones catastróficas, cuando las lluvias vuelvan en otoño sobre los suelos compactados por la sequía. La gente está viendo cómo cambia su paisaje delante de sus ojos. Esto amplía la agenda climática mucho más allá de la fijación de precios del carbono y de los problemas de suministro a corto plazo, convirtiéndola en un compromiso político.

Por ejemplo, está claro que los graneros de Europa necesitan inversiones en instituciones, infraestructuras y agronomía para adaptarse a un nuevo clima: la seguridad alimentaria del continente depende de ello. Los agricultores, un poderoso grupo político en todo el continente, estarán en la frontera de estos cambios e impulsarán esas inversiones. Además, la guerra ha hecho que la política energética pase de ser una cuestión de estructura de mercado a una de seguridad nacional y continental. Las energías renovables son baratas. Pero también están totalmente sujetas a la soberanía nacional. El uso a corto plazo de los combustibles fósiles para desplazar el gas ruso solo reforzará este punto básico.

Como se demostró durante la pandemia, las democracias europeas son perfectamente capaces de ajustarse a medidas económicamente dolorosas y de expresar su solidaridad frente a las amenazas a largo plazo. La agenda climática de Europa debe sobrevivir a la crisis actual. Yo creo que lo hará.

 

SUSI DENNISON | Directora del programa European Power e investigadora sénior del European Council on Foreign Relations (ECFR). @sd270

La crisis energética ha desplazado la agenda climática del foco de los medios de comunicación europeos, a pesar de los incendios forestales que asuelan a muchos Estados de la UE. Pero la visión expuesta en mayo en el plan RePowerEU de la Comisión, con un importante aumento de las energías renovables como parte de la transición para dejar de depender de Rusia, sigue siendo posible. Sin embargo, tenemos que ser mucho más inteligentes en la forma de pensar y comunicar nuestra respuesta a la crisis energética para mantener viva esa posibilidad.

En primer lugar, tenemos que entender que se trata de un problema europeo que necesita una respuesta europea. No se trata solo de la crisis energética de Alemania o del pánico de Francia por el suministro de gas para pasar el invierno. Es algo a lo que todos nos enfrentamos. Y si no planificamos y ponemos en común los recursos energéticos a nivel de la UE, estamos limitando nuestras opciones de seguridad. Cuando se celebre el Consejo de la UE en octubre, será necesario un plan de abastecimiento energético a nivel comunitario, con el respaldo de los líderes políticos, no solo de la Comisión.

En segundo lugar, los ciudadanos europeos necesitan una narrativa común sobre si deben apretarse el cinturón o si todo irá bien de alguna manera. Escuchan diferentes mensajes de diferentes líderes. Los políticos tienen que ser sinceros y decir que llevará algún tiempo aumentar las fuentes de energía limpias, pero que sigue siendo la opción más sensata para nuestra seguridad energética a largo plazo. Sin embargo, este año tendremos que vivir con recursos energéticos finitos y todos tenemos que arrimar el hombro.

En tercer lugar, hará falta dinero. Si los gobiernos pueden encontrar el dinero para pagar los altísimos precios del gas en los mercados internacionales, también deberían poder encontrarlo para aumentar la inversión en energías renovables. Tal vez sea el momento de aceptar que estamos –de nuevo– en un momento tipo “lo que haga falta” y que es necesario un fondo de emergencia para respaldar la inversión prevista en RePower EU.

Si estos tres criterios pueden cumplirse, la agenda climática de la UE puede verse potenciada por la crisis energética.

 

NOAH J. GORDON | Investigador del programa Europa del Carnegie Endowment en Washington DC. @noah_gordon_

Con países como Alemania, Francia y Países Bajos anunciando que van a volver a poner en marcha algunas centrales de carbón para hacer frente a la escasez de energía en Europa, y los europeos volando por el mundo en una búsqueda desesperada de más gas natural, podría parecer que la transición energética de Europa retrocede. Por fortuna, no es así. La UE sigue adelante con las reformas del Fit for 55 que la Comisión propuso antes de esta crisis energética, como la fijación de precios del carbono para el transporte marítimo, el transporte por carretera y los edificios, así como un ajuste en la frontera del carbono.

Y lo que es más importante: la crisis energética de 2021-22 ha dado a los Estados europeos la motivación y la cobertura política necesarias para tomar un control más firme de sus mercados energéticos. Reino Unido, Francia y Alemania están rescatando o nacionalizando empresas energéticas con problemas como Uniper y EDF, mientras que Italia, Rumanía y Grecia aplican impuestos extraordinarios a los beneficios de las empresas energéticas. España está haciendo que muchos trenes sean gratuitos. Alemania e Italia incluso están tomando medidas para reducir la demanda de energía, como bajar el aire acondicionado, y practican una política industrial a la antigua usanza invirtiendo fondos estatales en infraestructuras energéticas clave como terminales de GNL y fábricas de baterías.

Para hacer frente a la crisis climática siempre se iba a necesitar algo más que empujar a los mercados con la fijación de precios del carbono. Cada vez más europeos se dan cuenta de ello.

 

PEDRO LINARES | Profesor del departamento de Organización Industrial de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería ICAI. Universidad Pontificia de Comillas. @P_Linares

En mi opinión, la agenda climática no solo sobrevivirá a la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania, sino que seguramente saldrá reforzada. Eso sí, con unos cuantos baches por el camino. A corto plazo, y en tanto la UE encuentre el modo de desengancharse del gas y el petróleo rusos, la prioridad por el clima podría sufrir, como vemos ya con la vuelta al carbón o con la propuesta europea de relajar las medidas de protección ambiental.

Sin embargo, a medio y largo plazo soy optimista en que esta guerra acelere la transición hacia un modelo más basado en la eficiencia energética y las energías renovables, y por tanto menos dependiente no solo de la energía importada, sino, sobre todo, más resistente a la volatilidad de los precios de los combustibles fósiles y con muchas menos emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque evidentemente muy dañinos, un corte de suministro o un apagón son muy efectivos para concienciar a la población y las empresas acerca de la necesidad de ahorrar energía. Y el ahorro, como bien sabemos y nos indica el último informe del IPCC, es la medida más efectiva y eficiente para luchar contra el cambio climático. Es cierto que nuestra memoria es corta, y que quizá cuando pase (ojalá pronto) esta crisis, estaremos tentados de volver a las malas prácticas anteriores. Y que los subsidios generalizados que estamos viviendo en países como España no contribuyen al ahorro. Pero como decía, soy optimista.

 

EMILIO LUQUE | Profesor de Medio Ambiente y Sociedad en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED. @Luque_Emilio

No solo sobrevivirá, sino que saldrá reforzada. La traducción de la emergencia climática en políticas concretas exigía pasar del lento al allegro; no solo en su ritmo, sino también en el tono emocional de su mensaje: de la restricción a la abundancia inteligente. Históricamente, los grandes saltos en ámbitos como la eficiencia se han conseguido como resultado de crisis energéticas y geopolíticas similares, como el shock del petróleo de los años setenta. Pues bien: si necesitábamos una lección práctica sobre la importancia estratégica de la independencia energética y el riesgo existencial que suponen las energías fósiles, Putin nos la ha ofrecido con creces. El sol que irradia y el viento que circula por un territorio difícilmente podrán chantajearnos. Además, la guerra de Ucrania ha venido a cuestionar la vergonzante preferencia geopolítica por “nuestros hijos de puta” como garantes de suministros energéticos, teóricamente más estables y predecibles que el guirigay democrático.

Ahora bien: es seguro que la crisis retrasará la agenda climática, como deja claro la reactivación de las centrales de carbón. Esto es terrible, porque ahora todo gira en torno a los cuándo (el si, desgraciadamente, es indudable, porque la física no admite negociación ni cambia de “relato”). ¿Cuál es entonces la doble tarea, compatible con esta profunda crisis, en un marco de empeño colectivo existencial en tiempos de guerra (climática y de la de siempre)? Electrificarlo todo, y hacerlo todo más eficiente: transporte, edificios, sistema agroalimentario. Busquen las señales: menos carnes, sobre todo rojas, y más aerotermia y transporte colectivo en ciudades rediseñadas para ser amables y resilientes.

 

ANTXON OLABE | Economista ambiental y ensayista. Autor del libro Crisis climática-ambiental. La hora de la responsabilidad (Galaxia Gutenberg). Entre julio de 2018 y diciembre de 2020 fue asesor sobre clima y energía en el gabinete de la vicepresidenta y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

La respuesta directa es puede, debe y va a sobrevivir. Es más, aunque sea un poco contra intuitivo, mi convicción es que se va a acelerar como consecuencia de la crisis geopolítica y energética desatada por la invasión rusa de Ucrania. La clave es diferenciar los tiempos.

En el corto plazo las turbulencias están ocasionando retrocesos como la apertura de viejas centrales de carbón o la aprobación en la taxonomía del carácter verde de las inversiones en gas y nuclear. Pero hay que mantener la perspectiva. Buena parte de esas centrales quedarán en situación de back up, con entradas operativas al sistema muy acotadas en el tiempo entre otras razones por los elevados precios del CO2. Respecto a las inversiones en generación eléctrica la mayoría la seguirá captando las renovables. El pronóstico de Solar Power Europe es que 2022 finalice con 40.000 MW de nueva instalación fotovoltaica, un incremento del 45% respecto a 2021. No olvidemos, en ese sentido, que la Comisión Europea ha puesto en marcha el ambicioso plan RePowerEU, dirigido a acelerar la desconexión de los combustibles fósiles en general y de los de Rusia en particular.

La transición energética (y por tanto la acción climática) se va a acelerar ya que a raíz de la invasión rusa de Ucrania la dependencia de los combustibles fósiles ha pasado a considerarse una vulnerabilidad estratégica con implicaciones directas en la seguridad. Dicha dependencia no solo nos aboca al suicidio climático, como ha dicho el secretario general de la ONU, António Guterres, sino que drena inmensos recursos comunitarios (del orden de 300.000 millones de euros al año en importaciones de petróleo y gas), y ahora además representa una fragilidad en la seguridad, pues en el actual contexto de competición entre grandes potencias las exportaciones de petróleo y gas han pasado a utilizarse como vectores de poder. Ese es el nuevo elemento clave en la geopolítica de la energía y va a resultar decisivo en el medio y largo plazo.

Además, las instituciones europeas son conscientes de que la emergencia climática es el asunto llamado a definir nuestro tiempo. Las gravísimas olas de calor que han azotado buena parte del continente estas semanas nos lo han recordado de manera dramática. En definitiva, una cosa es la flexibilidad necesaria en el corto plazo para sortear con eficacia, eficiencia y cohesión social las turbulencias y otra, diferente, mantener clara la dirección de la nave hacia la neutralidad climática. Europa no se puede permitir un paso atrás en su agenda climática y no lo va a dar. Estoy convencido de que quien apueste en sentido contrario perderá.

 

GONZALO SÁENZ DE MIERA | Director de Cambio Climático en Iberdrola. @gonsaenzdemiera 

No solo puede sobrevivir, sino que la crisis energética va a acelerar la agenda climática europea.

A corto plazo, es cierto que las emisiones se pueden incrementar porque hay países como Alemania que están produciendo más electricidad con carbón por los altos costes del gas y el riesgo de cortes de suministro de Rusia. Pero a medio plazo, la crisis energética va a suponer una aceleración de las políticas climáticas porque las medidas para hacer frente a las crisis climática y energética son las mismas: renovables, eficiencia energética y electrificación. Una economía que lucha contra el cambio climático es una economía más segura desde el punto de vista geoestratégico y una economía más competitiva, con menores costes de la energía, porque las energías renovables no solo son más limpias, sino más seguras (porque no las tenemos que importar) y, gracias a la revolución tecnológica de los últimos años, más baratas que los combustibles fósiles.

La Comisión Europea presentó en 2019 el Pacto Verde Europeo, una estrategia de descarbonización y crecimiento económico por razones ambientales, pero también por seguridad energética, desarrollo industrial, reducción de costes energéticos, generación de empleo, entre otros objetivos. En 2021, tras la pandemia, se aceleró esta política con los fondos de recuperación y ahora, con el RepowerEU, el plan europeo de para poner fin a la dependencia de combustibles fósiles rusos acelerará todavía más esta transición para mejorar nuestra seguridad energética.

Hay un elemento positivo de la crisis energética y es que se está incrementado el apoyo social a la descarbonización. Si ya era importante por razones ambientales, ahora por la seguridad energética está creciendo y puede suponer un espaldarazo al proceso de descarbonización. Se trata de un proceso que, como decía Cristina Monge en un reciente artículo en El País, es la vía para plantar cara a Putin y, al mismo tiempo, ganar la batalla al cambio climático.

 

MARÍA SICILIA | Aspen España fellow.

La promesa central al European Green Deal de un suministro de energía limpia a un precio cada vez más asequible está siendo cuestionada por la crisis actual de precios de la energía. La situación en los mercados energéticos, muy tensionados tras la salida de la pandemia por los cuellos de botella en las cadenas globales de suministro, se ha visto agravada por la invasión de Ucrania y la reducción de las exportaciones de gas natural de Rusia desde 2021, impulsando los precios en Europa a niveles récord, lo que a su vez se traduce en unos precios de la electricidad inasumibles para gran parte de hogares y empresas.

Un escenario en el que Rusia cerrase por completo el suministro de gas a Europa a partir del tercer trimestre de 2022 abocaría a la zona euro, según el Banco Central Europeo, a una recesión prácticamente inmediata. Esta amenaza está llevando a los gobiernos de los Estados miembros a adoptar medidas que no dejan de ser contradictorias con la agenda climática. Así, en Alemania, país en la vanguardia de la transición energética con su pionera Enegiewende pero también de los más dependientes del gas ruso, el 5 de julio el gobierno de coalición presentó una propuesta legislativa para revisar sus objetivos climáticos a 2035 y vincularlos sin fecha precisa a la retirada de la generación con carbón, inicialmente prevista para 2030. Sin embargo, el mes pasado el país volvía a poner en funcionamiento 1.600 MW de capacidad a partir de carbón. Este mismo año el ministerio alemán de Medio Ambiente suspendió el procedimiento de evaluación de impacto ambiental para acelerar la construcción de un gasoducto que permita conectar antes de final de año las nuevas terminales flotantes de regasificación contratadas por el gobierno alemán, por “razones de seguridad nacional”.

La agenda climática no puede avanzar sin prosperidad. No será posible hacer una transición eficaz hacia una economía neutra en emisiones sin crecimiento económico que soporte las ingentes inversiones necesarias en nuevas tecnologías limpias y en innovación. A corto plazo, una vez agotadas las posibilidades de sustitución de suministros de gas ruso mediante importaciones de otros orígenes, es indispensable reducir la demanda de energía en Europa para contener la actual espiral inflacionista y limitar el impacto en la economía de unos precios energéticos que se prevén estructuralmente más elevados. A medio y largo plazo, los fondos de recuperación, cuya tercera parte está destinada a inversiones verdes, deben servir para sentar las bases de una auténtica política industrial europea, que impulse las capacidades productivas y el empleo en los nuevos vectores descarbonizados de futuro.

 

ERNEST URTASUN | Economista, diplomático y vicepresidente del grupo de Los Verdes en el Parlamento Europeo. @ernesturtasun

La agenda climática europea está bajo amenaza. La crisis energética, derivada de nuestra dependencia exterior endémica de los combustibles fósiles, y que la guerra ha puesto de manifiesto en toda su crudeza, debería ser un estímulo para una aceleración de la transición energética y un mayor y más rápido despliegue de las renovables y de la medidas de ahorro y eficiencia.

Si embargo, algunas señales apuntan en la dirección contraria. En primer lugar, la Comisión Europea ha presentado el plan Repower EU que tiene como objetivo acelerar la independencia energética de la UE. Es un objetivo necesario, pero no a costa de permitir, como propone la Comisión, el despliegue de fondos públicos en infraestructuras fósiles, eximiendo esas inversiones del cumplimiento del principio legal de no dañar significativamente los compromisos ambientales y climáticos de la UE, tal y como quedó establecido en el reglamento del Fondo de Recuperación. En segundo lugar, el Parlamento Europeo decidió recientemente no objetar la propuesta de la Comisión sobre la Taxonomía, dando vía libre a la consideración de inversiones sostenibles a aquellas destinadas al gas y a la nuclear.

Nadie niega que en el corto plazo el corte o la reducción significativa de suministro del gas ruso obligará a tomar medidas de emergencia dolorosas, como la reapertura de centrales de carbón o la importación de gas licuado norteamericano extraído mediante la técnica del fracking. Pero lamentablemente algunas medidas van más allá, apostando por infraestructuras que generarán un efecto de dependencia (lock-in effect) en energías fósiles más allá de la emergencia inmediata (véase el proyecto de nuevo gaseoducto con Francia, el MidCat). 

La legislatura europea acaba de cruzar el ecuador, y el European Green Deal se encuentra en una encrucijada, mientras soportamos la mayor ola de calor en verano desde que existen registros.

La agenda climática europea está bajo amenaza. La crisis energética debería ser un estímulo para una aceleración de la transición energética y un mayor y más rápido despliegue de las renovables. Si embargo, algunas señales apuntan en la dirección contraria.

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