relación transatlántica
El presidente electo de EEUU, Joe Biden, durante una comparecencia en Wilmington (Delaware) el 6 de enero. GETTY

Agenda Exterior: relación transatlántica

POLÍTICA EXTERIOR
 |  20 de enero de 2021

Joe Biden toma el relevo de Donald Trump –que ni siquiera acudirá a la inauguración presidencial– en un contexto de crisis que se superponen: la del Covid-19, la de la hegemonía internacional de Estados Unidos, la que causa una polarización que ha desgarrado a la sociedad americana… En esta agenda abrumadora destaca también la necesidad de reparar los lazos transatlánticos tras cuatro años de fricción, cuando no abierta hostilidad. Preguntamos a diversos expertos sobre las perspectivas de un reacercamiento entre la Unión Europea y EEUU.

 

¿Cómo insuflar nueva vida al vínculo transatlántico?

 

SVEN BISCOP | Director del programa Europe in the World en el Egmont Royal Institute for International Relations (Bélgica), profesor en la Universidad de Gante y miembro honorario del European Security and Defence College. @EgmontInstitute

Hablar a la Unión Europea. Parece un consejo evidente para la administración Biden, pero no lo es. Gran parte de la atención estará centrada en la OTAN, que (acertadamente) ha decidido revistar su concepto estratégico. No obstante, el informe “La OTAN en 2030” elaborado por un grupo de expertos, ya destacaba las visiones divergentes a ambos lados del Atlántico.

Simplificando: los europeos quieren que la OTAN sea más eficaz en defensa; los estadounidenses quieren hacerla más efectiva en todas las cuestiones, desde el ascenso de China hasta el cambio climático. El lugar de China en el mundo y el futuro del orden mundial exigen una coordinación transatlántica. Pero las grandes potencias se están posicionando principalmente a través de la “geoeconomía”: el tamaño de sus mercados e inversiones, su capacidad para establecer normas y estándares y la fuerza de su “conectividad” determinan su posición de poder. En Europa, la UE cuenta con la mayor influencia en todos estos frentes. La OTAN seguirá siendo vital si se centra en su misión principal: la defensa. Sin embargo, la relación transatlántica es más que la defensa y más que la OTAN. Si EEUU acepta trabajar con la UE como un par y, lo que es más importante, si los europeos asumen que solo tendrán una gran estrategia eficaz a través de la UE, la relación transatlántica puede florecer.

 

PABLO BUSTINDUY | Profesor adjunto en el City College de Nueva York. Responsable de la secretaría internacional de Podemos (2015-2019) y diputado en las XI y XII Legislaturas. @pbustinduy

Quizá por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el gran acuerdo estratégico entre Estados Unidos y Europa se ha visto gravemente tensionado y dañado durante la presidencia de Trump. No se trata de una simple cuestión diplomática. El ascenso a la hegemonía global de EEUU no se entiende sin ese acuerdo, por el que Washington decidió asumir una parte significativa del coste de la defensa europea a cambio de una posición decisoria –incluido el derecho de veto– en materias de seguridad y orientación estratégica europeas. Trump ha demonizado ese acuerdo como una relación parasitaria, y ha minado sus bases por medio de una agresiva política de enfrentamiento en materia de defensa, comercio, o por medio de su intervención directa en la crisis del Brexit.

Biden ha prometido una restauración de la posición exterior de EEUU, y especialmente de la relación trasatlántica. Su retórica y nombramientos recrean ese intento de devolver el reloj a la era pre-Trump. Pero los efectos de algunos de esos cambios son irreversibles: ni la posición exterior de EEUU ni el mundo que va a enfrentar su presidencia son los de 2016. Europa corre por tanto el peligro de entregarse a una ilusión. Bajo el ataque de Trump, la UE se ha visto forzada a pensarse a sí misma como actor geopolítico, a construir una posición autónoma y a discernir sus propios intereses. Aunque los avances sean modestos, sería un error de graves consecuencias revertir ese curso. Es cuestionable que los EEUU de Biden vayan a tener la voluntad o la capacidad de restablecer la viabilidad del orden multilateral, dar una solución justa a la emergencia climática y sanitaria, o estabilizar la crisis de la globalización. Europa no debería renunciar a construir un espacio de autonomía geopolítica para defender sus intereses en ese mundo desordenado.

 

CRISTINA CRESPO PALOMARES | Coordinadora general y directora de Relaciones Externas en el Instituto Franklin. @criscrespop

En la relación transatlántica nos moveremos entre lo esperado y lo deseable. El cambio en el tono de las conversaciones, donde Europa deja de ser vista con recelo, ya se ha producido. En este sentido, los aliados europeos celebran abiertamente la vuelta a una interlocución fluida y cercana con Washington. No obstante, aunque las relaciones mejoren en la forma, la existencia de una profunda brecha transatlántica es evidente. El discurso político por ambas partes aboga por una mayor aproximación para enfrentarse a China en lo comercial, por ejemplo. Sin embargo, la UE ya cerró un acuerdo con China por su cuenta a finales del diciembre sin contar con su aliado americano. En definitiva, parece que los europeos no terminan de confiar en la alianza tradicional transatlántica. Su temor es que el acercamiento de la nueva administración demócrata sea temporal y que en cuatro años cambie de nuevo.

Por otro lado, el multilateralismo de Biden no necesariamente priorizará a los socios europeos en su idea de crear una alianza internacional de democracias alineada para combatir las amenazas comunes. En definitiva, se espera una mejora sustancial en la relación transatlántica, pero con una agenda de altas expectativas por parte de los socios europeos.

 

CARLOTA G. ENCINA | Investigadora principal de EEUU y relaciones transatlánticas en el Instituto Elcano. @EncinaCharlie

La nueva administración es una gran oportunidad para el vínculo transatlántico, que se puede consolidar como una relación que va mucho allá de la seguridad y la defensa, y como una relación que trasciende el área transatlántica. Si la cooperación es uno de los pilares de la política exterior de Biden y la democracia uno de sus principios, todo apunta a una vuelta a una relación donde la diplomacia tendrá más espacio, la UE no será un enemigo y la OTAN no estará obsoleta.

No es una vuelta al pasado, ni se pretende que los intereses sean idénticos. Pero hay potenciales áreas de encuentro en las que mejorar y avanzar, como el establecimiento de reglas comerciales y estándares medioambientales; la fiscalidad digital y el 5G; iniciativas para regular las big-tech; y el desarrollo de estrategias comunes para hacer frente a China.

También hay que contener la euforia. Biden tiene su foco más inmediato en los asuntos domésticos, lo que puede ser un límite. Pero el nuevo presidente no alcanzará completamente ninguna de sus grandes prioridades –COVID-19, recesión económica y cambio climático– sin sus socios, sobre todo europeos. Además, la desconfianza de los líderes europeos seguirá alta porque nadie les asegura que dentro de cuatro años haya un nuevo giro radical en la Casa Blanca.

 

JEREMY SHAPIRO  | Director de investigación en el European Council on Foreign Relations e investigador senior no residente en Brookings Institution. @JyShapiro

Este 20 de enero Donald Trump hará su mayor contribución a las relaciones transatlánticas: dejará el cargo. El desagrado de Trump por los aliados y el desprecio por el valor de la OTAN puso a la asociación transatlántica en un peligro profundo, incluso existencial. Su partida dará a la OTAN una nueva oportunidad de vida. Pero, por supuesto, no debemos confundir el fin de esta “experiencia cercana a la muerte” con la salud real, y mucho menos una restauración de la relación.

La alianza transatlántica estaba en lento declive antes de que Trump asumiera el cargo y no hay vuelta atrás a la (mal recordada) era dorada de 2015. La OTAN necesita urgentemente un mayor equilibrio, lo que significa tanto el aumento de las responsabilidades europeas (un concepto más amplio que solo el gasto en defensa) y disminución del control estadounidense de la Alianza.

Ambas partes hablan de labios hacia afuera sobre estos esfuerzos, pero generalmente logran escasos avances cuando las relaciones transatlánticas son buenas. Los políticos a menudo confunden la ausencia de disputas transatlánticas serias con una señal de salud. La medida correcta sobre la vitalidad de la OTAN no es el acuerdo, sino si la alianza es productiva para todas partes.

Con la administración Biden debemos esperar disputas productivas que mejoren la capacidad de la alianza para proteger los intereses de sus miembros. En caso contrario, la presidenta Ivanka Trump o algún futuro presidente estadounidense similar dará el golpe mortal a la OTAN que la derrota electoral de Trump evitó por tan poco.

 

MARY ELISE SAROTTE | Titular de la cátedra Kravis en Johns Hopkins School of Advanced International Studies (SAIS) del centro Minda de Gunzburg para Estudios Europeos de la Universidad de Harvard. @e_sarotte

La restauración de lazos transatlánticos será –espero– una de las principales prioridades de la administración Biden. Parafrasean a Winston Churchill, los americanos son los peores aliados de los europeos… con la excepción de todos los demás. El nuevo presidente empezó con buen pie, nombrando miembros de su gabinete y administración que tienen experiencia y están comprometidos con las relaciones transatlánticas.

Pero no solo es Biden quienes definirá la política exterior. Los europeos tendrán que tratar con un Congreso donde la mayoría del Partido Demócrata es frágil, en un momento en el que muchos americanos votaron cuatro años más de la actitud de América primero que caracterizó a Trump. Así que ni unos ni otros deberían esperar una inmediata vuelta a la normalidad de los tiempos de Barack Obama. La reparación de las relaciones transatlánticas tendrá lugar paso a paso, y no rápidamente, pese a algunos primeros movimientos notables en los primeros días, como el retorno de EEUU al Acuerdo de París para frenar el cambio climático.

La confianza perdida no será fácil de recobrar. El proceso será lento.

 

JOSHUA SHIFRINSON | Profesor de Relaciones Internacionales en Boston University. @shifrinson

La relación transatlántica puede restaurarse bajo la administración de Biden, pero será muy diferente que en el pasado. Incluso antes de que Donald Trump asumiera el cargo, legisladores estadounidenses como el exsecretario de Defensa Robert Gates advirtieron a los miembros europeos de la OTAN que Estados Unidos no podría comprometerse con la seguridad europea de manera indefinida si los aliados no hacían más por la defensa común. Cuatro años de grandilocuencia, amenazas de abandono y una política exterior transaccional han hecho de esta advertencia un riesgo real. Mientras tanto, el surgimiento de movimientos de izquierda y derecha en EEUU que priorizan los asuntos internos, junto con la creciente atención de Washington a Asia, muestran que el tiempo y los recursos estadounidenses se concentrarán en otros lugares.

Aunque la entrante administración Biden ha prometido una estabilidad renovada en las relaciones transatlánticas, con EEUU de vuelta como socio comprometido para abordar las preocupaciones de seguridad regional, la realidad es que los términos de la relación han cambiado. Los países europeos son comprensiblemente escépticos ante las promesas de EEUU a largo plazo, ya que otras partes del mundo dominan la atención del país. Las relaciones transatlánticas están, por tanto, en proceso de transformación: el tono de la relación puede restablecerse, pero todas las partes miran cada vez más –aunque lentamente– hacia otro lugar para asegurar sus intereses nacionales.

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