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Soldados de infantería españoles, durante una de las duras batallas de 1909 en los alrededores de Melilla, preludio de lo que habría de venir una década después. CHARLES TRAMPUS/ULLSTEIN BILD/GETTY

Annual o el silencio de las debacles

Al igual que otros desastres insondables, el de Annual, del que se cumplen ahora 100 años, parece pedirnos silencio más que himnos; pasmo, en lugar de lecciones morales.
PABLO COLOMER
 |  22 de julio de 2021

La relación de los países con sus grandes fiascos nacionales es variada. Algunos consiguen darles la vuelta y convertirlos en derrotas honorables, en ocasiones más interesantes –y reveladoras del supuesto carácter nacional– que muchas victorias. Otros prefieren enterrarlos en el cementerio de la memoria y visitarlos solo en día señalados, casi por obligación, perdiéndose a regañadientes por los vericuetos del horror. Luego están los que optan por barrer debajo de la alfombra y hacer como si no existiesen, por miedo al qué dirán. O los que se regodean en ellos para alimentar un orgullo herido que dé alas a la ambición nacional. El género, como decía, es variado.

Los anglosajones, por ejemplo, maestros consumados del arco narrativo, suelen aprovechar muchos de sus fracasos para afilar la épica nacional, presentándonos el fiasco como un paso necesario en el camino de redención colectivo. Así lo hicieron los británicos con la carga de la Brigada Ligera. O más recientemente con Dunkerque. Así vienen haciéndolo los estadounidenses –obsesos del género– con Pearl Harbor, El Álamo e incluso la escaramuza de Little Bighorn. A todo consigue sacarle partido Hollywood (y ahora Netflix).

Los rusos son más expeditivos. En los últimos años, según cuenta Andrei Kolesnikov, el gobierno de Vladímir Putin ha pretendido expurgar el pasado de episodios vergonzosos, en busca de una única versión oficial de la historia que legitime el presente. Se glorifica el legado imperial ruso, “limitando la historia a una serie de victorias y manifestaciones del poderío militar estatal, sin dejar espacio para dudas o derrotas”, explica Kolesnikov. En el centro se sitúa la Gran Guerra Patriótica librada contra la Alemania nazi, celebrada todos los años con un desfile militar por la Plaza Roja de Moscú. A su sombra quedan las purgas estalinistas que diezmaron el país y contribuyeron al derrumbe inicial ante la invasión alemana, lo que obligó a un sacrificio aún mayor para recuperar el terreno perdido. Más de 20 millones de rusos perdieron la vida.

 

«En Rusia, el gobierno de Putin pretende expurgar el pasado de episodios vergonzosos, en busca de una única versión oficial de la historia que legitime el presente»

 

A los alemanes no les queda más remedio que seguir convirtiendo sus victorias en derrotas y estas en purgatorios, a la espera de un futuro mejor o más olvidadizo, en un acto de perenne contrición por los crímenes cometidos durante el nazismo. La incomodidad ante los documentales de Leni Riefenstahl persiste, pese a sus méritos, y nadie en sus cabales celebra las gestas de la Wehrmacht, tan numerosas por otra parte. Por el momento, Alternativa para Alemania centra su programa en impugnar el presente, más que en revisitar el pasado.

Los franceses, por su parte, siguen sin saber qué hacer con el colapso de mayo de 1940, menos aún con uno de sus vástagos: el régimen de Vichy. Habrá que estar atentos a una posible victoria en 2022 de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, teniendo en cuenta los flirteos con el revisionismo de muchos de sus simpatizantes. Con otro de los hijos de la debacle de 1940, en cambio, los franceses sí se sienten más cómodos, y rara vez pierden oportunidad de celebrar los méritos de la Resistencia, con independencia del alcance real de sus logros.

¿Y España? Si hacemos caso a Cioran, los españoles somos una nación de desengañados, enamorados de nuestro ocaso. Una larga decadencia imperial punteada de desastres –véase el destino de la Armada Invencible o el de las colonias de Cuba y Filipinas– nos habría enseñado que la vida es una caída sin fin, una derrota irreversible. Así, la actitud que predominaría, frente a la vindicación anglosajona, el orgullo ruso, la vergüenza alemana o las dudas francesas –por no hablar del resentimiento chino o la doblez japonesa–, es la resignación, cuando no el descuido.

Pocos episodios ejemplifican mejor el fatalismo nacional –que, como toda generalización, invita con alegría a ser refutada– que el desastre de Annual, del que los españoles parecemos querer saber poco o nada, porque ya lo sabríamos todo. Las escasas películas o novelas sobre el desastre, una vara de medir tan digna como cualquier otra, indican que el asunto no interesa demasiado, como sucede con tantos otros. Y esto a pesar de que, si “los españoles somos españoles porque no podemos ser otra cosa”, como afirmó Cánovas del Castillo en alguna ocasión, nunca hemos sido más españoles que hace un siglo en el Rif.

 

Historia de un desastre

El de Annual reúne en su seno un poco de todos los desastres antes mencionados (y algunos otros): la miopía y arrogancia de Pearl Harbor y de la carga de la Brigada Ligera; el estupor de Dien Bien Phu, cuando los franceses tocaron fondo en Indochina; la valentía tan loable como estéril de los australianos en Galípoli; la resistencia desesperada de El Álamo; la infamia de la masacre de Katyn; o las consecuencias de la guerra de las Malvinas, en este caso dando luz a una dictadura, en lugar de matándola.

Como siempre sucede en la vida real, nadie sabe cuándo comenzó a joderse todo, aunque mediados del siglo XIX es un buen punto de partida. Por aquel entonces, España contaba con cinco plazas de soberanía en el norte de Marruecos: Ceuta, Melilla, las islas Chafarinas, las islas Alhucemas y el peñón de Vélez de la Gomera. En total, poco más de treinta kilómetros cuadrados que los cabileños o bereberes sentían –sobre todo en los casos de Ceuta y Melilla– como una afrenta cotidiana. Los ataques contra las posesiones españolas proliferaban y el sultán no conseguía contener a los súbditos del bled siba o tierra insumisa, como se conocía a una región históricamente díscola que no solía pagar sus impuestos. En un momento dado, España dijo basta y declaró la guerra al sultán, dando el pistoletazo de salida a la aventura colonial en Marruecos.

 

Mapa del Protectorado español en Marruecos

 

Los conflictos se sucedieron (1893, 1909, 1911) y los españoles, a pesar de los reveses que sacaban a la luz las miserias del ejército, ocupaban cada vez más terreno. El reparto formal de Marruecos llegó en 1912, con la creación del Protectorado. Durante la Primera Guerra Mundial, España mantuvo un perfil bajo, dedicándose a levantar escuelas, hospitales y carreteras; y, sobre todo, a hacer caja, repartida entre la Sociedad de Minas del Rif y la Compañía del Norte Africano. Terminada la contienda, en Madrid decidieron que había llegado la hora de pacificar de una vez por todas la Berbería.

El encargado de ello fue el nuevo comandante general de Melilla, el general Manuel Fernández Silvestre, un hombre con experiencia sobre el terreno, pero algo temerario y ufano. Las ideas, eso sí, las tenía claras: España necesitaba una victoria decisiva en el Rif y esta solo se lograría asestando un golpe a su corazón, la bahía de Alhucemas. Para ello, el general más joven del ejército español (50 años), protegido de Alfonso XIII, comenzó una campaña de conquista que, partiendo de Melilla, esparció la tierra reseca del Rif con soldados de reemplazo, blocaos, puestos avanzados y delicadas líneas de aprovisionamiento. Con golpes de mano y maniobras arriesgadas, Silvestre llegó en enero de 1921 a las puertas de Alhucemas, plantando su campamento en la hoya de Annual, una explanada rodeada de colinas. Las señales de peligro se sucedían –los mandos sabían que Abdelkrim el Jatabi estaba reuniendo a varias tribus rivales para luchar contra los españoles–, pero Silvestre o bien las ignoraba o trataba en vano de solucionarlas.

El 17 de julio de 1921, el castillo de naipes se viene abajo. Las fuerzas de Abdelkrim atacan la posición de Igueriben, emplazada en una colina rocosa a cinco kilómetros de Annual. Después de cuatro días de asedio, Igueriben cae. La mayoría de los 350 soldados de la guarnición perece, pero unos pocos logran escapar hasta Annual, donde cunde el pánico. Silvestre y sus hombres debaten si retirarse o resistir. Están faltos de municiones –sobre todo de artillería– y la mayoría de sus ametralladoras son inservibles. El general decide resistir, pero la huida de algunos oficiales, que escapan en automóviles a la vista de todos, destroza la moral de la tropa. La puntilla la da la deserción de la policía indígena, provocando la desbandada.

 

«Silvestre decide resistir, pero la huida de algunos oficiales, que escapan en automóviles a la vista de todos, destroza la moral de la tropa»

 

La retirada no es tal, sino un sálvese quien pueda. Melilla está a 60 kilómetros en línea recta, pero a efectos prácticos queda tan lejos como Madrid o Casablanca. Silvestre muere, alcanzado por una bala, no sabemos si propia o ajena. El general Felipe Navarro toma el mando en la posición de Dar Drius, adonde consigue llegar el grueso del ejército tras perder a cientos, miles de hombres por el camino. El penoso peregrinaje continúa en dirección al fuerte de Monte Arruit, a 30 kilómetros de Melilla. Es el clímax de esta historia de horror: 3.000 soldados, la mayoría de reemplazo, exhaustos, desmoralizados, con escasas provisiones y sin agua, quedan sitiados, a la espera de un rescate que nunca llegará. Los rifeños de las cabilas de Beni Bu Ifrur, Metalza y Beni Bu Yahi cañonean la posición sin cesar. Salir de aguada es un suicidio, pero se sale, una y otra vez. Hay deserciones, espoleadas por el hambre y la sed, y los muertos se acumulan. Después de dos semanas de asedio, Navarro pacta la rendición con los jefes de las cabilas. El 11 de agosto, los españoles deponen las armas y comienzan a abandonar el fuerte, pero los rifeños atacan, incumpliendo el pacto. Navarro cae prisionero junto a otros oficiales y algunos soldados; el resto es pasado a cuchillo, tiroteado… En total, más de 2.000 muertos (en aquellos días de julio y agosto perderían la vida alrededor de 10.000 españoles).

Los cadáveres quedan insepultos durante meses. Hasta que el 24 de octubre, durante la campaña de reconquista del territorio perdido, una columna llega por fin a Monte Arruit. En ella va el comandante Francisco Franco, de la primera Bandera de la Legión, que renuncia a “describir el horrendo cuadro que se presenta a nuestra vista”. El futuro dictador ya era un maestro de los silencios y sabía callar cuando tocaba. En Marruecos, Franco y el resto de espadones africanistas aprenderán un par de cosas de la vida y de la muerte, no todas buenas. Y el resto, ¿qué lecciones podemos sacar de Annual?

 

«Según O’Brien, si una historia de guerra parece moral, no te la creas»

 

El pasado 29 de junio, dos senadores del Partido Popular, Rafael Hernando y Juan José Imbroda, registraron en la cámara alta una moción para proclamar la fecha del 21 de julio como Día de los Héroes de España. “Las grandes naciones de la historia de la humanidad no se distinguen por no padecer reveses de diversa naturaleza, sino por sobreponerse a ellos obteniendo lecciones que les permita mirar al futuro con renovada fe en sí mismos”, argumenta el Grupo Popular en el Senado.

El escritor estadounidense Tim O’Brien, veterano de Vietnam, defiende sin embargo que una historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni fomenta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento, ni impide a los hombres hacer las cosas que siempre han hecho. Si una historia de guerra parece moral, no te la creas. “Si al final de una historia de guerra te sientes elevado, o si sientes que se ha rescatado alguna pequeña pizca de rectitud del mayor desperdicio, entonces has sido víctima de una mentira muy antigua y terrible”, escribe O’Brien.

François Truffaut, por su parte, decía que las películas antibelicistas son imposibles. Sospecho que algo parecido sucede con algunas conmemoraciones, donde las glorias las carga el diablo. Al igual que Vietnam, otro desastre insondable, Annual parece pedirnos silencio más que himnos; pasmo, en lugar de lecciones morales. “Al final, realmente, no hay mucho que decir sobre una verdadera historia de guerra –sentencia O’Brien–, excepto quizá ‘Oh’”.

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