Autor: Joe Jackson
Editorial: Farrar, Strauss & Giroux
Fecha: 2025
Páginas: 816
Lugar: Nueva York

1898: nace un imperio, muere otro

La guerra de 1898 no fue solo el final del imperio español, sino el inicio de una nueva forma de poder. A través de Cuba y Filipinas, Joe Jackson reconstruye un conflicto marcado por la ambigüedad moral, la violencia colonial y la construcción de relatos que aún hoy condicionan nuestra forma de entender la historia.
Luis Esteban G. Manrique
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“Las guerras se libran dos veces; primero en el campo de batalla y luego en los libros de historia”.
Viet Thanh Nguyen, Nothing Ever Dies: Vietnam and the Memory of War (2016)

“No hay nada nuevo bajo el sol… salvo las historias que no conocemos”.
Harry Truman, citado por David McCullough en Truman (1992)

El 1 de enero de 1959, tras la huida de Fulgencio Batista y su salida de Sierra Maestra, Fidel Castro y su séquito guerrillero entraron primero en Santiago de Cuba, no en La Habana, adonde llegó el 8 de enero, una semana después de que lo hicieran las columnas del Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

No fue un gesto improvisado. La capital del Oriente cubano ocupa un lugar central en los mitos y leyendas de los mambises, los rebeldes isleños que entre 1868 y 1898 libraron una guerra de guerrillas intermitente pero feroz contra las tropas de los capitanes generales españoles que gobernaban desde La Habana.

En sus interminables discursos a lo largo de casi medio siglo, Castro citaba largos pasajes de las obras, cartas y proclamas de José Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez y otros líderes mambises, que los auditorios repetían en coro porque los memorizaban desde niños.

De su padre, Ángel Castro, inmigrante gallego y veterano del ejército colonial que se convirtió en terrateniente en el oriente de la isla –donde unas 300 familias trabajaban para él–, Fidel y sus siete hermanos heredaron su resentimiento hacia los vencedores de la guerra.

“Cuando esta se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande que será mi verdadero destino”, escribió en junio de 1958 en uno de sus campamentos de la sierra. En los años y décadas siguientes, en Cuba se entrenaron sandinistas nicaragüenses, elenos colombianos, miristas chilenos y peruanos, montoneros argentinos o tupamaros uruguayos.

 

La perla del Caribe

Entre los últimos territorios ultramarinos heredados de la vieja monarquía por España estaba la isla mayor de las Antillas, que en el siglo XIX se convirtió en una de las colonias más ricas y rentables que los europeos tuvieron nunca en lo que hoy se denomina el Sur Global.

En lengua yoruba, mambí significa bandido. En la isla, el término se convirtió en sinónimo de los esclavos que huían de las plantaciones para refugiarse en los montes, donde se convertían en cimarrones (fugitivos), maroons en Jamaica, las Bahamas y otras posesiones inglesas.

Antes de integrarse plenamente en el ejército rebelde, los mambises eran en su mayoría cimarrones de las sierras del oriente, desde donde atacaban los ingenios azucareros. En 1870, la isla producía el 42% del azúcar mundial, gran parte con mano de obra esclava. Madrid abolió la esclavitud en sus colonias caribeñas en 1886; Estados Unidos lo había hecho en 1865, tras la guerra de Secesión.

Durante la guerra de los Diez Años, en la provincia de Matanzas el 92% de los ingenios fueron arrasados. Un corresponsal del New York World escribió que en la manigua, la tierra del mambí, todo se compartía y que la guerra podía durar indefinidamente: las lianas proporcionaban agua cuando no había ríos y los árboles ofrecían alimento, hamacas y sandalias.

En la plaza mayor de Santiago, Castro citó extensamente una carta del general mambí Calixto García, uno de los documentos más célebres de la guerra. En julio de 1898, el general William Shafter, comandante del ejército estadounidense, le impidió asistir con sus hombres a la ceremonia de rendición de los 11.500 soldados españoles. Según relató a un corresponsal británico, fue como si al ejército de George Washington sus aliados franceses le hubieran prohibido entrar en Nueva York tras la captura de la ciudad en 1783.

En esa carta, García se quejaba de que Shafter hubiese dejado Santiago en manos de las mismas autoridades contra las que había estado luchando durante tres años. Un rumor atribuyó la decisión al temor de represalias contra los españoles. “No somos salvajes. Somos un ejército pobre, pero respetamos nuestra causa demasiado como para deshonrarla con barbarie y cobardía”, escribió.

En Nueva York, los diarios de Hearst y Pulitzer apenas mencionaron la participación de los mambises ni de los buffalo soldiers afroamericanos en la batalla de la loma de San Juan, que abrió las puertas de Santiago a las tropas estadounidenses.

Extenuado por años de guerra, el gobierno de Madrid firmó la rendición en menos de cuatro meses. Según John Lawrence Tone en War and Genocide in Cuba (2006), mientras en Europa la caballería desaparecía, los mambises crearon en la isla una de las más eficaces de su tiempo, bajo el mando de Ignacio Agramonte y Antonio Maceo.

Tras la victoria, sin embargo, los antiguos aliados pasaron a ser considerados por los estadounidenses como “hordas anarquistas”. La humillación es un trago difícil de olvidar.

 

Un tiempo congelado

Desde 1898, Cuba vive, en cierto sentido, en un tiempo congelado. Ninguna presencia es tan ubicua en la isla como la de Martí (1853–1895), el apóstol de la independencia: periodista, político y el último poeta que luchó contra España en una guerra de independencia.

Desde El Vallecito, en el extremo occidental del caimán, hasta Punta de Maisí, en la provincia oriental de Guantánamo, sus bustos y efigies presiden plazas y espacios públicos. En La Habana, su monumento domina la Plaza de la Revolución. Su muerte en febrero de 1895 en el campo de batalla lo elevó a los altares patrios.

Martí, hijo de valenciano y canaria, llevó siempre las marcas en los tobillos del grillete con el que fue encadenado a los 16 años en una prisión colonial. Fue a la isla a morir por Cuba, y eso fue lo que hizo.

Sus versos aparecen en la Bayamesa, el himno nacional, y también en la Guantanamera, cuya primera estrofa procede de sus Versos sencillos (1891). El culto a Martí es unánime tanto en la isla como en la diáspora. Su estatua ecuestre más conocida es la que se alza en una esquina de Central Park, en Nueva York, donde vivió entre 1880 y 1895 y desde donde viajó varias veces a Florida para fundar su partido entre los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso.

La longevidad del castrismo se explica, en gran medida, por haber injertado el marxismo-leninismo en la mitología mambí. “Ellos habrían sido como nosotros”, solía decir Castro. Ya en el poder, celebró el centenario del nacimiento de Martí con un desfile de antorchas.

Herbert Matthews, corresponsal del New York Times, observó que en los campamentos de Sierra Maestra se respiraba un cierto “aire monacal”. En la escatología revolucionaria cubana, la guerra iniciada por Martí en 1895 se frustró por la intervención estadounidense, por lo que su culminación solo llegó en 1959. Como entonces, desde el oriente guajiro partía una insurrección destinada a expurgar los vicios coloniales de La Habana.

 

Negreros

Nada de la historia que Joe Jackson aborda en su último libro puede entenderse sin el esclavismo. Según José Antonio Piqueras en El antiesclavismo en España (2024), ningún otro país europeo mantuvo durante tanto tiempo la “peculiar institución”, como la llamaban los estados de la Confederación sureña.

Durante la guerra, la prensa peninsular presentaba a los mambises como negros primitivos que convertirían la isla en un segundo Haití. Manuel Moreno Fraginals señala en La historia como arma (1983) que el último cargamento de esclavos del que hay pruebas fehacientes desembarcó en Cuba en abril de 1873.

Según sus cálculos, entre 1791 y 1867, comerciantes cubanos y españoles participaron en el transporte de más de 780.000 africanos. En algunas plantaciones, apenas un 10% de los niños alcanzaba la edad adulta. En América, Chile abolió la trata en 1823, México en 1837, Argentina en 1853 y Perú en 1854.

La Constitución de Cádiz (1812) privó del derecho de ciudadanía a quienes tuvieran ancestros africanos. El uso del cepo y el grillete como castigos fue legal hasta 1883. Julián Zulueta, marqués de Álava, dueño de una de las mayores fortunas de España, amasada en Cuba, llegó a poseer 1.280 esclavos. Para la sacarocracia cubana, que representaba un tercio de la población hacia 1870, la posesión de esclavos era un símbolo de estatus.

Como escribió Frantz Fanon en Los condenados de la tierra (1961), el colonialismo se impone no solo mediante la violencia física, sino también produciendo “subjetividades subordinadas” entre élites nativas que internalizan la mirada del amo. El esclavismo fue determinante en el conflicto.

Durante la guerra de los Diez Años, el abolicionista Frederick Douglass escribió al presidente Ulysses Grant que una Cuba libre supondría la emancipación de 400.000 esclavos.

Cuando en 1977 Raúl Castro visitó Angola, recordó que muchos angoleños, esclavizados en Cuba, habían luchado por la independencia de la isla, y que por eso sus descendientes combatían por la liberación angoleña. En 2016, Barack Obama afirmó en La Habana que ambos países compartían un origen en sociedades de “amos y esclavos”.

En 2013, en el 150 aniversario de la abolición en sus colonias caribeñas, el gobierno de los Países Bajos expresó su “remordimiento y arrepentimiento” por su participación en la trata.

Sin embargo, en marzo, Estados Unidos, Israel y Argentina votaron en contra de una resolución de la ONU que buscaba reconocer la trata como crimen contra la humanidad y crear un fondo de reparaciones. Antes de la votación, el presidente de Ghana, John Mahama, la calificó como “una salvaguarda contra el olvido”.

 

Las cicatrices de la guerra

En España, las huellas de la guerra de Cuba siguen siendo visibles, pese al velo de olvido que la cubrió tras la derrota. Cuando en julio de 1992 Fidel Castro visitó Láncara, la aldea natal de su padre en Lugo, Manuel Fraga, entonces presidente de la Xunta de Galicia, afirmó que el comandante era “el ejemplo mismo de la Hispanidad”.

Los recuerdos son distintos en América. Tras reunirse con Felipe VI en Bogotá, después de la toma de posesión de Gustavo Petro, Francia Márquez, su vicepresidenta afrocolombiana, comentó a los medios que había sido un encuentro entre una “descendiente de esclavos y el descendiente de quien los esclavizó”.

Valeriano Weyler, capitán general de la isla, intentó sofocar la insurrección mediante la política de reconcentración: la reubicación forzada de la población rural en zonas fortificadas para privar de apoyo a los rebeldes.

Al menos 170.000 reconcentrados murieron por hambre o enfermedades, la décima parte de la población. En los peores momentos de la guerra, hubo un soldado español por cada tres isleños. Según cifras oficiales, 41.288 (93%) fallecieron por disentería, malaria, tifus y otras enfermedades tropicales.

Entre 1895 y 1898, el porcentaje de desertores pasó del 22% al 26%. Los hijos de las clases medias y altas hacían lo mismo por otros medios: compraban, de una u otra forma, el derecho a no ir. Weyler consideraba a los rebeldes bandidos y asesinos, no soldados: sus casas y cosechas eran quemadas y su ganado sacrificado.

Cuando en 1897 el alcalde de Güines denunció las condiciones de los campos, Weyler respondió: “¿Se mueren de hambre? Precisamente para eso los hice”. Los rebeldes cubanos, por su parte, eran consumados propagandistas. James Creelman, corresponsal del New York World, cuyo periódico pasó de vender 400.000 ejemplares en 1895 a 822.804 en 1898, escribió que los fríos ojos azules de Weyler “parecían muertos”.

El desastre marcó a generaciones enteras en España. De los 55 ministros de Guerra entre 1895 y 1930, 34 habían combatido en Cuba. Según Sebastian Balfour (Deadly Embrace, 2002), Madrid emprendió la “misión colonizadora” en el norte de Marruecos para compensar la pérdida de las colonias ultramarinas y preservar su estatus como potencia.

En 1897, el Imperio británico celebró los 60 años de reinado de Victoria, emperatriz de la India desde 1877, con desfiles y ceremonias que incluyeron un gran despliegue naval en Spithead, recordando a sus invitados que, en el apogeo de su poder, gobernaba sobre cerca del 20% de la población mundial.

Según Tone, la de Cuba fue la primera guerra anticolonial del siglo XX, más cercana a Argelia o Vietnam que a las campañas emancipadoras de Bolívar o San Martín. El problema, señala Balfour, es que estas guerras coloniales generaron una élite militar intervencionista que terminaría sublevándose contra la II República. Raza (1941), la película de Franco, comienza en Cuba, con la muerte del padre del protagonista.

En 1847, la administración de James Polk ofreció 100 millones de dólares a Madrid por la isla, frente a los siete millones que veinte años después pagó a Rusia por Alaska. Pierce hizo otra oferta en 1854 y Buchanan en 1858. Ninguna fue considerada seriamente.

Ninguna potencia europea renunció a sus colonias hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Algunos españoles confiaban en que sus virtudes militares se impondrían a la tecnología y al dinero. Una derrota era preferible a la deshonra.

Los llamamientos de la reina regente María Cristina a otras casas reales europeas cayeron en saco roto. La reina Victoria nunca respondió. Cuando la derrota fue inevitable, la Armada alemana comenzó a merodear en torno a Filipinas y las Marianas. Los británicos consideraron ampliar Gibraltar con la bahía de Algeciras, mientras franceses y rusos contemplaron repartirse las Baleares.

En América Latina, los liberales decimonónicos –y las logias masónicas, a las que pertenecieron Martí y Benito Juárez– veían a España como una potencia reaccionaria y clerical. El apoyo a los insurrectos era amplio, especialmente en México. Desde varios países llegaron hombres, armas y dinero.

La batalla naval de Santiago, que duró apenas cuatro horas, fue poco más que un ejercicio de tiro al blanco para los buques del comodoro Schley. La flota de Cervera perdió seis barcos y 323 hombres. El último en arriar la bandera fue el Cristóbal Colón, construido en Génova. Tras la guerra, Vicente Blasco Ibáñez escribió que los “infelices veteranos” fueron las mayores víctimas de “nuestras locuras patrioteras”.

 

Ganar el mundo y perder el alma

En Estados Unidos, la sombra de la guerra se extiende hasta hoy. Ya en 1776, John Adams y Benjamin Franklin defendían la anexión de Canadá e incluso la expulsión de los católicos quebequeses. Según John O’Sullivan, quien acuñó la idea del destino manifiesto, la expansión territorial integraría el hemisferio en el círculo de la Unión americana. Todo parecía posible.

En 1900, Estados Unidos producía más carbón y acero que su antigua metrópoli. En 1850, su red ferroviaria superaba a la del resto del mundo combinado. Y tras la Guerra Civil, sus fuerzas armadas se habían convertido en las más poderosas del planeta. En 1898, muchos de sus veteranos combatieron en Cuba y Filipinas.

A finales del siglo XIX, McKinley y Roosevelt eligieron ambos territorios para inaugurar el siglo de la Pax Americana en lo que John Hay llamó una splendid little war, presentada como la más “altruista y justa” de la historia. En 1896, la prensa neoyorquina difundió la imagen de Cuba como una mujer famélica. Decenas de voluntarios se alistaron, entre ellos Frederick Funston, que combatió 18 meses con los mambises y regresó a Nueva York debilitado por la malaria.

En Filipinas, José Rizal (1861–1896), fundador de la Liga Filipina, fue testigo desde niño de la represión colonial. Formado en Madrid, fue ejecutado por sedición en Manila en 1896. Cuando Funston regresó a Filipinas como oficial del ejército estadounidense, empleó los mismos métodos represivos que había denunciado en Cuba: ejecuciones, destrucción de aldeas y cultivos. En 1899 fue ascendido a general de brigada.

Uno de los buffalo soldiers, David Fagen, desertó tras presenciar la violencia racial de sus compañeros y se unió a los rebeldes filipinos. Mientras la guerra cubana fue breve y fácilmente asimilable por la opinión pública, la filipina fue larga, impopular y se prolongó hasta 1903.

Con estos antecedentes, no resulta extraño el interés persistente por Cuba. La aportación más reciente a la historiografía de 1898 es la de Joe Jackson, que aborda en un solo volumen los escenarios cubano y filipino, situándolos en un mismo marco interpretativo.

En su estilo narrativo, Jackson recurre a diarios, cartas y memorias para construir un relato coral con casi un centenar de personajes: McKinley, Roosevelt, Mark Twain, Martí, Rizal o Emilio Aguinaldo, entre otros. También Clara Barton, fundadora de la Cruz Roja, presente en La Habana tras la explosión del Maine.

Jackson sugiere que Roosevelt pudo haber contribuido a ocultar pruebas de que la explosión fue accidental. Más allá de esa hipótesis, su tesis es más amplia: la splendid little war estuvo atravesada por profundas ambigüedades morales. No fue ni espléndida ni pequeña.

La campaña filipina causó unas 200.000 muertes y dejó el archipiélago devastado. Estados Unidos ocupó Cuba entre 1898 y 1902, y nuevamente entre 1906 y 1909. En 1925, solo una de las veinte principales centrales azucareras pertenecía a cubanos. Empresas estadounidenses controlaban el 69% de las exportaciones y el 70% de las importaciones.

Splendid Liberators se lee casi como una novela histórica que muestra cómo el imperio estadounidense fue el resultado de decisiones cargadas de ambigüedad ética. En el epílogo, Jackson recuerda lo fácil que es que coexistan –y se confundan– la certeza y la ceguera moral, como ha ocurrido desde Bahía de Cochinos hasta Vietnam, Irak o Afganistán.