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Hombres palestinos protestan para condenar la normalización de las relaciones entre Israel y Baréin. Franja de Gaza, 12 de septiembre de 2020./mahmud hams/afp via getty imagesMAHMUD HAMS/AFP VIA GETTY IMAGES

Acuerdos de Abraham: perspectivas regionales

La normalización de las relaciones de algunos países árabes con Israel supone una ruptura geopolítica y un cambio de paradigma en la región. La duda es saber si otros podrían dar el paso.
Elisabeth Marteu
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Los Acuerdos de Abraham, firmados el 15 de septiembre de 2020 tras una larga negociación a tres bandas entre Israel, dos Estados del Golfo (Emiratos Árabes Unidos y Baréin) y Estados Unidos, han marcado un punto de inflexión en la geopolítica de Oriente Medio. La victoria del realismo geopolítico sobre el simbolismo transnacional de la causa palestina ha suscitado escasas reacciones en los gobiernos del mundo árabe. A la prudencia de los mandatarios, deseosos de salvaguardar las buenas relaciones con la administración Trump, se ha sumado el desinterés de una parte de la opinión pública árabe, así como el temor a disentir y ser objeto por ello de una dura represión. La “facilidad” con que la población de la región ha comprado el principio de “paz árabe-israelí sin paz israelí-palestina” podría empujar a otros dirigentes a dar el paso, como Sudán y Marruecos que normalizaron sus relaciones con Israel en octubre y diciembre de 2020, respectivamente. Sin embargo, la formación de una nueva Administración en Estados Unidos debería frenar estas veleidades, pues el equipo de Joe Biden está más interesado en restaurar las relaciones con Irán que en propiciar el acercamiento entre Israel y sus vecinos árabes.

 

Los Acuerdos de Abraham, ¿símbolo de la transformación del mundo árabe?

Históricamente, ha existido un consenso entre los Estados árabes en virtud del cual ninguno mantendría relaciones con Israel, al que consideran un país enemigo. La resolución de Jartum, votada el 1 de septiembre de 1967, tras una cumbre de la Liga Árabe, por ocho países (Egipto, Siria, Jordania, Líbano, Irak, Argelia, Kuwait y Sudán), explicitaba en su párrafo tercero la llamada regla de los “tres noes”: no a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel y no a las negociaciones con Israel.

El primer país árabe en romper este consenso fue Egipto, con el tratado de paz de Camp David de 1978; le siguió Jordania, tras los acuerdos de Oslo de 1993. Si bien formalizaban un reconocimiento mutuo, estos acuerdos no permitieron normalizar y agilizar los intercambios entre las poblaciones de los respectivos países. Las relaciones siguieron siendo esencialmente económicas (circulación de mercancías, intercambio de energía, etc.) y de seguridad, entre las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia. El resto de países árabes han mantenido una posición oficialmente anti-israelí en el seno de la Liga Árabe, pero las posturas nacionales han sido diversas y, a veces, contrarias entre sí. Argelia, Libia, Siria e Irak, que en su día pidieron el boicot a Egipto, han defendido siempre una línea dura. Marruecos y Omán, por su parte, han adoptado una postura moderada y aun indiferente. Las relaciones entre Israel y Túnez, país que dio cobijo a los dirigentes de la Organización para la Liberación de Palestina (incluido su número dos, Abu Yihad, asesinado por el Mosad en Túnez capital en 1988), han evolucionado en consonancia con la situación palestina. En el Golfo, el plan de paz propuesto en 1981 por el príncipe heredero saudí, Fahd ibn al Aziz, hacía de la resolución del conflicto israelí-palestino una condición sine qua non para la seguridad regional. En los años noventa y 2000 se produjo un discreto acercamiento entre Israel, Catar y Omán y, más tarde, Baréin y EAU, merced al nombramiento de Mohamed bin Zayed como príncipe heredero de Abu Dabi y ministro de Defensa de la federación en 2004. En 2002, los saudíes presentaron un nuevo plan de paz, conocido como “Iniciativa de Paz Árabe”, que proponía el reconocimiento de Israel como contraprestación a la creación de un Estado palestino.

EAU, Baréin y Marruecos nunca han sido, pues, la punta de lanza en el activismo antiisraelí. Cada uno ha encontrado un interés estratégico nacional en la normalización con Israel (en el caso de Abu Dabi y Manama, un frente común contra Irán y Turquía; en el de Rabat, el reconocimiento de su soberanía sobre el Sáhara Occidental). Además, ninguna de estas monarquías ha encontrado oposiciones internas. Los Acuerdos de Abraham reflejan, por tanto, una importante ruptura geopolítica y un cambio de paradigma en el mundo árabe, en el cual la causa palestina parece no actuar ya como cemento ideológico y para el que Israel ha dejado de ser el principal enemigo. Los gobiernos se vuelcan ahora en sus propios intereses y seguridad nacional, en una región traumatizada por las revueltas árabes de 2011, los apresurados cambios de régimen y el afianzamiento de la amenaza terrorista a largo plazo.

Ahora se plantea la cuestión de si otros países árabes podrían dar el paso de la normalización. EE UU ha presionado a Omán y a Arabia Saudí: Mascate parece querer salvaguardar la paz en las relaciones con Irán y mantenerse al margen de los conflictos regionales. Riad, por su parte, se muestra intranquilo y teme que un acercamiento a Israel pueda echar por tierra su posición como cabeza del mundo suní y guardián de los lugares santos del islam. El hecho de que EAU haya sido el primer país en aceptar la normalización en 2020 atestigua su papel cada vez más protagonista en la región. La federación ocupa un lugar central en el espectro político de Oriente Medio y se presenta como un aliado inquebrantable de Washington, principal artífice del acercamiento árabe-israelí. Los Acuerdos de Abraham (a los que han seguido los acuerdos firmados por Sudán y Marruecos) echan así por tierra la iniciativa de paz saudí de 2002. Los saudíes saben que corren el riesgo de quedar al margen. Sin embargo, la normalización de las relaciones entre Arabia Saudí e Israel aún no se ha consensuado internamente y es probable que se aplace hasta el final del mandato del rey Salmán. Dependerá también del futuro político del príncipe heredero, Mohamed bin Salman (MBS), quien se ha pronunciado en varias ocasiones a favor de un acercamiento a Tel Aviv.

La nueva administración Biden, impaciente por reevaluar sus relaciones con el heredero saudí (Bin Salmán estaría involucrado en el asesinato de Yamal Jashogyi, según un informe desclasificado de la inteligencia estadounidense) y también por retomar el acuerdo nuclear con Irán, no augura una nueva ola de normalizaciones bajo mediación americana. Los asesores sobre Oriente Medio de Biden quieren romper con la política exterior de Trump, si bien su prioridad no es promover el acercamiento de Israel a los países árabes ni respaldar un frente antiiraní. Ya se ha anunciado la reapertura de la representación palestina en Washington y el restablecimiento de la ayuda humanitaria (especialmente por mediación de la UNWRA). En este sentido, es poco probable que Washington siga mediando con Omán y Arabia Saudí en lo que respecta al restablecimiento de las relaciones árabe-israelíes. Por el contrario, es muy probable que siga estrechándose la relación entre Tel Aviv y Riad, pues ambos países comparten temores con respecto a Irán y la vuelta de EE UU al Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés).

 

La opinión pública árabe y la cuestión palestina

En una encuesta realizada por el Arab Barometer entre 2018 y 2019, a la pregunta de si unos acuerdos de normalización con Israel podrían resultar beneficiosos para el mundo árabe, respondió afirmativamente el 32 % de los sudaneses, el 23 % de los egipcios, el 19 % de los libaneses, el 14 % de los jordanos, el 13 % de los marroquíes, el 12 % de los argelinos y el 9 % de los tunecinos. Otra encuesta realizada por el mismo organismo en noviembre de 2020 en Argelia, Jordania, Líbano, Libia, Marruecos y Túnez mostró que menos de uno de cada 10 ciudadanos árabes estaba a favor de los Acuerdos de Abraham. Las críticas fueron especialmente duras en Jordania (3 % a favor) –poblada por una mayoría de palestinos y de descendientes palestinos– Libia (7%), Túnez (8 %) y Marruecos y Argelia (9 %). La sorpresa la dio Líbano, que resultó ser el país más favorable al acuerdo de normalización con Israel, aunque con un apoyo inferior al 20 %. Estas cifras, sin embargo, merecen analizarse en función de la confesión religiosa, pues expresaron su apoyo a los acuerdos la mitad de los cristianos, frente a solo el 11 % de los drusos, el 6 % de los suníes y menos del 1 % de los chiíes. Estos datos reflejan las diferentes sensibilidades políticas heredadas de la historia de cada uno de estos grupos confesionales en Líbano (son factores de peso la postura mantenida durante la guerra de Líbano, el peso de Hezbolá, etcétera).

La variable generacional no parece demasiado relevante, pues en Líbano los más favorables a la normalización son los mayores de 30 años, mientras que en Argelia lo es la población de entre 18 y 29 años. En el primer caso, esto podría ser un síntoma de fatiga; en el segundo, revelaría el deseo juvenil de dejar atrás la sistemática oposición a Israel. Que este grupo de edad tenga una imagen más positiva de Israel podría estar relacionado con la desconfianza que los jóvenes expresan hacia sus propios líderes. En resumen, el principal enemigo de la región no sería ya Tel Aviv, sino los propios gobiernos de los países árabes, a menudo agotados, corruptos e incapaces de satisfacer las aspiraciones de la ciudadanía. En cualquier caso, los datos recopilados siguen sin ser lo suficientemente consistentes como para extraer conclusiones generales. Para ello deberían cruzarse datos como la edad con otras variables, como el nivel socioeconómico, la participación en el mercado laboral y los antecedentes activistas. Los círculos militantes, ya sean asociaciones de derechos humanos o movimientos de oposición (chiíes en la península Arábiga, Hermanos Musulmanes, etc.) son más proclives a defender la causa palestina. En la estela del panarabismo, del pan-islamismo y de los movimientos transnacionales de derechos humanos, estos grupos mantienen una postura fuertemente contraria a Israel y EE UU.

Así pues, la mayoría de la opinión pública árabe sigue oponiéndose a los acuerdos de normalización con Israel si no se da previamente una solución a la cuestión palestina, lo que discrepa claramente con la postura política de varios gobiernos de la región. Con todo, las posturas generales han evolucionado claramente y son pocos los que hoy día se oponen públicamente a sus gobiernos en este asunto. Los acuerdos firmados con EAU, Baréin, Sudán y Marruecos no han suscitado grandes protestas ciudadanas en el mundo árabe. No se han producido pronunciamientos masivos, más allá de las críticas en redes sociales y algunos medios opositores, a las que se han sumado algunas manifestaciones (como las celebradas en los Territorios Palestinos o las convocadas por grupos islamistas en Marruecos, por ejemplo).

La normalización está siendo mejor acogida en la península Arábiga. Una encuesta realizada por The Washington Institute for Near East Policy en noviembre de 2020 puso de manifiesto la positiva evolución de la opinión pública sobre Israel en EAU y Arabia Saudí. Los emiratíes (47 % a favor) y bareiníes (45 %) son los más entusiastas con la normalización, seguidos de los saudíes (41 %) y los cataríes (40 %). Estas cifras contrastan con las del Levante mediterráneo y el Norte de África. Destaca asimismo lo rápidamente que se ha alineado la opinión pública con las decisiones del gobierno: en 2018, el 44 % de los encuestados emiratíes se oponía a establecer relaciones con Israel; en junio de 2020, solo el 4 % de los ciudadanos emiratíes apoyaba tener relaciones comerciales y deportivas; en octubre, tras la firma de los Acuerdos de Abraham, este porcentaje alcanzó el 18 %. Independientemente de que los entrevistados procurasen no criticar a sus dirigentes en público, estas cifras muestran un cambio claro en percepciones y opiniones. A la pregunta de cuáles deberían ser las prioridades de la nueva administración estadounidense, el 28 % de los saudíes respondió “encontrar una solución al conflicto israelí-palestino”, mientras que el 25 % consideraba que “se debería trabajar para acotar la influencia y actividades de Irán”.

La idea defendida por Donald Trump y Benjamín Netanyahu de que una paz árabe-israelí no debía depender ya de la paz entre Israel y Palestina parece imponerse de este modo en una parte de la opinión pública árabe, tanto por la “normalización” del lugar de Israel en Oriente Medio como por la necesidad de volcarse en problemas internos más inmediatos.
Los palestinos son conscientes del desinterés y la fatiga que una parte de la región muestra hacia su situación. Según una encuesta realizada en septiembre de 2020 por el Palestinian Center for Policy and Survey Research, el 86 % de los palestinos encuestados creía que el acuerdo con EAU solo beneficiaba a Israel, el 80 % calificaba la normalización de “traición”, “abandono” o “insulto”, y el 70 % opinaba que otros países árabes seguirían la estela de EAU. Estas desilusionadas reacciones iban acompañadas de un importante descenso en el número de palestinos que seguían creyendo en la solución de los dos Estados: solo un 39 % en septiembre pasado, frente al 45 % tres meses antes.

 

Las potencias no árabes (Turquía e Irán): nuevos adalides de Jerusalén y los palestinos

El realismo geopolítico de las capitales árabes se ha materializado en la ausencia de una condena –ya sea por parte de los gobiernos nacionales o de la Liga Árabe– a los acuerdos de normalización. Muchos países árabes han visto en su aceptación –tácita o expresa– un medio de apaciguar o fortalecer sus relaciones con Washington. Solo la Autoridad Palestina convocó una reunión de urgencia, al final de la cual denunció la “traición a Jerusalén, Al Aqsa y la causa palestina” por parte de EAU y otros países árabes.
Los únicos países de la región que han condenado públicamente los acuerdos de normalización han sido Irán y Turquía, potencias musulmanas no árabes que ahora se presentan como principales defensoras de Jerusalén y de la causa palestina.

En las décadas de los cincuenta y setenta, Israel e Irán, aliados no árabes de EE UU, mantuvieron relaciones comerciales y de seguridad en un contexto de auge tanto del ascenso soviético como del panarabismo. La “doctrina de la periferia” desarrollada por el fundador de Israel, David Ben Gurión, que consistía en forjar alianzas con países no árabes, promovió naturalmente el acercamiento a la monarquía iraní prooccidental. Tanto es así que, en 1977, el sha de Irán y Shimón Peres, entonces ministro de Defensa de Israel, firmaron un acuerdo secreto de cooperación balística. Este acuerdo fue cancelado tras la revolución islámica de 1979, cuando el ayatolá Jomeini denunció los vínculos del sha con Israel, aliado de EE UU. Desde entonces, el discurso antiisraelí y antisionista de la República Islámica no ha hecho más que afianzarse, especialmente bajo la presidencia de Mahmud Ahmadineyad (2005-2013). Así, Irán ha tildado los Acuerdos de Abraham de “estupidez estratégica”, afirmando que “reforzarán el eje de la Resistencia” en la región y asegurando que la normalización de las relaciones con el Estado de Israel “no será perdonada”.

Turquía fue el primer Estado de mayoría musulmana que reconoció a Israel, en 1949. Además, adoptó una política de neutralidad respecto al conflicto israelí-palestino durante la guerra fría. Israel y Turquía estrecharon lazos y profundizaron sus relaciones económicas a lo largo de la década de los noventa. No obstante, tras las tensiones suscitadas por la operación israelí “Plomo Fundido” contra la Franja de Gaza (diciembre de 2008-enero de 2009), las relaciones entre Turquía e Israel se deterioraron de forma notable en 2010, a raíz del abordaje del buque turco Mavi Marmara. Desde entonces, las relaciones bilaterales no han vuelto a la situación anterior a la crisis. De hecho, desde su elección, en 2014, Recep Tayyip Erdogan se presenta como el heraldo de la causa palestina. Turquía acoge a militantes de Hamás, y convocó la cumbre extraordinaria de la Organización para la Cooperación Islámica cuando Estados Unidos reconoció Jerusalén como capital de Israel, en 2017, y acusó a Tel Aviv de “terrorismo de Estado” y “genocidio” tras la nueva operación militar israelí contra Gaza, en 2018. Sin embargo, Turquía nunca ha cortado sus vínculos económicos con Israel, e incluso ha dado señales de apaciguamiento tras la elección de Biden, consciente de su aislamiento en el Mediterráneo y Oriente Medio y deseosa de hacer llegar a sus aliados un mensaje de buena voluntad. Pero para Ankara, con la firma de los Acuerdos de Abraham, EAU “traiciona la causa palestina por sus intereses”, lo que supone una “hipocresía imperdonable”. Las diatribas turcas contra Emiratos se inscriben en una inestable coyuntura regional, que enfrenta, por un lado, a los partidarios del eje contrario a los Hermanos Musulmanes e Irán (Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Baréin, Arabia Saudí, apoyados por Israel y Jordania) y, por otro, a Turquía, Catar e Irán, que convergen circunstancialmente.

En este sentido, la cuestión palestina, y, con ella, la del tercer lugar más sagrado del islam, parece imponerse como una nueva falla en la rivalidad geopolítica que mantienen las potencias regionales musulmanas. Debido a la exasperación del pueblo palestino y el deterioro de su liderazgo político, la causa palestina podría bien quedar al cargo de dos potencias no árabes de la esfera política islámica, bien favorecer el acercamiento a formas más radicales de contestación de los regímenes árabes, a menos que la nueva Administración estadounidense se proponga mediar de nuevo en el conflicto israelí-palestino para reequilibrar su diplomacia en Oriente Medio.