Anatomía del putinismo
Cuenta el periodista Andrew Cowley, antiguo corresponsal de The Economist en Moscú, que uno de los pocos negocios que ha fomentado Vladímir Putin fuera de Rusia es el de los libros que hablan, precisamente, de la deriva del país. Crónicas firmadas por periodistas, en su mayoría, que cuentan lo que está ocurriendo ahora mismo en Rusia y cómo todo parece ir a peor. El problema de muchos de esos libros es que se centran en el qué sin terminar de abordar el por qué. Y es ahí donde reside el valor de The Closing of the Russian Mind, el último ensayo del analista ruso Andrei Kolesnikov.
Designado “agente extranjero” por el Kremlin en 2022, Kolesnikov pertenece a una familia profundamente integrada en la historia soviética y rusa. Él mismo desarrolló su carrera como jurista y periodista en la Rusia de los años ochenta y noventa antes de convertirse en una de las voces más lúcidas contra el putinismo. Su decisión de permanecer en Moscú confiere a este libro un valor añadido: sigue analizando la evolución del régimen desde dentro, contrastando continuamente sus hipótesis con la realidad.
Lo primero que plantea Kolesnikov en su libro es que “la explosión de imperialismo de viejo cuño” experimentada en Rusia durante las últimas dos décadas no ha sido provocada ni por las políticas occidentales ni por la expansión de la OTAN hacia el este. “Sus raíces brotan de lo más profundo de la conciencia histórica y sociocultural tanto de las masas como de las élites”. Una conciencia histórica salpicada por un patriotismo exacerbado y convenientemente fomentado por el Estado, basada en dos pilares: una tradición milenaria revestida de épica defensiva y la misión redentora de Moscú como “tercera Roma” y, por tanto, faro de una civilización bajo asedio que urge preservar a toda costa. En ese contexto, Putin aparece como el líder llamado a culminar esa misión.
El segundo factor para explicar la aceptación social del putinismo es la relación entre el individuo y el Estado. “Hoy en día, como a lo largo de la historia rusa, rige una lógica simple y primitiva”, escribe Kolesnikov. “Que cientos de miles de vidas pueden sacrificarse por la grandeza del Estado”. Y añade: “La raíz de esta ideología es que la vida humana no vale nada y que puede entregarse en nombre de un objetivo superior”. En otras palabras: como los intereses del Estado se identifican con los intereses públicos, aquellos prevalecen sistemáticamente sobre los del individuo. De ahí que quienes investigan la corrupción institucional terminen encarcelados, exiliados o muertos.
«Como los intereses del Estado se identifican con los intereses públicos, aquellos prevalecen sistemáticamente sobre los del individuo»
Pero para poder explicar en toda su complejidad el beneplácito de la sociedad rusa a la deriva belicista promovida por el Kremlin –y sus consecuencias– habría que entender, dice Kolesnikov, un tercer factor: cómo Putin ha pasado de gestionar un régimen autoritario clásico en el que solo había que guardar silencio a liderar un Estado “neototalitario” que exige a su ciudadanía una conformidad activa. Ya no se trata únicamente de no discrepar, sino de participar en la narrativa oficial del régimen.
El principal mérito de The Closing of the Russian Mind, publicado en inglés por la editorial Polity esta primavera, no reside en aportar revelaciones sobre el funcionamiento del Kremlin, sino en ofrecer un marco para entender por qué una parte significativa de la sociedad rusa ha aceptado –o al menos tolerado– la actual deriva del país. Puede discutirse hasta qué punto Kolesnikov minimiza el peso de factores coyunturales o el impacto de las decisiones occidentales en esa evolución, pero su reconstrucción de las continuidades históricas, culturales y políticas que han hecho posible el putinismo constituye una de las interpretaciones más sólidas y sugerentes de los últimos años sobre la Rusia contemporánea.



