Autor: Chems Eddine Chitour
Editorial: Ediciones Chihab
Fecha: 2019
Páginas: 500
Lugar: Argel

Argelia: de la resiliencia a la modernidad

Este ensayo de Chems Eddine Chitour es un alegato sobre la necesidad de un relato nacional coherente que sirva como viático a las generaciones futuras y les permita luchar contra una identidad errante, fruto de una historia escrita por los demás.
SADJA GUIZ
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Tres mil años de historia extraídos de unas 800 referencias demostrables, contenidos en 500 páginas divididas en 14 capítulos. Con este ensayo, el autor, ingeniero de profesión, demuestra a sus conciudadanos que el periodo por el que están pasando es solo una etapa en su historia, que hay esperanza y que es posible imaginar una Argelia decididamente orientada hacia el futuro.

Animado por la ambición de construir un relato nacional, Chems Eddine Chitour, doctor en Ciencias, sostiene que es indispensable que los jóvenes se adueñen de su pasado, lo asuman y lo glorifiquen. Es el medio más seguro para luchar contra la ausencia de identidad.

Este ensayo es un alegato sobre la necesidad de un relato nacional coherente que sirva como viático a las generaciones futuras y les permita luchar contra una identidad errante, fruto de una historia escrita por los demás. Para ello cita al escritor bengalí Chatterjee: “¿Quién alabará nuestras nobles cualidades si no las alabamos nosotros mismos? (…) ¿La gloria de una nación ha sido cantada alguna vez por otra nación?”. Argelia ha conocido ocho invasores, los cultos bárbaros y el monoteísmo en sus tres variantes, judaísmo, cristianismo e islam. Cada invasor aportó su “civilización” y trató de imponer a los habitantes de este país un imperialismo basado en consideraciones étnicas de “superioridad de raza y religión”. Un pasado excepcional en el que los vestigios del sufrimiento causado son otros tantos signos de identidad.

Después de la revolución neolítica, la protohistoria estuvo marcada, sobre todo en el Magreb occidental, por la llegada de los pueblos y reinos bereberes, con la aparición del caballo doméstico. Primer punto de referencia espacio-temporal: los amazigh aparecen en la historia, son ya un pueblo, una lengua, reinos. En aquella época “ya existía una cultura en Argelia”, pues se ha demostrado que varios hitos han marcado el saber y el conocimiento en este país; más concretamente, el advenimiento de la dinastía de los reinos bereberes podría haberse producido en el siglo X antes de Cristo.

África del Norte siempre ha excitado la codicia por sus abundantes recursos agrícolas, ya desde la antigüedad. Para Cicerón, África era el “granero”; César, durante su campaña de África, hacia el 40 a.C., llegó sin víveres y echó mano de los silos indí- genas. Por lo que respecta al culto, África del Norte dio a la iglesia tres papas y varios santos, con San Agustín de Hipona, el padre de la Iglesia, y San Donato, dos clérigos que lucharon por dos fines diferentes. El del primero, respaldado por el Imperio Romano, se impuso al del segundo, el de los pobres, representado por los donatistas y el movimiento de los circunceliones, los argelinos que se rebelaron contra el poder romano. El donatismo, un movimiento bereber nacido con la invasión del Imperio Romano en Argelia, ha desarrollado una “cultura anticolonialista milenaria”.

Sin embargo, el saber y el conocimiento histórico requieren un trabajo de deconstrucción, de emancipación, de liberación de cualquier forma de complejo de inhibición. Estudiando las referencias y los hechos, cuestionando las fuentes, surgen relatos coherentes que permiten extraer a su vez referencias esenciales para la construcción de la nación. Después de la independencia en 1962, las élites políticas escribieron un relato basado en la mentira y el regionalismo, al tiempo que insistían en la legitimidad del cañón sobre las neuronas y la inteligencia. Sesenta años más tarde llama la atención el cúmulo de fracasos. Sin embargo, aún es posible una Argelia del futuro.

En el juego pasado-presente, deconstrucción-construcción, y a lo largo de los 14 capítulos, el ensayista no se conforma con decir al argelino lo que es, sino que le recuerda con qué está tejido el hilo de la resiliencia en Argelia. La tradición oral está claramente reservada a las mujeres, pero en las horas de angustia extrema, siempre ha habido guwals (narradores) y meddahs (aedos) para in- mortalizar la desesperación de su gente por medio de la palabra. En el capítulo “Los cantos de resistencia: el testimonio oral”, reconstruye las historias, poemas, canciones tristes y lamentos que narran la invasión de 1830, las deportaciones a Nueva Caledonia en 1871, las enfumades [la asfixia colectiva mediante humo de hogueras] de Dahra en 1845, el lamento por el asesinato del bey de Constantina, Salah Bey, las masacres del 8 de mayo de 1945… Obras maestras de terror cantadas de generación en generación.

“El deber de inventario con Francia, la obra positiva de Argelia” gira en torno a la antigua colonia que tarda en reconocer dos bombas de relojería recibidas de la herencia poscolonial. La primera fueron las 210 pruebas nucleares, incluyendo las 50 aéreas que tuvieron lugar en Reggane, en el sureste de Argelia, y que siguen matando con diferentes tipos de cáncer a los habitantes de esta región, que sufren malformaciones congénitas por un efecto transgeneracional (la vida media del uranio- 235 es de 24.000 años), así como la esterilización de regiones enteras del Sahara. La otra bomba es la proliferación de minas antipersona, que ha provocado por sí misma miles de muertos y tullidos entre los argelinos.

En “A riesgo de ofender”, el ensayista lamenta el hecho de que la flor y nata del país sea absorbida todos los años por Francia, sin ningún reparo; la emigración elegida obliga. Según el criterio de la Unesco, la formación de un licenciado universitario reporta alrededor de 100.000 dólares. Con un promedio bajo de 5.000 licenciados absorbidos, eso equivale a 500 millones de dólares, por los que Argelia no recibe nada a cambio. Según el fallecido presidente francés Jacques Chirac, “uno de cada siete franceses tiene orígenes argelinos”, lo que explica los 500.000 visados concedidos, que también son una multimillonaria fuente de ingresos por turismo. ¿No sería la obra positiva la de Argelia?

Nuestra historia, que es tanto de identidad como religiosa, constituye el cimiento más seguro para evitar que nuestra juventud carezca de identidad y se convierta en presa de todas las corrientes actuales, tanto religiosas como materiales, con una globalización cuya norma es: “¡No pienses! ¡Gasta!”

“La Argelia del futuro: por una segunda revolución de noviembre con los conocimientos del siglo XXI”, es un capítulo que revela la visión estratégica y prospectiva del autor, y confirma, por si fuera necesario, que es vital tener raíces, pero es aún más vital, e incluso decisivo tener alas, es decir, volverse hacia la conquista del futuro adoptando el conocimiento de su tiempo.

Sin rodeos y con una pizca de premonición, este profesor de la Escuela Politécnica, como vigilante indirecto de casi tres milenios de nuestra historia, anuncia que, además de la legitimidad histórica, ha llegado el momento de que surjan otras legitimidades, de desencadenar otra revolución, la del saber, que permita a los jóvenes, manteniendo sus señas de identidad y su cultura, conquistar el mundo con una mentalidad de ganadores.

En el subcapítulo titulado “Viviendo juntos, una identidad y una historia tres veces milenaria asumida”, basándose en una frase de Burhan Ghalioum, “la sociedad musulmana no necesita tanto un perfume del paraíso sino un gran viento de libertad”, Chems Eddine Chitour sostiene que “este viento debería generar justicia y erradicar todos los privilegios, nepotismos y prebendas (…). Ella (la sociedad) debe sustituir el miedo por la confianza, la tolerancia y el sosiego. La clave de esta renovación es la ‘nacionalización’ del Estado por parte de los ciudadanos que tendrán que arrebatárselo a los intereses particulares”.

Hoy los argelinos y las argelinas reclaman en voz alta su derecho de supervisión sobre todas las decisiones que afectan al futuro de su país. Una ola de protesta que reclama la Segunda República, impulsada por jóvenes en su mayoría, hincha definitivamente las velas del barco Argelia desde el 22 de febrero de 2019.