Durante tres años he sido comisionado especial de derechos humanos de las Naciones Unidas en la ex Yugoslavia. A lo largo de todo este tiempo, hasta el momento de mi dimisión el 27 de julio de 1995, he sido algo más que un observador de tragedias humanas. Concebía el deber del comisionado como un compromiso en la búsqueda de una solución para el drama de Bosnia. En dieciocho informes intenté, de acuerdo con mi mandato, no sólo registrar y evaluar todo lo que veía, todo lo que llegaba a saber, sino también presentar conclusiones y recomendaciones. Hoy, cuando el ataque de las fuerzas aéreas de la OTAN sobre las posiciones serbias alrededor de Sarajevo puede significar despertar a la sociedad internacional de su letargo, existe –¡ojalá!– la posibilidad de que se inicie un auténtico proceso de paz. Considero conveniente emprender un intento de interpretación; de interpretación más que de evaluación, porque lo que traté de presentar en los informes pide más que nada entendimiento.
¿Qué es este conflicto? ¿En qué consiste? ¿Cuál es su significado para Europa, para el mundo?
Estoy convencido de que este conflicto pone en duda los principios del orden internacional, lo cual está directamente vinculado a mi dimisión. Porque, si se aceptan los hechos consumados uno tras otro, nos volvemos impotentes. Si falta voluntad política, si políticos como Karadzic o el general Mladic, que tan poca importancia tienen a escala internacional, llegan a dictar la actitud de la sociedad mundial, el orden internacional queda quebrantado. Si se toleran los brutales actos de violación de las zonas de seguridad establecidas por el Consejo de Seguridad, si estas violaciones no provocan ninguna reacción, el orden internacional queda infringido. Hasta este extremo hemos llegado. En este momento he tenido que preguntar: ¿quiénes son los que quieren aprovecharse y por…

Bosnia ¿drama de los Balcanes?


