POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 160

Carta de América: Estados Unidos frente a su pasado

Jaime de Ojeda
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La herencia de George W. Bush persigue a Barack Obama al final de su presidencia. La recomposición de Al Qaeda en Irak y el futuro incierto en Afganistán amenazan la estabilidad de Oriente Próximo.

Cuando Barack Obama fue elegido presidente de Estados Unidos en 2008 nadie le envidiaba la herencia que recibía de su desastroso predecesor: una crisis económica que amenazaba con hundir el sistema financiero mundial, una disparatada intervención militar en Irak y otra más complicada aún en Afganistán, la amenaza del terrorismo de Al Qaeda, los miles de muertos y cientos de miles de heridos, así como el tremendo déficit y la colosal deuda que esas intervenciones estaban costando. Hasta ahora parecía que el presidente capeaba el temporal. En el terreno económico, tuvo la fortuna de que el gobierno de George W. Bush hubiera iniciado las drásticas medidas financieras que requería la crisis, de forma que la oposición republicana no tuvo más remedio que aprobar su continuación. Diferente ha sido su suerte en Oriente Próximo.

Obama logró un éxito sensacional con el asesinato de Osama bin Laden y la dispersión del centro de su red. Hasta hace poco, el presidente se ufanaba también de haber terminado la intervención en Irak con la vuelta de todas las tropas que aún quedaban allí, si bien no logró el acuerdo de estatuto de fuerzas que requería el mantenimiento de un pequeño contingente destinado al adiestramiento de los militares iraquíes. También anunció una drástica reducción de las tropas en Afganistán y su total retirada en 2016. Esperaba que un acuerdo de estatuto de fuerzas, que sería firmado por el nuevo presidente de Afganistán, permitiera la permanencia de un contingente similar.

Con inesperada fanfarria, Obama se ha ufanado también del rescate del último de los prisioneros de los talibanes, Bowe Bergdahl, aunque fuera…

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