El primer China shock siguió al ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC), en diciembre de 2001, cuando el gigante asiático inundó el mercado mundial con bienes de escasa tecnología, como ropa, zapatos o juguetes. El segundo tuvo lugar en la última década, básicamente como resultado de la estrategia Made in China 2025, adoptada por Xi Jinping en 2015. Se ha pasado del Made in China al Invented in China. La extrema competitividad del país se debe tanto a causas legítimas (como la calidad de las infraestructuras, las legiones de ingenieros altamente cualificados, los bajos salarios en relación con la productividad o la visión a largo plazo de quienes Alan Greenspan llamó “la mejor clase política del mundo”) como a otras que sus competidores denuncian como espurias. Por ejemplo, los subsidios, las manipulaciones del tipo de cambio, el poco respeto por la propiedad intelectual y el crédito barato. China ha creado un ecosistema industrial que es capaz de producirlo casi todo a una relación calidad-precio imbatible. Y sus actuaciones irregulares o son imitadas por los países desarrollados o lo han sido en el pasado. Pero, sea cual sea la razón de la extrema competitividad china, Europa, Estados Unidos y otros países desarrollados no pueden tolerar que su PIB y su empleo sean devastados por el tsunami de productos chinos, por mucho que beneficie a los consumidores, frene el cambio climático y contenga la inflación –para Greenspan, el deflactor chino fue la principal causa de los bajos tipos de interés en Occidente durante décadas–.
Les va en ello su estabilidad económica, social y política. Es una cuestión existencial. Y China debe comprender que para que ella pueda comer debe dejar que coman los demás.
Un renacer científico y tecnológico
Arnold Toynbee, uno de los principales…



