España y Portugal son países activistas, comprometidos con la vocación global de sus políticas exteriores dirigidas a la apertura, el multilateralismo y sus instituciones. En términos europeos, esta apuesta se consolidó por medio de un europeísmo militante, muy bien aceptado socialmente. Los dos estuvieron en la vanguardia de la época dorada de la integración política europea del Tratado de Maastricht (1992) y sus sucesivas revisiones. Participaron en el espacio Schengen, en la Unión Económica y Monetaria y en el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia. Confluyeron en las medidas compensatorias –avanzadas por España– para asegurar la convergencia europea. Sus presidencias del Consejo Europeo fueron bien aprovechadas para impulsar una incipiente agenda exterior europea a otras latitudes (América Latina, África, el Mediterráneo o India). Es común escuchar a los dos países posicionarse sobre estos asuntos en Bruselas.
La dinámica homogeneizadora del mercado interior multiplicó las interdependencias económicas y comerciales. La agenda se amplió y la cooperación político-diplomática se intensificó. Las cumbres anuales, creadas para coordinar el acceso a la Unión, se sistematizaron y sedimentaron. La cooperación se extendió a partir de asuntos de obligada gestión compartida (interconexiones energéticas y de transportes, recursos hídricos), así como económicos y comerciales (foros empresariales al margen de las cumbres, como Oporto en 2012 y Vila Real en 2017). Avanzó en temas de defensa, con la creación del Consejo Hispano-Luso de Seguridad y Defensa; en ciencia, innovación, medio ambiente, regulación marítima, incendios, terrorismo, crimen organizado y en materia de cooperación en otras regiones más allá de la Unión Europea.
Cooperación en tiempos de crisis
La triple crisis (zona euro, migratoria, Brexit) de la Comisión Europea presidida por Jean-Claude Juncker y la emergencia sanitaria provocada por el Covid-19, nada más comenzar la Comisión de Ursula von der Leyen, no hacen más que profundizar el revés de…

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