POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 27

Coupe de grâce: el fin de la Unión Soviética

MICHAEL MANDELBAUM
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El 24 de agosto de 1991, tres días después del fracaso de la intentona de golpe de Estado llevada a cabo por un grupo de altos funcionarios soviéticos en Moscú, el mariscal Serguéi Ajroméiev se dio muerte en su oficina del Kremlin. El consejero especial sobre asuntos militares de Mijail Gorbachov dejó una carta de suicida: “Todo aquello por lo que he trabajado está siendo destruido”.

Ajroméiev había consagrado su vida a tres instituciones: el ejército soviético, a cuyo servicio fue herido en 1941 en Leningrado y a través de cuyas filas había ascendido hasta la posición de jefe del Alto Estado Mayor (1984-1988); el Partido Comunista, al que se afilió a los veinte años y en cuyo Comité Central sirvió desde 1983; y la propia Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, fundada oficialmente un año antes de su nacimiento en 1923. Tras el fracasado golpe, las tres se estaban desintegrando.

Las Fuerzas Armadas estaban divididas y deshonradas. Unidades enteras se habían negado a tomar parte en el golpe. Buen número de los soldados enviados para rodear el edificio del Parlamento ruso –donde se había reunido una multitud que al final llegaba a las cien mil personas para defender al presidente ruso, Boris Yeltsin, y a su Gobierno– se habían pasado al lado de Yeltsin. Después del fracaso del golpe, el ministro de Defensa, Dmitri Yázov, y el viceministro, Valentín Varennikov, fueron detenidos. Yevgueni I. Shaposhnikov, el recién nombrado ministro, anunció que el ochenta por cien de los oficiales del ejército serían sustituidos porque eran políticamente sospechosos.

El Partido Comunista estaba destrozado. En medio de las aclamaciones de multitudes jubilosas, las estatuas de los héroes comunistas caían por tierra en todo Moscú. Gorbachov, poco después de regresar de sus peripecias de Crimea, dimitió como jefe del partido, disolvió el Comité Central,…

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