A mediados de junio, la administración Trump prohibió a la tecnológica Anthropic la exportación de sus últimos modelos de lenguaje, Fable 5 y Mythos 5, tras considerar que su uso fuera de Estados Unidos compromete la “seguridad nacional” del país. Anthropic, en rebeldía, reaccionó bloqueando el acceso también a sus clientes norteamericanos. La discordia entre las dos almas de Estados Unidos, la federal y la corporativa, coincide con una pujanza tecnológica de China que preocupa profundamente en Washington. La otra superpotencia de este siglo progresa a toda velocidad y sin fricciones en unas disciplinas cada vez menos abstractas. La Casa Blanca, al tanto de sus avances, fundó el proyecto Génesis. Un programa nacional que pretende multiplicar por dos la capacidad de innovación científica de sus empresas y laboratorios, de por sí prolíficos, para preservar el músculo político, económico y militar de Estados Unidos.
A la cabeza de este proyecto –o “misión”– está Darío Gil (Murcia, 1975), subsecretario de Ciencia e Innovación en el departamento de Energía. Antes de recibir el encargo de Trump, este ingeniero español era presidente del Consejo Nacional de Ciencias y director de IBM Research. En esta entrevista, editada por razones de extensión y claridad, Gil argumenta por qué la carrera tecnológica es una carrera existencial para Estados Unidos, por qué la soberanía tecnológica de Europa encara una cuesta cada día más empinada y por qué espera que el atlantismo sobreviva a la tormenta política.
Jorge Raya Pons: Si yo fuera un vecino de El Palmar, le parara por la calle y le preguntara dónde estamos, ¿qué me diría?
Darío Gil: Le diría que estamos en un momento de éxito del método científico, el método más potente jamás desarrollado por los humanos para descubrir lo que no sabemos. Le diría que hemos creado una serie de tecnologías que tienen una característica exponencial, algo que no siempre es fácil de comprender. El tiempo, para nosotros, es lineal. Así que, cuando llegan determinadas tecnologías, pensamos que han venido de la luna. Pero no. Es algo que viene de una trayectoria lejana y que debemos afrontar sin pánico. El poder de estos avances es tan extraordinario que, si los canalizamos, encontraremos resultados igualmente exponenciales. Podemos hablar de semiconductores, de inteligencia artificial, de computación cuántica o de biotecnología. Pero la idea principal es que esto no es business as usual. No es lo de siempre. Estamos en una curva diferente y estamos empezando a comprender sus implicaciones.
¿Qué implicaciones?
Hemos superado la ley de Moore [el número de transistores en un chip se duplica aproximadamente cada dos años, lo que implica que la potencia computacional crece de forma exponencial a coste decreciente]. Ahora tenemos programas con adelantos de rendimiento que han mejorado 40 millones de veces en diez años. Nuestra hipótesis en el proyecto Génesis es que el proceso de descubrimiento científico también se va a acelerar en sí mismo, del mismo modo que las máquinas ya pueden escribir código con implicaciones muy profundas en la productividad. Pero esto solo es el principio.
«Estamos en un momento de éxito del método científico, el más potente jamás desarrollado por los humanos para descubrir lo que no sabemos»
¿Se siente cómodo con la idea de “revolución”?
Lo es. En la computación cuántica y la inteligencia artificial, es una revolución. El único momento comparable sucedió en los años cuarenta con Claude Shannon, Alan Turing y el transistor. Aquel fue el invento del siglo. Shannon y Turing articularon cómo crear bits, almacenarlos y transmitirlos sin errores. Crearon el instrumento digital que nos permitiría escalarlo. Pocas cosas en la historia de la ciencia y la tecnología han causado ese impacto.
No quiero ser aguafiestas, pero ¿cree que los cambios por venir serán tan profundos como las expectativas generadas?
Estamos en una curva exponencial. Estas tecnologías tienen un potencial inmenso. Piense en sus aplicaciones médicas. Piense, por ejemplo, en el tratamiento del alzheimer. ¿Cómo podemos entender el funcionamiento del cerebro sin estas tecnologías? Imposible. Hay que encarar el futuro con un optimismo sano. A mi juicio, el impacto de las nuevas tecnologías va a ser aún mayor que aquel. Pero el cambio, a menudo, lleva décadas, no siempre es inmediato.
Entonces para usted la duda no es el qué, sino el cuándo.
Sí, y me parece un debate legítimo. ¿En qué áreas afectará más? ¿Cuándo veremos los resultados: dentro de cinco años o de cincuenta? Son preguntas fundamentales, en realidad, para imaginarnos el mundo y las consecuencias de esta revolución. Nosotros iremos lo más rápido posible. ¿Sabe por qué? Porque nuestro destino está ligado a nuestra capacidad para mantenernos en la frontera del conocimiento. Nos va la vida en ello.
¿Les va la vida en ello?
Si Estados Unidos quedara a la zaga de China, lo que cambiaría sería el orden político, económico y militar del mundo. Ese es el nivel de impacto que visualizamos. Con otras tecnologías, como las baterías o los cohetes, no pasa esto. Si te quedas fuera de un avance, bueno, too bad. Lo que sucede con la computación cuántica o la inteligencia artificial es que, si te quedas atrás y el de delante sigue su trayectoria exponencial, you’re going to be out of business. Ya no lo pillas. Tenemos que entender las consecuencias, y tenemos que entender que el tiempo no es un aliado. Si te tomas cinco o diez años para decidir si te subes al carro o no, vas tarde. El otro, o los otros, irán siempre por delante.
Casi parece que lo diga por Europa.
No me cabe ninguna duda de que Estados Unidos va a seguir esa trayectoria exponencial. Y no me cabe ninguna de que China hará lo mismo. Ambos tienen la capacidad institucional, el talento, los recursos y el compromiso para ello. Europa es un caso por resolver. Desde el punto de vista científico y tecnológico, tiene una capacidad extraordinaria. Basta con pasarse por los laboratorios de Estados Unidos para comprobar el trabajo de los europeos. Pero no veo en Europa el compromiso de seguir esa trayectoria exponencial a la velocidad de Estados Unidos y China. Yo estaría muy preocupado. Estamos hablando de una cuestión sobrediagnosticada. Durante años ha habido conferencias, publicaciones, informes y señales de los mercados de capital. La gran pregunta es: ¿por qué no cambia nada? La situación es dramática, y va a empeorar. Decir que vas a tener la misma soberanía tecnológica que Estados Unidos y China suena muy bien. Pero no veo nada que vaya en esa dirección. Lo único que les quedará a los europeos es tomar una decisión estratégica: si aliarse con el exponencial generado por Estados Unidos, donde habrá componentes evidentemente europeos, o aliarse con el chino. Yo tendría la elección clara.
¿Qué supondría que los europeos cambiáramos de bando?
No me puedo ni imaginar que los europeos dejen su futuro en manos del Partido Comunista Chino. ¿Qué supondría instalar chips chinos de Huawei en todos tus sistemas? Una de las consecuencias sería que toda la información que circula por ellos, ya sea militar o de otro tipo, sea accesible para alguien que no comparte nuestros valores y que pueda explotarla de la manera que más le convenga. Por supuesto, todo estaría sujeto a la prioridad china de sostenerse en el poder. Y ya hemos visto cómo ponen los minerales críticos al servicio de su agenda. Imagínese ese poder con siete palancas más. El cambio que me plantea sería civilizacional, el error más grande de la historia. Esto va mucho más allá de si me gusta un móvil u otro, o de cuál es más barato. Esto va mucho más allá.
«No me puedo ni imaginar que los europeos dejen su futuro en manos del Partido Comunista Chino»
La idea coge cuerpo porque la relación con Estados Unidos no pasa por su mejor momento.
Pero nuestro vínculo es profundo. Hay lazos políticos, económicos, culturales. Si falla un lazo, hay que reforzar otro, y quizá ese otro ahora sea el económico. Lo que yo defiendo, y lo que yo quiero, es que seamos cada vez mejores juntos. Hay unos lazos más comprometidos que otros, sí. Pero eso, en algún momento, cambiará. Lo que no podemos caer es en que, como es complicado ahora, hay que ir de la mano de China. Ese sería un error catastrófico.
Dicho esto, ¿nota alguna diferencia cuando habla de fronteras tecnológicas con un europeo o con un americano?
Sí, sí la noto: en el entusiasmo. Le diría que, en los europeos, es como que cae en un 30%. Es un entusiasmo atenuado. También encuentro una diferencia estructural en la escala de las inversiones. En Europa, un fondo puede invertir un millón, diez millones, cien millones en un proyecto. ¿Mil? Ya está en el límite. Ni hablar de 10.000 o 100.000. Hay una sensación de fatalismo, de que no es posible. Y eso lleva a la conclusión de que, como no es posible, no debe pasar. Es un error conceptual.
Algunos analistas proponen que Europa, en lugar de entrar en la carrera, tome lo mejor de los americanos y los chinos para adaptarlo, integrarlo y regularlo a imagen del modelo europeo.
Sí, si la idea es extender el uso de la tecnología, no hay mayor problema. De hecho, Europa está haciendo un buen trabajo de digitalización. Pero Europa también quiere ser una potencia con peso en el mundo, y estas tecnologías van a ser una fuente cada vez más importante de poder. De poder para crear valor y de poder para definir el mundo. No hay ninguna compañía europea que valga más de un billón de dólares. En Estados Unidos estamos cerca del billón anual de capacidad de inversión. Lo que eso permite es innovar más, generar retornos y seguir atrayendo capital y talento. Pero esto depende de la ambición de una sociedad o un país, y veo que las empresas europeas lo tienen más claro que los gobernantes. Vivimos un momento de disociación entre la realidad tecnológica y económica y el discurso político. Necesitamos un análisis más sobrio. Muchos entornos no entienden ni lo que está sucediendo ni la escala a la que sucede. Si lo entendieran, afinarían mucho más el tiro.
Algunos sectores critican que los europeos regulemos demasiado. Otros, que Estados Unidos peca de lo contrario.
No pretendo minimizar el valor de la regulación, pero creo en una postura más proactiva que reactiva. Tiene que haber límites legales. No podemos tolerar que alguien use tu imagen para hacer cosas terribles, y hay que limitar el acceso a los niños. Pero lo que más me interesa es que construyamos un espacio de colaboración entre el sector público y el privado. Le pongo un ejemplo. Aquí tenemos hospitales a la vanguardia de estas tecnologías exponenciales. Forman equipos, crean proyectos, invierten en ellos. Lo que descubren sobre cómo funciona un fármaco, cómo nos ayuda y en qué casos no es apropiado, me genera más confianza que las conclusiones de un grupo de chavales que piensa sobre la inteligencia artificial en abstracto. Y mire, defiendo que la altura de un país se mide en la calidad y la diversidad de sus instituciones. Los países más pobres tienen una o muy pocas. Nosotros tenemos administraciones locales y federales, grandes y pequeñas empresas, organizaciones sin ánimo de lucro, etcétera. Quiero que todos seamos copartícipes. No quiero que las universidades y los laboratorios nacionales se queden en la retaguardia de esta historia. Quiero que ayuden a orientar el trabajo de las empresas.
Antes hablaba del miedo al futuro. Muchos ciudadanos temen perder empleos y libertades por el triunfo de estas innovaciones. ¿Cuánto pesa el avance chino en esta apuesta tecnológica que, políticamente, puede pasar factura?
Pesa saber que, si fracasamos en esto, nos sucederá como a otros en el campo de batalla: llegará un ejército más poderoso y nos invadirá. Así que vuelvo a la idea de que nos va la vida en ello. Pero esa no es la única razón, ni siquiera la más importante. Todo lo que hacemos, lo hacemos porque es en sí mismo bueno. Queremos dominar estas tecnologías, encauzarlas, canalizarlas, porque queremos preservar nuestros valores y construir un futuro mejor. ¿Hay riesgos? Por supuesto. Pero no podemos encarar el futuro retraídos y atemorizados, sin voluntad de competir y sin confianza. Lo que les debemos a nuestros ciudadanos es que nuestro futuro siga en nuestras manos.
¿Ve posible colaborar con los chinos para que estas tecnologías exponenciales de uno y otro no escapen del control humano?
No lo sé. Hoy en día no es el caso.
¿Es algo que le quite el sueño?
Todavía estamos en una fase inicial. Es importante que exista un diálogo, igual que en otras áreas como la nuclear, pero la condición nunca puede ser pararlo todo, dejar de generar bienestar, seguridad y prosperidad hasta que entendamos cómo gestionarlo. Estados Unidos no lo va a aceptar. China, tampoco.

Darío Gil: ‘Europa tendrá que decidir si aliarse con Estados Unidos o con China’


