La doctrina Truman y el Plan Marshall fueron los primeros y decisivos pasos en un esfuerzo para frenar el impulso soviético de la posguerra en busca de la hegemonía de la parte occidental de Eurasia, que había venido ganando fuerza en el crudo invierno y la temprana primavera de 1946-1947. Las circunstancias históricas plantean dos cuestiones conexas: ¿Por qué pensó Moscú que este soñado objetivo era realizable?
¿Por qué reaccionaron los Estados Unidos tarde ante el movimiento soviético? La demora americana infundió, como suelen hacerlo las respuestas con retraso, un carácter cíclico a la relación soviético-americana que iba a persistir y que daría lugar a tres ciclos bien definidos que se sucederían a lo largo de las cuatro décadas siguientes. Una respuesta completa a la primera pregunta seguramente requiere considerar los impulsos mixtos de miedo y ambición, profundamente arraigados en la historia y memoria colectiva de Rusia; los elementos de compromiso ideológico y de proselitismo, así como otras variables más materiales derivadas de la geografía, los recursos y la capacidad tecnológica. Pero, de cualquier manera, la guerra fría puede explicarse más fácilmente. Surgió de los esfuerzos importantes realizados en el siglo XX por los actores recién llegados al escenario mundial para aumentar su poder a costa de las naciones que anteriormente habían dirigido el mundo y que ya habían alcanzado, o incluso superado, los límites de su peso internacional. Detalles aparte, los últimos cien años han sido testigos de dos esfuerzos por parte de Alemania; uno por parte de Japón y, desde 1945, otro por parte de la Unión Soviética, para lograr la hegemonía estratégica en sus respectivas regiones, aunque las ambiciones soviéticas durante la guerra fría evidentemente fueran mucho más lejos como lo fueran también las de Alemania en su momento cumbre.
II
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